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'El escudo de mi patria está en
el fondo del mar'
Luis Aguilar León. El
Nuevo Herald, 04 de abril de 2004.
No sé si alguien dejó caer las
palabras mirando al horizonte o si un hombre mayor
las repetía como quien evoca los quince
misterios de la Virgen, o si me lo dijo alguien
con ojos empañados, o yo mismo lo soñé,
o fue un apagado susurro que resbaló hacia
la noche y tornó amargas a las olas que
desprecian el mar. Los cubanos no suelen ser criminales,
llegan al mar con los ojos llenos de angustia,
tratando de identificar a cuerpos que flotaban
en el mar de espaldas al cielo. Y hubo muchos
niños que murieron acariciados por las
olas, cuyos nombres desaparecieron entre las espumas.
Otros imaginaban cómo viajar con la esperanza
en un bote sin velas ni anclas. Un padre murió
tratando de alcanzarles a sus dos hijos el último
caramelo que se disolvía en la balsa, mientras
les señalaba desesperadamente el rumbo
salvador que señala un norte que no es
norte y donde unos oficiales los aguardan para
entregarles raíces de democracia o para
fruncirles el ceño y enviarlos a la isla
del látigo donde nadie sabe nada más
que obedecer.
Sabemos que este gran país ha abandonado
algunos impulsos generosos y mantiene un dualismo
hacia la emigración cubana y ha hecho muy
difícil las posibilidades de escapar. Toda
la compostura oficial se ha cerrado para impedir
que nuevas corrientes en el mar provoquen una
masiva emigración cubana que inunde la
Florida. Mas siempre hay que anotar la diferencia
de trato entre los mexicanos que emigran y los
cubanos que escapan. No queremos ni remotamente
dar la impresión de que nos quejamos. Simplemente
se trata de un punto de honda diferencia. El mexicano
arrestado por violar la frontera puede volver
a México y a tratar otra vez. Su presidente
no los castiga. A nadie se castiga porque quiera
salir de su país. Menos en Cuba, donde
el que quiera ''escapar'' de la gigantesca prisión
tiene que arriesgar y perder su vida y la de sus
vecinos.
Y ahí está siempre el mar, el mar
que era la aureola de la isla, el mar que jugueteaba
con los cubanos y los turistas, el mar que también
salpicaba al malecón para que los niños
humildes se bañaran y tuvieran diálogos
con las arenas y las olas domadas que hacían
que el pueblo bailara con sus suaves ritmos de
mar.
Pero ahora sí sabemos que la tragedia
es más amplia. Más allá del
horizonte, desde siempre, el mar tenía
sus turbias corrientes que amenazaban a quien,
aunque no fuera pescador, no sabía asimilar
los turbios movimientos de las ondas profundas.
Lo cual cava una extraña dimensión.
No sabemos por qué los cubanos nunca se
hicieron aventureros del mar, ni cruzaron espadas
con los piratas que en nombre de Francia, Inglaterra
y Holanda abatían a los españoles
por haber traicionado su religión.
La Flota Invencible fue vencida casi al zarpar.
Y su sombra recogió la herencia en Cuba.
De ahí lo significativo que fue el poema
que escribió Carlos González Palacios,
profesor y humanista de Santiago de Cuba, a quien
aun antes de que Castro trepara al poder le dolía
ver que a sus compatriotas no les interesaban
las empresas marítimas o las hazañas
del mar. ''Santiago no es un puerto'', escribió,
"aquí no hay marineros que quieran
navegar, rendidos a la magia del verde lomerío,
los hombres de mi tierra se olvidaron del mar''.
Así fue como, en cuanto el pirata-guerrillero
de las montañas inició los fusilamientos
y el sepultar a los presos, miles de miles de
cubanos se lanzaron al mar con improvisados botes,
y muy pocos pudieron escapar. Hace cuarenta y
cinco años que la tragedia comenzó
y se fue tornando cada año más cruel.
No queda otra esperanza que un cambio en el gobierno
de Washington y una reacción de los cubanos.
Pero no es fácil soñar con que el
escudo de mi patria, el que hace vibrar a las
palmas reales de la isla, vuelva a orientar al
agua, a la libertad, al trabajo y salve a una
isla sacrificada sin culpa ni remedio.
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