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El asesino de Castro
Adolfo Rivero Caro. El
Nuevo Herald, 02 de abril de 2004.
Este fin de semana vi ''The Ladykillers'', lamentable
reelaboración de un clásico filme
de Alec Guiness. El argumento es muy simple: un
sofisticado intento de robo frustrado por la estupidez
de algunos de sus participantes. Por supuesto
que hay criminales brillantes pero son la excepción.
El delincuente habitual puede perder un test de
inteligencia frente a cualquier gallina que se
respete. Esto, a su vez, puede tener vastas implicaciones
políticas.
Yo, por ejemplo, estoy convencido de que un asesino
amenaza la vida de Fidel Castro. Todo se está
desenvolviendo a la luz pública y nadie
puede hacer nada por evitarlo. Las personas más
cercanas al dictador cubano se desesperan, pero
no hay forma eficaz de protegerlo. Este peligro
terrible se llama Hugo Chávez. Testigos
imaginarios de la escena dicen que cuando el presidente
de Venezuela declaró recientemente que
podría dejar de venderle petróleo
a Estados Unidos, Castro, que estaba viendo la
intervención por televisión, se
incorporó, gritando ''¡qué
imbécil!'', se llevó la mano al
pecho y perdió brevemente el conocimiento.
Una escena similar tuvo lugar cuando Chávez
insultó públicamente al presidente
Bush y a la asesora nacional de seguridad Condoleezza
Rice. Lívido y falto de aire, dicen que
Castro balbuceó: ''Está provocando
a los americanos. Nos va a j... a todos''. Aunque
su equipo médico le ha prohibido ver Aló,
presidente, Castro insiste en que tiene que hacerlo
porque Chávez pudiera derrocarse a sí
mismo en cualquier momento. Es el típico
delincuente torpe que puede echarlo todo a perder.
La realidad es que Marx les dio una ideología
a los asaltantes de caminos. ¿No es el
desprecio por las normas morales el rasgo distintivo
de los delincuentes? Marx nunca elaboró
una ética, pero enfatizó el carácter
histórico, y por tanto transitorio, de
las ideas morales. Fue suficiente para desvalorizarlas.
Los intelectuales de todo el mundo empezaron a
hablar de ''moral burguesa'' como si hubiera otra.
Uno habla de cocina francesa porque hay cocina
italiana o china. Pero cuando habla de moral burguesa,
¿con qué otra moral la está
comparando? La moral proletaria es un chiste que
los intelectuales se tomaron en serio. Lenin,
que tuvo más que ver con la práctica
revolucionaria, precisó un poco más.
Los beneficios que iba a aparejar una revolución
comunista, dijo muchas veces, eran casi inimaginables.
Se iba a terminar la explotación del hombre
por el hombre y, por lo tanto, con la raíz
misma de la desigualdad y de la pobreza. Los beneficios
de la nueva sociedad iban a ser tan maravillosos
que sus costos estaban más que justificados.
¿Acaso no merecía la pena mentir,
robar, torturar o matar en aras de una meta tan
extraordinaria? Sobre todo si, además,
les garantizaba a los revolucionarios un poder
absoluto y eterno. Hasta el día de hoy,
ésta sigue siendo la justificación
teórica del terror comunista.
Es por eso que, en última instancia, nada
más importante que salvar la revolución
porque, teóricamente, sólo la revolución
podrá acabar con la pobreza y la injusticia
social. Los medios --las concesiones de la NEP
o el período especial, la cesión
de territorio en Brest-Litovsk o la dolarización--
siempre son secundarios. Lo único permanente
es la guerra de clases (que pone a una nueva clase
en el poder). En Cuba, en las actuales circunstancias,
el objetivo revolucionario esencial es mantener
el gobierno, algo que tras la caída del
muro de Berlín se volvió súbitamente
difícil. Castro sólo está
haciendo lo que hizo Lenin cuando la NEP. Es cierto
que es un oportunista. Pero no porque no sea un
verdadero marxista-leninista, sino precisamente
porque lo es. Dijo querer el poder para mejorar
el nivel de vida del pueblo cubano y, aunque lo
ha envilecido y arruinado más allá
de todo lo imaginable, sigue aferrado al mismo.
Es a nombre de la revolución, pero lo único
que le importa es mantener sus privilegios.
Ahora bien, es necesario insistir una y otra
vez, en que el fracaso práctico de las
ideas del comunismo no ha significado su derrota
cultural. Castro puede haber perdido prestigio
y poder, y muchos lo pueden considerar un dinosaurio,
pero, por favor, ¿ha perdido fuerza la
idea de que el capitalismo es malo, de que los
empresarios privados son explotadores, egoístas
y poco confiables? ¿De que las corporaciones
son racistas, agresivas y devastan el medio ambiente?
¿De que las empresas extranjeras se apropian
de los recursos de los países llegando
a controlarlos políticamente, convirtiéndolos
de hecho en colonias? ¿De que el capitalismo
se beneficia con la guerra, porque grandes corporaciones
(petroleras, digamos) obtienen fabulosas ganancias
con la misma? ¿De que el gobierno americano
es imperialista? Pues bien, éstas no son
sino viejas ideas recicladas del marxismo-leninismo.
Y no es que sean simplemente populares, es que
son hegemónicas en las universidades occidentales,
en la gran prensa, en los grandes medios de entretenimiento,
incluyendo Estados Unidos (Hollywood). Y yo me
pregunto, en el mundo de hoy, ¿quién
es el representante más conocido de estas
ideas? ¿Acaso no es Fidel Castro? Por supuesto
que sí. Es precisamente en la popularidad
de estas ideas donde se esconde el fundamento
de su tenaz supervivencia. Es una realidad desoladora.
Sin embargo, a pesar de todo, me siento optimista.
Las ideas serán intemporales pero los hombres
son efímeros. Y Castro corre un grave peligro.
Chávez puede matarlo en cualquier momento.
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