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SOCIEDAD
Crónica de una abstemia
(I)
María Elena Alpízar,
Grupo Decoro
VILLA CLARA, agosto (www.cubanet.org) - Cerca
de mi residencia en Placetas, actual provincia
de Villa Clara, existía una "zona
de tolerancia" compuesta por un bar y una
cuartería donde habitaban varias mujeres.
Una de esas infelices tenía en su cuartucho
un sofá lleno de bellas muñecas:
Por circunstancias que no vienen al caso, en una
ocasión mi prima y yo nos escapamos de
la casa y fuimos a ver la colección de
muñecas. La aventura infantil tuvo como
colofón el regreso inmediato a nuestro
hogar de manos de la mujer.
Pero lo que se grabó para siempre en mi
mente fue la forma en que esta mujer nos devolvió
a la casa de nuestros mayores. Tocó a la
puerta y bajó del portal hasta la calle.
Allí, cabizbaja, cuando mi abuela salió,
le dijo:
- Señora, aquí tiene a las niñas;
ellas querían ver mis muñecas.
Mi abuela le dio las gracias, cerrando la puerta.
Luego oí, entre cortinas y corredores,
algo de "mujer de la vida", prostíbulo
y proxeneta (pronunciadas con sus nombres vulgares).
Aunque el tema era prohibido, supe de la existencia
de prostitutas, además de la distancia
social que las familias respetables guardaban
con relación a ellas y viceversa.
Llegó el año 1959 y con la implantación
del gobierno revolucionario desaparecieron las
zonas de tolerancia. A la mayoría de las
mujeres que radicaban en esos lugares se les dio
empleo y otras fueron a estudiar.
Sin embargo, en el transcurso de la revolución
se fue resquebrajando la moral debido a la intolerancia
religiosa y a la supresión de las costumbres
éticomorales o normas de conducta que regían
la sociedad cubana.
Algunas mujeres, para obtener ciertos empleos
o prebendas, se veían obligadas a ofrecer
favores sexuales a cambio. De esta manera fueron
permutadas o regaladas residencias que se les
habían confiscado a sus dueños o
a familias que habían marchado al exilio.
Surgieron nuevamente las "mantenidas",
ya no por ricos hacendados o comerciantes, ni
senadores o representantes, sino por "rebeldes
barbudos", o sea, la jerarquía gubernamental,
provincial o local.
Cualquier diccionario designa que prostituta
es toda mujer que comercia o saca provecho con
su cuerpo.
Conocí el caso de cierta joven perteneciente
a una familia de abolengo patriótico, cuya
foto en ropa ligera y pose provocadora se publicó
en un catálogo de bellas y esculturales
mulatas que se ofrecían como guías
turísticas a personalidades que visitaban
la Isla. Era una prostituta casi oficial, más
solapada.
Al despenalizarse el dólar, debido al
deterioro económico del país, surge
el "jineterismo" con otras lacras sociales
conjuntas, como el proxenetismo, las celestinas,
casas de citas. Era una forma más abierta
de prostitución.
Las "jineteras" que colmaron el marco
de la nueva sociedad revolucionaria eran admiradas
y respetadas por sus vecinos en cada cuadra o
barrio donde vivían, lujosamente en comparación.
Al contrario de lo que acontecía antes
del triunfo de la revolución cuando familias
honradas y prostitutas guardaban mutua distancia
social, además de no convivir en la misma
zona.
Muchos padres se vanagloriaban de que sus hijas
"andaban" con un extranjero, pues esto
significaba abundancia económica. Aunque
algunas adolescentes se dejaban poseer por baratijas,
artículos de aseo o un simple jean.
No sólo las jóvenes, sino también
sus homólogos varones se dedicaron al triste
oficio más antiguo de la humanidad. A los
muchachos que vendían sus caricias heterosexuales
se les llamó "jineteros", y a
los "otros" se les denominó con
un obsceno nombre.
Crónica de
una abstemia (II y final)
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