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Cuba: ˇAló, presidentes!
Emilio Ichikawa. El
Nuevo Herald, 02 de abril de 2004.
En la definición de América que
ofrece la ''filosofía objetivista'' de
Ayn Rand una cosa queda bien clara: el mundo económico
y moral que con esa palabra designamos está
fundado sobre un principio aún más
aglutinador: los derechos individuales de los
habitantes.
El sistema de valores morales restantes, el heroísmo,
la justicia, los pactos en el poder académico,
la calidad del saber y la comprensión de
Dios dependen de la libertad individual. No a
la inversa.
Uno de los obstáculos mentales que confrontamos
para la fundación efectiva de una democracia
radica en la inversión de esa lógica;
solemos creer que la textura moral, la honestidad,
incluso la educación son el preámbulo
de la libertad.
Entre cubanos se ha llegado a falsear esta idea
en nombre de José Martí, asegurándose
que él había recomendado que ''ser
culto es el único modo de ser libre''.
Reléase el artículo Maestros ambulantes,
donde Martí enuncia esa frase, para que
se compruebe que el mensaje es radicalmente distinto.
Sólo la libertad nos permite un auténtico
acceso al arte, a la ciencia, a la prosperidad
y, en la misma medida, a la felicidad. Ganar un
bono político para poder comprar un televisor,
prestar un servicio militar para tener acceso
a un hotel en la playa, ser ''revolucionario''
porque sólo para ellos es la universidad,
puede ser técnica, incluso arte, pero no
cultura.
Pero no sólo tenemos un concepto moral
de la felicidad, sino incluso de la política
y hasta de la guerra. Nuestros políticos
y la mayoría de nuestros guerreros caen
frecuentemente en la cursilería y nos hablan
de la muerte a la manera de las telenovelas. La
nueva trova, que con exactitud el músico
José María Vitier llamó una
vez ''la banda sonora de la revolución
cubana'', fue pródiga en esta suerte de
versos sacrificiales que abultan el récord
del kitsch verdeolivo: ''por amor se está
hasta matando'', ''iba matando canallas con su
cañón de futuro'', "hay que
quemar el cielo si es preciso, por vivir''.
Los políticos del exilio no se quedan
atrás. En primer lugar, hacen una política
muy poco transparente; es como si quisieran perestroika,
pero sin glásnost. Han heredado un complejo
de culpa que creía endémico del
castrismo, considerando impúdico, o carente
de derecho, el aspirar a la presidencia de una
Cuba futura.
Se entiende que los políticos de dentro
de la isla no hagan explícitas sus intenciones:
Castro los aniquilaría de inmediato; pero,
¿por qué no hablan claro los de
aquí?
Aló, aspirantes a la política cubana
del exilio: ¿por qué no dejan de
hablar en nombre de Cristo, por qué no
descartan esa vieja intención de presentarse
como santos soñadores de la nación
y escriben mejor un programa sincero, partidista,
que haga transparente sus intereses, a ver si
gustan o no a los cubanos, en cualquier lugar
que ellos estén?
Un político que no tenga claro su sistema
de intereses, incluso sus ambiciones, nos debe
resultar altamente sospechoso. La claridad pública
tiene que ser una exigencia de la nueva política
cubana, la cual debe aceptar como natural el escrutinio
de la opinión. Un político que no
ejerza la libertad, la suya propia, en este contexto
americano que se la favorece, difícilmente
podrá conducir la comunidad a una salida
democrática. Hace unos días un joven
político cubanoamericano dijo con mucha
seguridad y desenfado: ''Yo quiero ser alcalde
de Cienfuegos''. Declaró después
que se trataba de una broma, pero me da igual.
Así debiera hablarse. Hay que librarse
de los dos hábitos más retardatarios
de nuestra política: 1-El método
conspirativo. 2-El moralismo excesivo; vale decir:
''la muela''. ¡Aló, presidentes!,
hay cosas que para lograrse no pueden andar ocultas.
Una vida política abierta es la única
garantía de que en la galería de
personas útiles del mañana, como
hubiera dicho Bachiller y Morales, pueda figurar
también el nombre de ustedes.
http://www.eichikawa.com
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