PRENSA INTERNACIONAL
Agosto 3, 2004
 

¿Podemos tomarlos en serio?

México no puede permanecer inmóvil frente a la inaceptable injerencia de funcionarios extranjeros. Eso decía el Secretario de Gobernación con su conocida solemnidad de estatua.

Por Jesús Silva-Herzog Márquez. Tabasco HOY, México, D.F. Martes 3 de Agosto del 2004.

México no puede permanecer inmóvil frente a la inaceptable injerencia de funcionarios extranjeros. Eso decía el Secretario de Gobernación con su conocida solemnidad de estatua. Era el 6 de mayo. El ministro del interior pronunció su mensaje desde la sede del Poder Ejecutivo. Ahí, bajo el marco del salón panamericano del Palacio Nacional, don Santiago Creel proclamó que los mexicanos amamos a nuestra patria y trabajamos por ella. Por ello, insistía, no podíamos tolerar lo que había sucedido. Creel encaraba la crisis con determinación. Defenderemos nuestro derecho legítimo de hacernos cargo de nuestros asuntos y no permiteremos inteferencias de fuera. Respondía así al largo insulto del ministro de exteriores de Cuba que no podía quedar sin respueta. La nación, herida por la injuria cubana, hablaba por la voz del Secretario de Gobernación. Era la voz de la dignidad, de la honra, del orgullo patrio.

Don Santiago Creel hizo una extensa exposición de las inadmisibles intrusiones de los funcionarios cubanos. Para enfatizar la gravedad de las ofensas, discurrió sobre los principios constitucionales del Estado mexicano, dio lecciones de lengua castellana apoyado en el Diccionario de la Academia, invocó las experiencias de nuestra historia y, naturalmente, citó a Benito Juárez. Toda una gala de ferocidad polémica. El secretario de gobernación repartió copias de las formas migratorias de algunos dirigentes del Partido Comunista Cubano y descubrió sagazmente que en ese país existe un partido de Estado. Para el encargado de la política interior del gobierno federal, los diplomáticos cubanos cometieron un atropello inadmisible: se entrevistaron con diversos líderes políticos del país. Descaro intolerable, violación flagrante a la constitución mexicana, razón suficiente para ordenar la salida inmediata del embajador cubano y retirar a nuestra representante en la isla.

La intromisión cubana era de tal gravedad que, a juicio del secretario de gobernación, era debido guardar en total secreto la información que tenía el gobierno federal sobre las monstruosas actividades de los cubanos. No se trataba, según argumentó, de un abusivo ocultamiento gubernamental sino de un deber político de prudencia: revelar esas noticias podría ocasionar gravísimos daños a la seguridad nacional. Don Santiago Creel, velando siempre por la integridad de nuestro territorio y el imperio de nuestras leyes, leyó la disposición jurídica que define como información reservada aquella que pudiera afectar la conducción de las relaciones internacionales del país. Por ello, tendrá que ser hasta el año 2016 cuando los mexicanos podamos conocer lo que hoy nos está vedado. Tal vez entonces haya pasado el peligro de conocer la información que fundamentó las decisiones del gobierno mexicano en la primavera del 2004. De lo que no podíamos tener duda, al escuchar al secretario Creel, era que el gobierno de Cuba había intervenido groseramente en la política mexicana, rompiendo cualquier posibilidad de diálogo diplomático razonable. Los "agentes" cubanos habían vulneado la soberanía nacional. Nada menos que eso.

Los razonamientos del gobierno mexicano que hacía públicos el Secretario de Gobernación eran contundentes o, por lo menos así se presentaban, como el martillazo de pruebas contundentes. Era evidente que los enviados del gobierno castrista habían roto los principios fundamentales del trato diplomático y que era debido tomar las medidas más extremas en defensa de la soberanía y la dignidad de la nación. No hacerlo habría significado una merma irreparable a la integridad de la república. No exagero los argumentos del secretario. Así los planteó él en su comparecencia pública del 6 de mayo y en sus distintas declaraciones del momento. Los cubanos movían sus hilos para afectar el rumbo de nuestra política interna. Y aunque no podíamos saber con detalle lo que el gobierno sabía, era claro que el ataque cubano debía ser detenido de tajo y de manera inmediata. Así fue. La reacción estuvo a un pelo de provocar la ruptura de relaciones con Cuba. No se llegó a eso pero se actuó con una determinación casi más brutal que diplomática. ¿Alguien recuerda un desplante diplomático semejante? Si hacemos caso a las razones del secretario Creel, México no tenía más alternativa que una protesta extraordinaria: frente a los intervencionistas, no podría haber otra salida que una condena ejemplar y el congelamiento de las relaciones bilaterales.

Menos de dos meses después, México y Cuba deciden normalizar sus relaciones. El canciller mexicano viajó a La Habana, abrazó al canciller cubano y declaró que ya era tiempo de superar las dificultades dipomáticas. El gesto suena bien: a México le conviene reparar la relación. El problema es que los señores que toman las decisiones no tienen el cuidado de explicar cómo se puede renovar el trato diplomático con un régimen político que, según la posición oficial, había violado nuestra constitución para inmiscuirse en nuestra política interna. Si Creel tenía razón entonces, el gobierno federal está conduciéndonos a la boca del lobo, está dándole la bienvenida a una tropa de intervencionistas que quiere adueñarse de la política mexicana escudándose en sus pasaportes diplomáticos. Si Creel tenía razón entonces, la decisión de normalizar las relaciones es una traición a México. Nuestro consuelo es que al secretario de gobernación, en realidad, no se le toma mucho en serio. Habrá dicho esas cosas, pero ya nadie se acuerda. El grito de alarma de entonces quedó en el basurero, junto con sus acusaciones, con sus denuncias y sus afectado discurso de orgullo patrio. El ogro del ingerencismo cubano que amenazaba nuestra soberanía desapareció. No ha habido ningún esfuerzo por razonar la decisión de julio frente a la decisión de mayo. El viraje puede ser prudente pero no puede sostenerse sin una razón que la explique. La decisión reciente puede ser sensata. Pero los encargados de decidir no ofrecen razones.

El extraño caso de esta crisis que primero se condimenta con fuego y luego se olvida como si nunca hubiera sucedido es uno de los muchos ejemplos de la falta de seriedad de nuestra clase política. El secretario de gobernación no es un político serio, como no lo es su jefe ni la gran mayoría de sus colegas. Si algo urge en la clase política mexicana es un gramo de solidez. Los romanos hablaban del imperativo de la gravedad, eso que llamaban gravitas: la plomada de seriedad que funda un poder digno de respeto. Lo que encontramos distribuido muy democráticamente en nuestra clase política es justamente lo contrario: un chiflido de levedad, de irrelevancia, el meneo de una floja y constante oscilación. No existen condiciones para que los hombres del poder sean tomados en serio. Personajes débiles, risibles, invertebrados. Políticos incapaces de fijar un rumbo, de lograr constancia; políticos que, sencillamente, no pueden ser tomados en serio. No pido políticos de mármol pero, ¿será mucho pedir que no sean de chicle?

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