|
HISTORIA
Un día crucial
Oscar Mario González,
Grupo Decoro
LA HABANA, agosto (www.cubanet.org) - Aquel 17
de julio de 1959 fue un día crucial en
la historia más reciente de nuestro país.
En esta fecha se produjo la renuncia a su cargo
del entonces primer ministro Fidel Castro Ruz.
El hecho en sí fue un inmenso show político.
Ni el renunciante estaba dispuesto a dejar el
poder ni el acto estaba concebido para atentar
contra el poder personal del máximo jefe
guerrillero, sino por el contrario, para fortalecerlo,
ensancharlo y hacerlo absoluto para liberar lo
de obstáculos; para despejar el camino
hacia el totalitarismo.
La estrategia no era novedosa en la historia.
En nuestro país tenía antecedentes
en la destitución del presidente Miguel
Mariano Gómez por el senado de la república
en 1936 por intrigas del general Fulgencio Batista,
a la sazón jefe del ejército nacional.
En el caso que nos ocupa, la víctima directa
fue el doctor Manuel Urrutia, y lo que es más
trágico, el pueblo de Cuba.
En los primeros días posteriores al triunfo
guerrillero, el jefe del movimiento triunfante
figuraba únicamente como comandante de
las fuerzas armadas del país, mientras
que la presidencia era ocupada por el doctor Urrutia,
a iniciativa y con el consentimiento del comandante,
que era en definitiva el verdadero poder.
En tales momentos el presidente nombró
un consejo de ministros, y mediante decretos disolvió
el parlamento y separó de sus cargos a
los altos dirigentes comprometidos con el anterior
régimen. En esta avalancha de cambios propios
del momento, el entonces primer ministro Miró
Cardona renunció a favor del máximo
jefe guerrillero.
Ya como primer ministro, proclamó la ley
de Reforma Agraria y anunció la de Reforma
Urbana, que contemplaba la rebaja de alquileres.
Ambas de gran aceptación popular, en tanto
convertían en supuestos propietarios a
inquilinos urbanos y arrendatarios agrícolas.
Claro que esto, como muchos otros beneficios resultaron
embustes, ya que después surgieron otras
normativas y otras realidades en virtud de las
cuales todos perdían el derecho a la propiedad
y pasaban a ser dueños absolutos de su
miseria. Pero llenaban las mentes de entusiasmo
y de esperanzas los corazones, al amparo de una
ingenuidad política total.
Tales argucias populistas le ganaron al caudillo
un respaldo casi unánime de la población,
culminando así un proceso de exaltación
y endiosamiento iniciado desde julio de 1953 por
parte de la intelectualidad y de las instituciones
civiles, apoyadas en los medios de comunicación
de la época. Fue así como un oscuro
abogado sólo conocido en los predios universitarios
se convirtió, de la noche a la mañana,
en la figura política más popular
del país luego de los sucesos del Moncada.
El argumento para la renuncia era atribuido a
discrepancias con el presidente Urrutia, así
como la traición de éste a la revolución.
El presidente pensó hablar por la televisión,
pero desistió por lo inútil del
gesto, ante una población fanatizada, y
como bien aconsejaban las circunstancias, huyó
del país.
Horas después de haber anunciado su renuncia
por la televisión, la multitud congregada
frente a los estudios de CMQ se unía a
otros simpatizantes del líder revolucionario
para agruparse frente al palacio presidencial.
Allí el joven Armando Hart, entonces ministro
de Educación, informaba que el Consejo
de Ministros había aceptado la renuncia
del doctor Urrutia y en su lugar había
nombrado al doctor Osvaldo Dorticós Torrado
como presidente de la república.
Años más tarde, en 1976, una escueta
nota del periódico Granma anunciaba la
muerte del presidente Dorticós, sin ofrecer
causas ni razones. El viejo miembro del Partido
Socialista Popular (comunista), se suicidaba después
de haber brindado sus servicios incondicionales
al régimen comunista y a su líder,
suscitando el rechazo, la desaprobación
y la malquerencia del régimen, para cuyo
entender la vida de un camarada no le pertenece
a nadie más que a la revolución,
incluyendo a Dios y el diablo.
|