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SOCIEDAD
Los niños pioneros
Oscar Mario González,
Grupo Decoro
LA HABANA, abril (www.cubanet.org) - Para algunos,
los niños perdieron su inocencia con la
creación de la Unión de Pioneros
de Cuba (UPC); para otros, la perdieron con la
aparición de la consigna "Seremos
como el Che". Para muchos, desde el propio
año 1959. Pero todos coinciden en que los
muchachos de ahora nacen sabiendo.
Precisamente, dentro de unos días, el
próximo 4 de abril, tendrá lugar
el aniversario 43 de la fundación de la
Unión de Pioneros de Cuba, y su tutora,
la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC).
Tutora dije porque como sabemos madre hay una
sola, que en nuestro caso es la revolución,
que se identifica con la patria, que a su vez
tiene un padrecito el cual ya es abuelo de la
nación.
De aquel tiempo a acá, todo ha cambiado
drásticamente. Para ser más exactos,
todo se ha transformado. Con ello diferenciamos
el fenómeno del cambio que es universal,
natural y beneficioso de la transformación,
que en nuestro caso es propia, antinatural y perjudicial.
En tal contexto, los niños, quienes nos
ocupan, no se parecen apenas a lo que siempre
fueron.
Con el triunfo revolucionario los niños
no sólo perdieron a Gaspar, Melchor y Baltasar,
sino a toda la legión de héroes
y personajes de la imaginación de Walt
Disney. Ambos habían acompañado
a los infantes insulares desde siempre.
La revolución cultural arremetió
contra todo aquello que consideraba como símbolos
de la ideología burguesa, incompatibles
con el propósito del hombre nuevo, cuya
simiente era toda la muchachada para la cual se
roturaban los campos de la nación.
Pero como el niño que crece desvinculado
de toda fantasía es un árbol de
raíces enfermas, se importaron quimeras
extrañas representadas por los muñequitos
rusos, húngaros y polacos; ajenos al clima
tropical, que no lograban aplatanarse. Y así
estuvieron los muchachos, mirando al televisor
por obediencia, hasta que apareció Elpidio
Valdés como el tipo duro que no llora,
ni se disculpa, ni ríe frecuentemente,
ni siente temor, o celos, o envidia o cualquiera
de esas cosas claras y oscuras con cuyos hilos
se teje la figura humana, y cuya esencia conforma
el alma humana.
La pañoleta se impuso, y con ella la consigna
de ser como aquél que en su carta a la
Tricontinental, en 1966 pugnaba por el hombre
nuevo saturado de odio hacia el enemigo de clases
y verdadera máquina de matar.
La secular autoridad del abuelo socavada, la
ausencia frecuente del padre miliciano e internacionalista,
o de la madre federada, serían la antesala
de la escuela al campo, y después en el
campo.
Así se llega a los días presentes,
en que las niñas no son niñas, pues
nunca juegan a las casitas, ya que desde los 8
años piensan en otras cosas que empiezan
a poner en práctica a los 11 y 12 años.
Y al no haber niñas ya no se juega el
"pon", que no necesita de otra cosa
como no sea una piedra caliza para enumerar la
acera, una lata escachada o un pedacito de madera.
Tampoco al "yaki", que puede jugarse
con una pelota y unas piedrecitas, o la "suiza",
que únicamente recaba un pedazo de soga
vieja. Tampoco se entretienen con la rueda rueda
de pan y canela, ni con la viudita hija del rey
que quiere casarse y no encuentra con quién.
Tampoco con la fuente de Al ánimo, la que
se rompió.
Los niños no conocen siquiera la "quimbumbia"
o el juego de bolas, y cuando montan chivichanas
lo hacen enganchados o colgados de las guaguas
con inminente peligro para sus vidas. No admiten
el regaño de los mayores a los que suelen
responder con las palabras más feas y más
humillantes. A veces las madres les ordenan salir
de la casa para ir a molestar al vecino, y si
trae algo mal habido a la casa la madre acepta
y acoge placentera al hijo hacendoso y diligente.
Al no haber niños y abundar la miseria,
tampoco hay parques infantiles y los que aún
existen están desmantelados. Del "cachumbambé"
sólo quedan los restos oxidados del tubo
central; del "tiovivo" y la canal ni
las huellas, y del columpio unos pedazos de cadenas
colgantes.
Pero eso sí, los niños pioneros
de 7 años se saben las consignas de memoria,
y saben recitar perfectamente una poesía
de Guillén contra los yanquis, o del Indio
Naborí contra los explotadores. Los de
10 años en adelante son capaces de improvisar
un discurso maldiciendo al presidente americano,
acusando a un embajador o a un ministro extranjero,
pidiendo paredón para la "mafia de
Miami", para el presidente de España
o para el primer ministro italiano. Es el "niño
nuevo", embrión del hombre nuevo.
Disciplinado y obediente frente a las tareas de
la revolución, alegre y risueño
frente a las cámaras de la pantalla chica.
Dichoso de haber nacido en un país donde
se puede ser lo que se quiera, menos opositor
o disidente. Mecánico, científico,
abogado, desmochador de palmas, arriero, ordeñador
de vacas o fumigador; con la garantía de
las 6 libras de arroz y las tres de azúcar
mensuales y la posibilidad de comprar una camiseta
reciclads por 30 pesos; con el deber ineludible
de una consigna a repetir y un abuelito común
a quien amar y obedecer.
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