PRENSA INDEPENDIENTE
Junio 25, 2003

ECONOMIA
¿La próxima víctima? (I)

LA HABANA, junio (www.cubanet.org) - Sin lugar a dudas, el año 2003 será recordado como el año de la represión. Se inició con una batida sin igual "contra la droga y otros comportamientos ilícitos" e hizo catarsis en marzo durante la Semana Negra contra la oposición cubana. En un balance de los seis primeros meses, el señor Presidente se puede sentir satisfecho: sus muchachos, tanto los policías uniformados como los políticos, se han esmerado. La fábrica de medallas debe de estar en plena producción.

¿Bajará la represión? Se espera eso, pero muchos dudan de la bondad o del cansancio que pueda tener el máximo líder en esas faenas. Por si las moscas, todos siguen prevenidos. Hacia dónde se dirigirá la represión es la pregunta que todos se hacen en una sociedad donde "la amenaza militar del imperialismo yanqui" siempre ha sido el mejor paliativo para los fracasos económicos y sociales.

Por eso, con una zafra bajísima, un turismo con un incremento por debajo de lo esperado (y necesario), la pérdida de posibles fuentes de financiamiento por políticas ilógicas y desafortunadas y una baja eficiencia económica en las actividades productivas, la represión es el bálsamo, el consuelo necesario para distraer la opinión pública nacional.

Desde comienzos del año en la prensa gubernamental han aparecido trabajos sobre el sistema de comercialización de los productos del agro, que en el país presenta una variedad singular. En 1994, cuando la economía cubana tocó fondo se aprobó, aupada por Raúl Castro y los militares la creación de los Mercados Agropecuarios, donde los campesinos podían vender sus excedentes sin regulación de precios, al embate de la oferta y la demanda.

Al señor Presidente esa idea no le simpatizaba, pero la consigna de su hermano que decía que eran más importante los frijoles que los cañones lo hizo ceder. Claro, pero que lo dejaran a él con sus cañones, que en esos confiaba más. El decreto que autorizaba los mercados agropecuarios también permitió al intermediario, que en representación del campesino productor vende sus productos en el mercado. La Ley de la oferta y la demanda se enfrentó a una realidad cuasi kafkiana: los precios no estaban acordes con las posibilidades económicas de la mayor parte de la población. Aparecieron los productos, ahora lo que no había era el dinero para comprarlos, debido a que el salario que los trabajadores reciben por su trabajo no les alcanza para subsistir. Pero la culpa la pagaron los mercaderes del mercado agropecuario, "que no quieren bajar los precios, para obtener grandes ganancias".

"Eso es mentira", dijo enfáticamente Roberto, vendedor de una tarima, que lleva siete años en esos menesteres. "Nosotros sí hemos bajado los precios, acorde a la evolución económica del país y al valor del dólar. Nuestros precios reflejan el estado del país. El gobierno es el que no le paga a los trabajadores el salario que les pertenece. En otros países hace rato que habría huelgas". "Mire, en primer lugar, estos productos son de una calidad superior a los que vende el estado. Vaya, vaya por las tarimas estatales y vea los productos que ofertan y compárelos con estos", manifestó Carmela, una mujer entrada en años que vende con su marido una gran variedad de vegetales y viandas.

Los precios del Mercado Agropecuario son la manzana de la discordia en la lucha por la confección del menú diario. Para una gran mayoría, son prohibitivos. Para subsanar la situación, el estado sólo tiene un camino: aumentar su producción agrícola, hacer la competencia a los vendedores del mercado y mitigar la gran demanda. Con una política más flexible con los productores, donde no estuvieron exentos métodos coercitivos, la producción de viandas, granos y hortalizas ha crecido en los últimos años.

La distribución y la comercialización es el talón de Aquiles de esa política. Los centros de acopio generan pérdidas de miles de quintales de productos que no llegan a los consumidores y que figuran en las cifras de producción. Se planeó que en las "placitas", donde se expenden los productos subsidiados, racionados por la libreta de racionamiento, se vendiera un per cápita mensual de 15 libras de productos del agro. Pura utopía. Por esa vía se venden las papas, producto que no se puede comercializar en los mercados agropecuarios, y un poco de plátano "de dieta", una cuota respaldada por receta médica. Los precios son ridículos, por no decir bajos.

Para competir con los mercados agropecuarios el estado creó los llamados Mercados Agropecuarios Estatales o "mercados topados", es decir que venden con límites de tope en los precios, por debajo de sus competidores. El Ejército Juvenil del Trabajo (EJT) -unidades militares dedicadas a la zafra y la producción agropecuaria, una forma de pasar el servicio militar trabajando obligatoriamente en el campo- tiene sus mercados propios, con los precios más bajos de todos. Si nos atenemos a las cifras de producción, el cubano promedio hoy tiene una mejor alimentación; inclusive en vegetales y frutas es superior a la que hubo en los años de "socialismo real" (los recordados 80). Sin embargo, las insatisfacciones continúan, y para el criollo de a pie la lista (de lo que no tiene y necesita comprar) no le cuadra con el billete (el dinero que gana, en su bolsillo).

El gobierno y sus medios de difusión culpan a los intermediarios de los mercados agropecuarios, acusándolos de forzar los precios. En los artículos de marras se les acusa de actividades ilícitas que llevan hasta la tácita creación de un sindicato clandestino que impide que los precios bajen. ¿Qué está ocurriendo en realidad? ¿Serán los intermediarios y los mercados agropecuarios las próximas víctimas? cnet/27


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