PRENSA INDEPENDIENTE
Agosot 4, 2004
 

SOCIEDAD
Réquiem por el carnaval

Emilio Rodríguez, Cubanacán Press

SANTA CLARA, agosto (www.cubanet.org) - Dicen que los carnavales habaneros y los legendarios festejos de Santiago de Cuba mantienen su tradición. Ojalá sea cierto, pues en mi pueblo ya no son como antes.

Con el jaleo armado por lo del 26 de julio, y la ocurrencia de convertir a Villa Clara en la sede del acto central por la efemérides, se programaron siete días de carnavales en Santa Clara. No más había que observar la estructura de los kioscos que se concibieron para el expendio de bebidas y alimentos para darse cuenta de la tomadura de pelo.

Recuerdo que en mi infancia los carnavales eran distintos. Mi papá me tomaba de la mano, y juntos nos íbamos hasta la esquina de Colón y San Cristóbal, una céntrica intersección por donde desfilaban las enormes y hermosas carrozas, que representaban motivos hindúes, egipcios, griegos, romanos y cuanta leyenda existe. En mi memoria viven aún las imágenes de aquéllas que recreaban los cuentos de Blanca Nieves y la Bella Durmiente, o la heroicidad de Espartaco.

Resultaba un verdadero espectáculo la postulación para Reina del carnaval. Aquellas bellas muchachas parecían deidades sobre la plataforma, y mostrando sus opulentas figuras, pero sin llegar a la indecencia, desfilaban ante un pueblo sano que no buscaba más que un espacio para la distracción y el disfrute.

Las carrozas circulaban por toda la calle Colón hasta llegar al parque Vidal, donde aguardaba un jurado para elegir la más original y la más popular. Luego se desplazaban por toda la calle Marta Abreu, para finalmente incorporarse a la Carretera Central.

Tras las carrozas desfilaban las comparsas que, entre Pilongos y Maharajaes, se disputaban el premio, exhibiendo sus agradables coreografías, ensayadas durante meses a escondidas de su rival. Los faroleros se movían arrollando al margen de la formación y los estandartes resaltaban en manos de muchachas que los hacían ondular al compás de la conga.

El pueblo también hacía su aporte a los festejos mostrando los más diversos disfraces. Resultaba difícil descubrir un rostro agradable o un adefesio tras un antifaz adornado con lentejuelas, o saber quién era el portador de un prominente apéndice nasal. Y entre todo ese ambiente apareció la popular pachanga de guano, coronada por penachos de colores, los puestos ambulantes que ofertaban a los niños pitos, matracas, reguiletes, bastones y aquellas pelotas de aserrín que iban y venían impulsadas por un cordón elástico.

Por otra parte, la cerveza, como colofón para los más cultos en materia etílica, se podía adquirir barata y fría, embotellada o a granel, a preferencia del consumidor. Por supuesto, no faltaban los desagradables pleitos, pero éstos se dirimían más o menos sin mayores consecuencias, y los gladiadores, ebrios unos y sobrios otros, terminaban la noche bailando al compás de La mentirosa, una versión al español popularizada en los años 70 por el grupo santaclareño Los Fakires, o cualquier otro tumbao de moda por aquellos tiempos. Todo esto conformaba un ambiente festivo, matizado por baños de serpentinas y fuegos artificiales que nublaban el firmamento.

Ahora es bien distinto. Ya no hacen falta los muñecotes que se solían colocar en los postes, las caras de pocos amigos que exhiben los guaposos de navaja y punzón, o el desagradable espectáculo que ofrecen los enajenados a base de calambuco y parquisonil sustituyen aquellas figuras de yeso.

Ya no hay carrozas, ahora son una suerte de esperpento rodante que no sugiere otra cosa que un mal espectáculo de cabaret, a golpe de tangas y plumas amarillentas. La Reina del carnaval ya no se deja ver por toda la ciudad sobre el asiento trasero de un descapotable rojo porque, sencillamente, yace en el tiempo.

La música mecánica y los grupos musicales de poca monta se han apoderado de las plataformas donde otrora se podía escuchar a la orquesta Aragón, Original de Manzanillo, o Son 14, América, Sensación y, por qué no, también se bailaba al son del órgano oriental. Los buenos estribillos fueron sustituidos por vulgares incitaciones a la violencia: "Tú me empujas, yo te empujo, y no pasa na'", o "Si va a llover que llueva, a mí me sirve cualquiera". Y no faltan los que insultan a las damas diciéndoles: "Tú eres una bruja, una bruja sin sentimientos, tú eres una loca".

Las áreas de baile no son tal, sino una especie de río contaminado por donde navega el excremento y todo lo que se evacua cuando el alcohol comienza a hacer efecto. En ellas se puede encontrar todo tipo de espécimen andante; desde el clásico tunante hasta el más hostil de los guapetones.

Por último, la cerveza de carnaval se ha convertido en un producto insípido, espumoso y sumamente caro, que se sirve a por lo menos 36 grados Celsius. Así pues, la juventud ha preferido sustituir la "pachanga" por un nuevo atributo: el pomo de alcohol 90, que resulta más barato y garantiza una ebriedad más acelerada.

Nada, que con el tiempo y una buena dosis de despreocupación administrativa, nuestra ciudad ha visto fenecer esas tradiciones que siempre hicieron más llevaderas nuestras vidas.



Esta información ha sido transmitida por teléfono, ya que el gobierno de Cuba controla el acceso a Internet.
CubaNet no reclama exclusividad de sus colaboradores, y autoriza la reproducción de este material, siempre que se le reconozca como fuente
.

IMPRIMIR



PERIODISTAS EN PRISION

PRENSAS
Independiente
Internacional
Gubernamental
IDIOMAS
Inglés
Francés
Español
SOCIEDAD CIVIL
Cooperativas Agrícolas
Movimiento Sindical
Bibliotecas
DEL LECTOR
Cartas
Opinión
BUSQUEDAS
Archivos
Documentos
Enlaces
CULTURA
Artes Plásticas
El Niño del Pífano
Octavillas sobre La Habana
Fotos de Cuba
CUBANET
Semanario
Quiénes Somos
Informe Anual
Correo Eléctronico

DONACIONES

In Association with Amazon.com
Busque:

Palabras claves:

CUBANET
145 Madeira Ave, Suite 207
Coral Gables, FL 33134
(305) 774-1887

CONTACTOS
Periodistas
Editores
Webmaster