PRENSA INDEPENDIENTE
Agosot 2, 2004
 

HISTORIA
Un día crucial

Oscar Mario González, Grupo Decoro

LA HABANA, agosto (www.cubanet.org) - Aquel 17 de julio de 1959 fue un día crucial en la historia más reciente de nuestro país. En esta fecha se produjo la renuncia a su cargo del entonces primer ministro Fidel Castro Ruz.

El hecho en sí fue un inmenso show político. Ni el renunciante estaba dispuesto a dejar el poder ni el acto estaba concebido para atentar contra el poder personal del máximo jefe guerrillero, sino por el contrario, para fortalecerlo, ensancharlo y hacerlo absoluto para liberar lo de obstáculos; para despejar el camino hacia el totalitarismo.

La estrategia no era novedosa en la historia. En nuestro país tenía antecedentes en la destitución del presidente Miguel Mariano Gómez por el senado de la república en 1936 por intrigas del general Fulgencio Batista, a la sazón jefe del ejército nacional.

En el caso que nos ocupa, la víctima directa fue el doctor Manuel Urrutia, y lo que es más trágico, el pueblo de Cuba.

En los primeros días posteriores al triunfo guerrillero, el jefe del movimiento triunfante figuraba únicamente como comandante de las fuerzas armadas del país, mientras que la presidencia era ocupada por el doctor Urrutia, a iniciativa y con el consentimiento del comandante, que era en definitiva el verdadero poder.

En tales momentos el presidente nombró un consejo de ministros, y mediante decretos disolvió el parlamento y separó de sus cargos a los altos dirigentes comprometidos con el anterior régimen. En esta avalancha de cambios propios del momento, el entonces primer ministro Miró Cardona renunció a favor del máximo jefe guerrillero.

Ya como primer ministro, proclamó la ley de Reforma Agraria y anunció la de Reforma Urbana, que contemplaba la rebaja de alquileres. Ambas de gran aceptación popular, en tanto convertían en supuestos propietarios a inquilinos urbanos y arrendatarios agrícolas. Claro que esto, como muchos otros beneficios resultaron embustes, ya que después surgieron otras normativas y otras realidades en virtud de las cuales todos perdían el derecho a la propiedad y pasaban a ser dueños absolutos de su miseria. Pero llenaban las mentes de entusiasmo y de esperanzas los corazones, al amparo de una ingenuidad política total.

Tales argucias populistas le ganaron al caudillo un respaldo casi unánime de la población, culminando así un proceso de exaltación y endiosamiento iniciado desde julio de 1953 por parte de la intelectualidad y de las instituciones civiles, apoyadas en los medios de comunicación de la época. Fue así como un oscuro abogado sólo conocido en los predios universitarios se convirtió, de la noche a la mañana, en la figura política más popular del país luego de los sucesos del Moncada.

El argumento para la renuncia era atribuido a discrepancias con el presidente Urrutia, así como la traición de éste a la revolución. El presidente pensó hablar por la televisión, pero desistió por lo inútil del gesto, ante una población fanatizada, y como bien aconsejaban las circunstancias, huyó del país.

Horas después de haber anunciado su renuncia por la televisión, la multitud congregada frente a los estudios de CMQ se unía a otros simpatizantes del líder revolucionario para agruparse frente al palacio presidencial. Allí el joven Armando Hart, entonces ministro de Educación, informaba que el Consejo de Ministros había aceptado la renuncia del doctor Urrutia y en su lugar había nombrado al doctor Osvaldo Dorticós Torrado como presidente de la república.

Años más tarde, en 1976, una escueta nota del periódico Granma anunciaba la muerte del presidente Dorticós, sin ofrecer causas ni razones. El viejo miembro del Partido Socialista Popular (comunista), se suicidaba después de haber brindado sus servicios incondicionales al régimen comunista y a su líder, suscitando el rechazo, la desaprobación y la malquerencia del régimen, para cuyo entender la vida de un camarada no le pertenece a nadie más que a la revolución, incluyendo a Dios y el diablo.



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