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DESALOJOS EN CUBA
Desalojo
Rafael Ferro Salas
PINAR DEL RÍO, marzo (www.cubanet.org) - La mujer entró en la
consulta a toda carrera. Buscó desesperada con la mirada y vio al doctor
Guillermo reconociendo a una embarazada. El médico terminó con la
paciente y la despidió con una sonrisa. Entonces fue cuando vio a la
mujer.
- Vienes como si trajeras un fantasma detrás.
- Algo malo está pasando por allá por donde vives, médico.
La policía está desalojando a tu familia. Han sacado a los tuyos
de tu casa.
La frase pronunciada por la mujer cambió el rostro del doctor
Guillermo. Sin decir nada salió a la calle, rumbo a la casa de su
familia. Le pareció que todo oscurecía, como si la noche hubiera
caído sobre el día sin previo aviso.
Un rato después, el médico discutía con los policía.
Era en vano. Habían subido a un enorme camión casi todo lo que la
casa contenía. En el portal, el padre y la madre de Guillermo estaban
abrazados, temblaban como dos hojas en medio de una tormenta.
- Ustedes no pueden hacernos esto. Es nuestra casa, todo el mundo en el
barrio lo sabe.
El médico miró a los vecinos reunidos en el lugar. Todos
apoyaron sus palabras. Entonces el jefe de los policías habló.
- Nosotros cumplimos órdenes del gobierno, médico. El hermano
de usted abandonó el país para irse a los Estados Unidos. Hay
orden de confiscar la casa con todos los bienes. La vivienda está a
nombre de su hermano de usted.
El desalojo continuó hasta el final. Así ocurrió, como
lo estoy escribiendo, y ustedes leyendo. Todo sucedió en esta Cuba del año
2003, el 24 de febrero. En la calle Solano Ramos de la ciudad de Pinar del Río,
en la vivienda No. 63.
Guillermo Díaz es un joven médico, graduado con la revolución.
En las aulas donde estudió le habían repetido hasta el cansancio
que ya en Cuba no existían los desalojos.
La noche le llegó por segunda vez ese día. Estaba sentado en
la acerca, buscando una estrella en el cielo. Buscaba en vano. Tampoco vio la
luna. Un rato después se levantó y caminó despacio por la
calle donde había crecido y jugado. Con todo el peso del mundo en su
espalda se dirigió al hospital de la ciudad. Hacía apenas una hora
que habían ingresado a su padre. En el corazón del viejo pesaron
mucho las ocho letras de una palabra: DESALOJO.
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