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Manatí:
preludio de pueblos embrujados
Reinaldo Cosano Alén
LA HABANA, marzo (www.cubanet.org) - El central Manatí, rebautizado "Argelia
Libre", va camino de convertirse en un pueblo embrujado. El maleficio
envuelve a los 32,500 habitantes de la población donde se levanta el
ingenio, gracias a una firma que condenó a muerte al central. La misma
suerte que corrieron otras setenta fábricas de azúcar cubanas.
El tiempo quedó como detenido y en retroceso cuando se dio la orden
de detener las maquinarias del central para siempre. Con ella, se apagó
casi por completo la vida económica y social de los pobladores de Manatí.
El desmantelamiento de la fábrica -de repente convertida en chatarra-
se extiende a la amplísima trama de líneas férreas que en
función del central atravesaban por todos lados los 1,177 kilómetros
cuadrados del territorio. Como un amanecer de terror, raíl por raíl
están siendo arrancadas.
Para colmo, ni siquiera está circulando en estos momentos el único
tren de pasajeros que conecta a Manatí con la capital provincial Las
Tunas, por falta de petróleo.
Son inimaginables los múltiples trastornos a los que se enfrenta la
población de Manatí a la hora de trasladarse a Las Tunas, a
consultas médicas o gestiones burocráticas, a pesar de que sólo
están separadas por treinta kilómetros.
Antes del descalabro del central, la población se beneficiaba con el
uso de diferentes tipos de transporte automotor, en función de la zafra
azucarera. De pronto todo se vino abajo, como parte del embrujo.
La peor encrucijada a la que se enfrenta el gobierno con el cierre de los
centrales está relacionada, en primer orden, con el desempleo o subempleo
repentino de medio millón de trabajadores.
Varios métodos son aplicados para paliar la situación. Lo
primero, el empleo en huertos y granjas agropecuarias para aliviar las miserias
alimentarias locales, en tierras muy desgastadas ya por el mal manejo del
cultivo de la caña.
La provincia Las Tunas, en el norte oriental del país, sufre una de
las peores sequías de todos los tiempos. No es una situación climática
transitoria, sino que se prolonga ya por varias décadas, según los
índices históricos de precipitaciones, ofreciendo un panorama
comparable al de la provincia Guantánamo en su región sur
(considerada zona casi desértica), con la agravante de que en Manatí
no existen presas para enfrentar la situación adversa. Sus resecas y
ardientes tierras aguardan la bendición de Dios convertida en lluvia.
Esa desventura origina que apenas haya quien pueda criar su cerdo, gallina,
res, caballo, y casi ni un chivo (que come de todo), en pastos agostados, sin la
nutritiva miel, cachaza, bagazo, que como subproductos proporcionaba el central,
del cual todos obtenían algo para sí, aunque a hurtadillas. Los
animales, como la gente, se ven hoy famélicos.
El central Manatí también proporcionaba otro tipo de
sustento. Justo es revelarlo. El azúcar que producía sirvió
a personas honestas devenidos en traficantes para comercializarla en Las Tunas
para su propio beneficio, y aún en pueblos más distantes, como
complemento de la escasa cuota fija mensual que vende el estado desde hace
cuarenta años.
Lo mismo ocurre con el combustible de uso doméstico, principalmente
para cocinar, dependiente de una cuota insuficiente de keroseno, que se
completaba con las sustracciones no autorizadas de la reserva del central.
Los habitantes de Manatí han tenido que recurrir a la leña y
el carbón (como en épocas remotas), con la diferencia de que los
bosques de antaño han ido desapareciendo, con el resultado, entre otros,
de la desertificación de Las Tunas. Lo que provoca una presión
mayor de la ciudadanía sobre los ralos "cayos arbóreos"
para la obtención de combustible y otros múltiples usos.
Otras dos medidas económicas laborales impuestas por el gobierno es
el subsidio y la jubilación de los trabajadores desempleados. Llama la
atención en el último caso la aplicación de una medida de
excepción laboral: permitir la jubilación a los cincuenta años,
y no a los sesenta, como establece la ley. Esto, según la opinión
del tunero Armando Pérez Mendoza, constituye un ardid del gobierno en
detrimento del trabajador, porque dejará de percibir el salario por la
reubicación laboral, o el subsidio, siempre superiores al bajo estipendio
de dinero por jubilación.
La estampida ha comenzado en Manatí, como ocurre siempre en estos
casos. Una señora de la localidad liquidó por una bicoca su amplia
y cómoda residencia para irse a vivir en un pequeño habitáculo
en Las Tunas. Otros muchos, especialmente jóvenes, a despecho de la ley
de emigración interna, que prohíbe esos desplazamientos, tratan de
encontrar trabajo, particularmente en la construcción o en la
agricultura, pero en la capital. O pasan a formar parte de la población
flotante.
Manatí se va convirtiendo en un espectro de pueblo. Lo que se repite
en cada central desactivado y demolido, pueblos embrujados.
El declive de la industria azucarera data de varias décadas, signado
por la falta de una política azucarera coherente que condujo a daños
irreversibles en nuestra industria más preciada. El daño se
extendió a las tierras cañeras.
El traumático desenlace debió haberse resuelto, al menos
parcialmente, con el reordenamiento escalonado de lo que fue la primera
industria nacional.
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