CUBANET .INDEPENDIENTE

13 de marzo, 2003

Manatí: preludio de pueblos embrujados

Reinaldo Cosano Alén

LA HABANA, marzo (www.cubanet.org) - El central Manatí, rebautizado "Argelia Libre", va camino de convertirse en un pueblo embrujado. El maleficio envuelve a los 32,500 habitantes de la población donde se levanta el ingenio, gracias a una firma que condenó a muerte al central. La misma suerte que corrieron otras setenta fábricas de azúcar cubanas.

El tiempo quedó como detenido y en retroceso cuando se dio la orden de detener las maquinarias del central para siempre. Con ella, se apagó casi por completo la vida económica y social de los pobladores de Manatí.

El desmantelamiento de la fábrica -de repente convertida en chatarra- se extiende a la amplísima trama de líneas férreas que en función del central atravesaban por todos lados los 1,177 kilómetros cuadrados del territorio. Como un amanecer de terror, raíl por raíl están siendo arrancadas.

Para colmo, ni siquiera está circulando en estos momentos el único tren de pasajeros que conecta a Manatí con la capital provincial Las Tunas, por falta de petróleo.

Son inimaginables los múltiples trastornos a los que se enfrenta la población de Manatí a la hora de trasladarse a Las Tunas, a consultas médicas o gestiones burocráticas, a pesar de que sólo están separadas por treinta kilómetros.

Antes del descalabro del central, la población se beneficiaba con el uso de diferentes tipos de transporte automotor, en función de la zafra azucarera. De pronto todo se vino abajo, como parte del embrujo.

La peor encrucijada a la que se enfrenta el gobierno con el cierre de los centrales está relacionada, en primer orden, con el desempleo o subempleo repentino de medio millón de trabajadores.

Varios métodos son aplicados para paliar la situación. Lo primero, el empleo en huertos y granjas agropecuarias para aliviar las miserias alimentarias locales, en tierras muy desgastadas ya por el mal manejo del cultivo de la caña.

La provincia Las Tunas, en el norte oriental del país, sufre una de las peores sequías de todos los tiempos. No es una situación climática transitoria, sino que se prolonga ya por varias décadas, según los índices históricos de precipitaciones, ofreciendo un panorama comparable al de la provincia Guantánamo en su región sur (considerada zona casi desértica), con la agravante de que en Manatí no existen presas para enfrentar la situación adversa. Sus resecas y ardientes tierras aguardan la bendición de Dios convertida en lluvia.

Esa desventura origina que apenas haya quien pueda criar su cerdo, gallina, res, caballo, y casi ni un chivo (que come de todo), en pastos agostados, sin la nutritiva miel, cachaza, bagazo, que como subproductos proporcionaba el central, del cual todos obtenían algo para sí, aunque a hurtadillas. Los animales, como la gente, se ven hoy famélicos.

El central Manatí también proporcionaba otro tipo de sustento. Justo es revelarlo. El azúcar que producía sirvió a personas honestas devenidos en traficantes para comercializarla en Las Tunas para su propio beneficio, y aún en pueblos más distantes, como complemento de la escasa cuota fija mensual que vende el estado desde hace cuarenta años.

Lo mismo ocurre con el combustible de uso doméstico, principalmente para cocinar, dependiente de una cuota insuficiente de keroseno, que se completaba con las sustracciones no autorizadas de la reserva del central.

Los habitantes de Manatí han tenido que recurrir a la leña y el carbón (como en épocas remotas), con la diferencia de que los bosques de antaño han ido desapareciendo, con el resultado, entre otros, de la desertificación de Las Tunas. Lo que provoca una presión mayor de la ciudadanía sobre los ralos "cayos arbóreos" para la obtención de combustible y otros múltiples usos.

Otras dos medidas económicas laborales impuestas por el gobierno es el subsidio y la jubilación de los trabajadores desempleados. Llama la atención en el último caso la aplicación de una medida de excepción laboral: permitir la jubilación a los cincuenta años, y no a los sesenta, como establece la ley. Esto, según la opinión del tunero Armando Pérez Mendoza, constituye un ardid del gobierno en detrimento del trabajador, porque dejará de percibir el salario por la reubicación laboral, o el subsidio, siempre superiores al bajo estipendio de dinero por jubilación.

La estampida ha comenzado en Manatí, como ocurre siempre en estos casos. Una señora de la localidad liquidó por una bicoca su amplia y cómoda residencia para irse a vivir en un pequeño habitáculo en Las Tunas. Otros muchos, especialmente jóvenes, a despecho de la ley de emigración interna, que prohíbe esos desplazamientos, tratan de encontrar trabajo, particularmente en la construcción o en la agricultura, pero en la capital. O pasan a formar parte de la población flotante.

Manatí se va convirtiendo en un espectro de pueblo. Lo que se repite en cada central desactivado y demolido, pueblos embrujados.

El declive de la industria azucarera data de varias décadas, signado por la falta de una política azucarera coherente que condujo a daños irreversibles en nuestra industria más preciada. El daño se extendió a las tierras cañeras.

El traumático desenlace debió haberse resuelto, al menos parcialmente, con el reordenamiento escalonado de lo que fue la primera industria nacional.


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