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CULTURA
¿Conoces al Conde?
Juan González Febles
LA HABANA, agosto (www.cubanet.org) - Responder
afirmativamente la pregunta que da título
a este trabajo equivalía a ser rechazado
en la Escuela Especial Lenin en los setenta. La
pregunta de marras formaba parte de la batería
que usaron los entrevistadores que recibían
a los aspirantes a estudiar en aquella selecta
escuela. Era el escenario de fondo de una época.
Era el decenio gris (1971-1980). Se completaba
un proceso de estalinización.
Jorge Conde era un icono de la contracultura
en Cuba en aquellos momentos. No era un delincuente;
era sólo un cantante de rock. Rubio, algo,
delgado y bien plantado, usaba una copiosa melena.
Su voz guardaba semejanzas tímbricas con
la del solista británico del grupo Led
Zeppelín, Robert Plant. Conde era el cantante
solista de los Kent. La muchachada de aquellos
tiempos adoró a los Kent.
Junto a los Kent hubo otras bandas nacionales
de rock'n roll. A mediados de la década
de los setenta, los Jets, Sesiones Ocultas, Gnomos,
Dimensión Vertical, Pacíficos y
Almas Vertiginosas dieron mucho que hablar en
la capital. Los guitarristas, pianistas, bajistas
y percusionistas de aquellas bandas se convirtieron
en blancos ideológicos del régimen,
como sucedió con Conde.
Esas figuras de relieve del rock de los sesenta
y los setenta en no pocas ocasiones pagaron un
alto costo por su celebridad. Unos (los menos)
se adaptaron al establishment. Otros, (la mayoría)
marcharon al exilio. Algunos quedaron por ahí
marginados, otros murieron. Un grupo considerable
guardó prisión o fue reprimido en
algunas de las razzias organizadas por la policía
política. Otros resultaron encarcelados
por violación a los estrictos códigos
vigentes en el ejército.
Pero aquella contracultura no se limitó
a los músicos. Los hubo que no cantaron
o tocaron instrumento musical alguno y ocuparon
su espacio en aquella farándula clandestina.
Ellos contribuyeron a mitigar aquel tedio. ¿Cómo
olvidar a Raúl el Banano, a Ricky el de
5ta. y B, a Tommy el del Nuevo Vedado, a Willy
el del Palo, a Mezclilla?
Aquella farándula roquera, juvenil y gozadora
tuvo de todo. Poetas y escritores, pintores y
diseñadores, filósofos y pensadores
que no fueron y se perdieron en el laberinto.
Entre ellos hubo hijos de personeros de primera
línea del régimen. Joaquín
Ordoqui, Eden Mendoza, Guillero Rodiles, Yamilé
Calcines, Roxana Vieta, Berta Rivas y más.
Pero la más emblemática entre todos
fue, sin duda alguna, Alina. Alina era la Hija
del Diablo.
Alina Fernández Revuelta era la hija del
gobernante Fidel Castro. También fue una
de las más extraordinarias figuras en esta
contracultura. Nadie los "epató"
más, nadie los escandalizó mejor.
Era "atendida" por la señora
Celia Sánchez y por el señor José
Abrantes, ambos difuntos. Como quien dice la zanahoria
y el garrote. El hijo y el espíritu santo
en la trinidad diabólica del panteón
castrista.
Pero ella consiguió burlarlos y seguir
siendo quien era. En no pocas ocasiones la internaron
en instalaciones psiquiátricas para uso
exclusivo de la nomenclatura. Decían que
estaba loca o que andaba inadaptada. Luego de
pasar una temporada por esos lugares salía
aparentemente restablecida. Entonces hacía
gala de su talento y participaba en el equipo
de redacción de aquel bodrio de la autoría
de Antonio Núñez Jiménez
titulado "En marcha con Fidel".
Poco después volvía a escandalizarlos
con un tórrido, apasionado y ruidoso romance
con un galán del cine español en
visita de trabajo en la Isla. Así era,
espectacular e impredecible. Su exilio estuvo
matizado por los toques mediáticos del
ritmo trepidante de su existencia. Salió
por la puerta grande de un aeropuerto, con peluca
y maquillaje. Así dedicó una glamorosa
trompetilla de despedida al régimen, la
última en Cuba.
Otra figura inolvidable fue sin lugar a dudas
Joaquinito Ordoqui Jr. Su fantasma parece pasear
por la esquina de 23 y L. Hay quien dice haberlo
visto con sus zapatones, su blue jean de marca
desteñido y el gabán que usaba,
parecido a los que puso en boga Mick Jagger. Joaquinito
con sus espejuelos y su pipa maloliente en que
solía fumarlo todo. Hasta tabaco en contadas
ocasiones.
Por acá en La Habana los nostálgicos
entre los cuarenta y los cincuenta y tantos cuentan
con dos templos para la evocación. Uno
se encuentra en el Café Cantante del Teatro
Nacional, el otro en el Club La Zorra y el Cuervo,
en La Rampa, Vedado. Unos Kent restaurados y animosos
se ocupan del Café Cantante, mientras que
unos entusiastas calvos barrigudos lo hacen en
La Zorra como rejuvenecidos Dimensión Vertical.
Veinte años no es nada, y las distancias
no existen. En la otra orilla de La Habana, en
Miami, la "rockstalgia" hace de las
suyas. Pero dicen que ellos por allá, con
el Conde en persona.
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