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SOCIEDAD
¿Quedan rusos en Cuba?
Tania Díaz Castro
LA HABANA, agosto (www.cubanet.org) - Conocí
a Zoya Serova hace algunos años en la casa
del periodista independiente -hoy en el exilio-
Vicente Escobal, donde compartíamos un
nutrido grupo de personas todos miembros del Movimiento
de Derechos Humanos.
Más tarde supe que Zoya era rusa, nacida
en San Petersburgo, que vivía con su hija
Cristi en los altos de un deteriorado edificio
de la calle San Lázaro, a pocos pasos de
la Universidad de La Habana.
Me interesó conversar con ella. Zoya es
una de las pocas rusas que quedan en Cuba tras
el desplome del campo socialista. Según
datos ofrecidos por el consulado de ese país,
apenas unos mil ex soviéticos (casi todas
mujeres) residen en distintas provincias de la
Isla.
- ¿Por qué esta estampida de decenas
de miles de soviéticos hacia sus países
de origen a partir de 1989?
- En primer lugar, en busca de libertad. Mucho
antes de Gorbachov, en la antigua URSS, existía
más libertad que hoy en Cuba. Imagínate
cómo será ahora. Cualquier soviético
podía fabricar una casa, modesta o lujosa,
comprar un auto, adquirir un crédito para
un paquete turístico y viajar a países
capitalistas. Yo también traté de
regresar, pero mi hija era menor de edad y el
padre no me lo permitió. Ahora es ella
la que desea no vivir fuera de Cuba.
Luego me habla de sus años de estudiante
en su ciudad natal, donde se graduó de
Filología, de cómo en la Universidad
tenía relaciones amistosas con estudiantes
extranjeros, incluso norteamericanos, que en una
ocasión hospedó en su casa a unos
mexicanos y, sin embargo, nadie se lo cuestionó
o se lo prohibió. Considera que, en cierto
sentido, vivían una especie de democracia,
porque el que no quería no se interesaba
por la política.
Recién graduada conoció a un cubano
militar con quien contrajo matrimonio y vino a
Cuba, donde tuvo a su hija. Por espacio de varios
años sirvió como intérprete
en organismos estatales, hasta 1980. Luego se
dedicó en cuerpo y alma a la Iglesia Católica,
donde trabaja.
Zoya se considera disidente, y lo dice sin miedo
ni reserva alguna. Como simpatizante del movimiento
de derechos humanos trató de poner su firma
en el Proyecto Varela. No fue posible. Zoya nunca
ha renunciado a su ciudadanía.
- Así no tengo que votar por el régimen
de tu país -me dice con una sonrisa.
Como la conozco bien, puedo decir que se trata
de una mujer que no conoce de términos
medios. Tampoco soporta la mentira y tiene un
alto concepto de la justicia y la bondad.
- Adoro la libertad -insiste.
Nació en 1955 y vino a vivir a La Habana
cuando había cumplido 24 años de
edad. Es amiga de varios dirigentes de organizaciones
opositoras pacíficas, y admira a Oswaldo
Payá Sardinas, presidente del Movimiento
Cristiano Liberación, porque está
muy de acuerdo con que se celebre en Cuba una
consulta popular, como ocurrió en Chile
y ahora en Venezuela.
Zoya atribuye el desplome del comunismo y la
indiferencia que sentían los soviéticos
por su modelo político, a la misma indiferencia
que ella ve en Cuba.
- Se adaptaron al socialismo -expresa- sobre
todo porque no había la miseria que hay
aquí. Para que tengas una idea: quienes
mejor vivían eran los campesinos. Cuando
se desplomó el régimen los altos
dirigentes del partido y del gobierno se apoderaron
de las arcas del país. Fue cuando descubrieron
que les quedaba corto el modelo económico.
Explica Zoya, y me hago eco de sus palabras,
que también los soviéticos, como
los cubanos, conocían de nombre a los opositores
pacíficos, como por ejemplo, a Andrei Sajárov
y Elena Bonder, su valiente esposa.
- Claro está -aclara- me refiero a una
parte considerable de la población. Estoy
segura de que son muchos los que han escuchado
por Radio martí a Payá Sardiñas,
a Elizardo Sánchez, a Vladimiro Roca, a
Martha Beatriz Roque Cabello.
Por último, le pregunto por el futuro
de Cuba, y sin pensarlo mucho me responde:
- Mira, ni los cerebros más privilegiados
del mundo saben lo que ocurrirá mañana.
Sólo lo sabe Dios, nuestro Señor.
Eso sí, cambios tiene que haber porque
la historia del mundo lo ha demostrado. Sólo
hay que esperar.
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