PRENSA INDEPENDIENTE
Agosot 4, 2004
 

SOCIEDAD
Crónica de una abstemia (I)

María Elena Alpízar, Grupo Decoro

VILLA CLARA, agosto (www.cubanet.org) - Cerca de mi residencia en Placetas, actual provincia de Villa Clara, existía una "zona de tolerancia" compuesta por un bar y una cuartería donde habitaban varias mujeres. Una de esas infelices tenía en su cuartucho un sofá lleno de bellas muñecas: Por circunstancias que no vienen al caso, en una ocasión mi prima y yo nos escapamos de la casa y fuimos a ver la colección de muñecas. La aventura infantil tuvo como colofón el regreso inmediato a nuestro hogar de manos de la mujer.

Pero lo que se grabó para siempre en mi mente fue la forma en que esta mujer nos devolvió a la casa de nuestros mayores. Tocó a la puerta y bajó del portal hasta la calle. Allí, cabizbaja, cuando mi abuela salió, le dijo:

- Señora, aquí tiene a las niñas; ellas querían ver mis muñecas.

Mi abuela le dio las gracias, cerrando la puerta.

Luego oí, entre cortinas y corredores, algo de "mujer de la vida", prostíbulo y proxeneta (pronunciadas con sus nombres vulgares).

Aunque el tema era prohibido, supe de la existencia de prostitutas, además de la distancia social que las familias respetables guardaban con relación a ellas y viceversa.

Llegó el año 1959 y con la implantación del gobierno revolucionario desaparecieron las zonas de tolerancia. A la mayoría de las mujeres que radicaban en esos lugares se les dio empleo y otras fueron a estudiar.

Sin embargo, en el transcurso de la revolución se fue resquebrajando la moral debido a la intolerancia religiosa y a la supresión de las costumbres éticomorales o normas de conducta que regían la sociedad cubana.

Algunas mujeres, para obtener ciertos empleos o prebendas, se veían obligadas a ofrecer favores sexuales a cambio. De esta manera fueron permutadas o regaladas residencias que se les habían confiscado a sus dueños o a familias que habían marchado al exilio.

Surgieron nuevamente las "mantenidas", ya no por ricos hacendados o comerciantes, ni senadores o representantes, sino por "rebeldes barbudos", o sea, la jerarquía gubernamental, provincial o local.

Cualquier diccionario designa que prostituta es toda mujer que comercia o saca provecho con su cuerpo.

Conocí el caso de cierta joven perteneciente a una familia de abolengo patriótico, cuya foto en ropa ligera y pose provocadora se publicó en un catálogo de bellas y esculturales mulatas que se ofrecían como guías turísticas a personalidades que visitaban la Isla. Era una prostituta casi oficial, más solapada.

Al despenalizarse el dólar, debido al deterioro económico del país, surge el "jineterismo" con otras lacras sociales conjuntas, como el proxenetismo, las celestinas, casas de citas. Era una forma más abierta de prostitución.

Las "jineteras" que colmaron el marco de la nueva sociedad revolucionaria eran admiradas y respetadas por sus vecinos en cada cuadra o barrio donde vivían, lujosamente en comparación. Al contrario de lo que acontecía antes del triunfo de la revolución cuando familias honradas y prostitutas guardaban mutua distancia social, además de no convivir en la misma zona.

Muchos padres se vanagloriaban de que sus hijas "andaban" con un extranjero, pues esto significaba abundancia económica. Aunque algunas adolescentes se dejaban poseer por baratijas, artículos de aseo o un simple jean.

No sólo las jóvenes, sino también sus homólogos varones se dedicaron al triste oficio más antiguo de la humanidad. A los muchachos que vendían sus caricias heterosexuales se les llamó "jineteros", y a los "otros" se les denominó con un obsceno nombre.

Crónica de una abstemia (II y final)


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