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SOCIEDAD
Réquiem por el carnaval
Emilio Rodríguez, Cubanacán
Press
SANTA CLARA, agosto (www.cubanet.org) - Dicen
que los carnavales habaneros y los legendarios
festejos de Santiago de Cuba mantienen su tradición.
Ojalá sea cierto, pues en mi pueblo ya
no son como antes.
Con el jaleo armado por lo del 26 de julio, y
la ocurrencia de convertir a Villa Clara en la
sede del acto central por la efemérides,
se programaron siete días de carnavales
en Santa Clara. No más había que
observar la estructura de los kioscos que se concibieron
para el expendio de bebidas y alimentos para darse
cuenta de la tomadura de pelo.
Recuerdo que en mi infancia los carnavales eran
distintos. Mi papá me tomaba de la mano,
y juntos nos íbamos hasta la esquina de
Colón y San Cristóbal, una céntrica
intersección por donde desfilaban las enormes
y hermosas carrozas, que representaban motivos
hindúes, egipcios, griegos, romanos y cuanta
leyenda existe. En mi memoria viven aún
las imágenes de aquéllas que recreaban
los cuentos de Blanca Nieves y la Bella Durmiente,
o la heroicidad de Espartaco.
Resultaba un verdadero espectáculo la
postulación para Reina del carnaval. Aquellas
bellas muchachas parecían deidades sobre
la plataforma, y mostrando sus opulentas figuras,
pero sin llegar a la indecencia, desfilaban ante
un pueblo sano que no buscaba más que un
espacio para la distracción y el disfrute.
Las carrozas circulaban por toda la calle Colón
hasta llegar al parque Vidal, donde aguardaba
un jurado para elegir la más original y
la más popular. Luego se desplazaban por
toda la calle Marta Abreu, para finalmente incorporarse
a la Carretera Central.
Tras las carrozas desfilaban las comparsas que,
entre Pilongos y Maharajaes, se disputaban el
premio, exhibiendo sus agradables coreografías,
ensayadas durante meses a escondidas de su rival.
Los faroleros se movían arrollando al margen
de la formación y los estandartes resaltaban
en manos de muchachas que los hacían ondular
al compás de la conga.
El pueblo también hacía su aporte
a los festejos mostrando los más diversos
disfraces. Resultaba difícil descubrir
un rostro agradable o un adefesio tras un antifaz
adornado con lentejuelas, o saber quién
era el portador de un prominente apéndice
nasal. Y entre todo ese ambiente apareció
la popular pachanga de guano, coronada por penachos
de colores, los puestos ambulantes que ofertaban
a los niños pitos, matracas, reguiletes,
bastones y aquellas pelotas de aserrín
que iban y venían impulsadas por un cordón
elástico.
Por otra parte, la cerveza, como colofón
para los más cultos en materia etílica,
se podía adquirir barata y fría,
embotellada o a granel, a preferencia del consumidor.
Por supuesto, no faltaban los desagradables pleitos,
pero éstos se dirimían más
o menos sin mayores consecuencias, y los gladiadores,
ebrios unos y sobrios otros, terminaban la noche
bailando al compás de La mentirosa, una
versión al español popularizada
en los años 70 por el grupo santaclareño
Los Fakires, o cualquier otro tumbao de moda por
aquellos tiempos. Todo esto conformaba un ambiente
festivo, matizado por baños de serpentinas
y fuegos artificiales que nublaban el firmamento.
Ahora es bien distinto. Ya no hacen falta los
muñecotes que se solían colocar
en los postes, las caras de pocos amigos que exhiben
los guaposos de navaja y punzón, o el desagradable
espectáculo que ofrecen los enajenados
a base de calambuco y parquisonil sustituyen aquellas
figuras de yeso.
Ya no hay carrozas, ahora son una suerte de esperpento
rodante que no sugiere otra cosa que un mal espectáculo
de cabaret, a golpe de tangas y plumas amarillentas.
La Reina del carnaval ya no se deja ver por toda
la ciudad sobre el asiento trasero de un descapotable
rojo porque, sencillamente, yace en el tiempo.
La música mecánica y los grupos
musicales de poca monta se han apoderado de las
plataformas donde otrora se podía escuchar
a la orquesta Aragón, Original de Manzanillo,
o Son 14, América, Sensación y,
por qué no, también se bailaba al
son del órgano oriental. Los buenos estribillos
fueron sustituidos por vulgares incitaciones a
la violencia: "Tú me empujas, yo te
empujo, y no pasa na'", o "Si va a llover
que llueva, a mí me sirve cualquiera".
Y no faltan los que insultan a las damas diciéndoles:
"Tú eres una bruja, una bruja sin
sentimientos, tú eres una loca".
Las áreas de baile no son tal, sino una
especie de río contaminado por donde navega
el excremento y todo lo que se evacua cuando el
alcohol comienza a hacer efecto. En ellas se puede
encontrar todo tipo de espécimen andante;
desde el clásico tunante hasta el más
hostil de los guapetones.
Por último, la cerveza de carnaval se
ha convertido en un producto insípido,
espumoso y sumamente caro, que se sirve a por
lo menos 36 grados Celsius. Así pues, la
juventud ha preferido sustituir la "pachanga"
por un nuevo atributo: el pomo de alcohol 90,
que resulta más barato y garantiza una
ebriedad más acelerada.
Nada, que con el tiempo y una buena dosis de
despreocupación administrativa, nuestra
ciudad ha visto fenecer esas tradiciones que siempre
hicieron más llevaderas nuestras vidas.
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