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Castrismo
versus informales
Lázaro Raúl González, CPI
HERRADURA, marzo (www.cubanet.org) - Simultáneamente con sus
operativos antidrogas, de enero para acá el gobierno cubano ha desplegado
una fuerte batida contra el sector informal. A través de toda la Isla
miles de personas que se buscan la vida por su cuenta han sufrido registros,
decomisos, detenciones. Los más afortunados han sido multados con sumas
elevadas de dinero.
Estos procedimientos, a menudo extrajudiciales, no son nuevos en Cuba. Desde
su llegada al poder el gobierno de Fidel Castro priorizó el
aniquilamiento de cualquier vestigio del sector privado.
Durante más de cuatro décadas, reprimir al individuo
emprendedor ha sido un ejercicio sistemáticamente utilizado para
consolidar el poder del estado sobre la sociedad y sus miembros.
Sin embargo, las actuales redadas contra los informales no debían ser
consideradas sólo como ritos típicos de un estado policiaco. Esta
vez, al intentar batir a los informales, el régimen podría no sólo
estar ejercitando su endémico folclor represivo. En última
instancia, el castrismo estaría defendiendo su propia supervivencia.
La percepción del gobierno es que cada vez "hay menos pastel
para repartir". Mientras duraron los subsidios soviéticos no se
echaban a ver las tajadas que sacaban los informales de las entidades estatales
de las que en buen grado se nutrían -y se nutren.
Pero ahora la situación económica es difícil. Los
fondos disponibles sólo alcanzan para anémicamente cubrir las
necesidades básicas de la población, preservar los privilegios de
la élite, y nada más. Por ello, la pretensión oficialista
de alejar a los informales de la rapiña podría entenderse como un
imperativo mecanismo de supervivencia con predominante carácter
defensivo.
Paradójicamente, quienes más amenazan la existencia misma del
castrismo no son los informales, sino su ineficiente sistema productivo y su
extensa y corrupta burocracia.
Sin embargo, estas cartas no están en juego. A diferencia de sus
socios comunistas de China y Viet Nam, el régimen cubano no muestra
disposición a mejorar la economía implementando algunas
privatizaciones y reduciendo su parasitaria nomenclatura. De tal modo, tocaría
a los informales expiar culpas ajenas.
Claro, una cosa piensa el bayo y otra el que va en el caballo. En el pasado
ya los informales cubanos han demostrado estar dotados de perseverancia,
flexibilidad e inteligencia suficientes para sobrevivir cualquier estrategia
represiva.
Por añadidura, sus potencialidades son constantemente estimuladas por
las necesidades de un mercado notoriamente deficitario, y por el
colaboracionismo de una mayoría cómplice.
Encima de ello, la informalidad en Cuba no es una opción sino una
obligación para millones de personas desempleadas, subempleadas o
retiradas, privadas del derecho de invertir o de establecer un negocio propio, y
formal. El sistema centralizado del régimen ha derivado en una situación
económica tan calamitosa, que incluso profesionales bien capacitados se
ven empujados a realizar actividades informales para incrementar los magros
ingresos que perciben en las empresas del gobierno.
Si las autoridades reprimen a los informales para proteger de la rapiña
sus menguados recursos, y así prolongar su permanencia en el poder, el
sector informal lucha a brazo partido para alimentarse y vestirse.
En todo caso, lo que está planteado es una sorda batalla por la
sobrevivencia. ¿Quién ganará? Sobran evidencias de las
habilidades propagandísticas y represivas del gobierno cubano. Por su
parte, los informales han demostrado que son huesos duros de roer. Quizás,
incluso, puedan demostrar que, de triturarlos, ¡ni hablar!
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