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ECONOMIA
¿La
próxima víctima? (I)
LA HABANA, junio
(www.cubanet.org) - Sin lugar a dudas, el año
2003 será recordado como el año de la represión.
Se inició con una batida sin igual "contra la
droga y otros comportamientos ilícitos" e hizo
catarsis en marzo durante la Semana Negra contra
la oposición cubana. En un balance de los seis
primeros meses, el señor Presidente se puede sentir
satisfecho: sus muchachos, tanto los policías
uniformados como los políticos, se han esmerado.
La fábrica de medallas debe de estar en plena
producción.
¿Bajará la represión?
Se espera eso, pero muchos dudan de la bondad
o del cansancio que pueda tener el máximo líder
en esas faenas. Por si las moscas, todos siguen
prevenidos. Hacia dónde se dirigirá la represión
es la pregunta que todos se hacen en una sociedad
donde "la amenaza militar del imperialismo yanqui"
siempre ha sido el mejor paliativo para los fracasos
económicos y sociales.
Por eso, con una
zafra bajísima, un turismo con un incremento por
debajo de lo esperado (y necesario), la pérdida
de posibles fuentes de financiamiento por políticas
ilógicas y desafortunadas y una baja eficiencia
económica en las actividades productivas, la represión
es el bálsamo, el consuelo necesario para distraer
la opinión pública nacional.
Desde comienzos
del año en la prensa gubernamental han aparecido
trabajos sobre el sistema de comercialización
de los productos del agro, que en el país presenta
una variedad singular. En 1994, cuando la economía
cubana tocó fondo se aprobó, aupada por Raúl Castro
y los militares la creación de los Mercados Agropecuarios,
donde los campesinos podían vender sus excedentes
sin regulación de precios, al embate de la oferta
y la demanda.
Al señor Presidente
esa idea no le simpatizaba, pero la consigna de
su hermano que decía que eran más importante los
frijoles que los cañones lo hizo ceder. Claro,
pero que lo dejaran a él con sus cañones, que
en esos confiaba más. El decreto que autorizaba
los mercados agropecuarios también permitió al
intermediario, que en representación del campesino
productor vende sus productos en el mercado. La
Ley de la oferta y la demanda se enfrentó a una
realidad cuasi kafkiana: los precios no estaban
acordes con las posibilidades económicas de la
mayor parte de la población. Aparecieron los productos,
ahora lo que no había era el dinero para comprarlos,
debido a que el salario que los trabajadores reciben
por su trabajo no les alcanza para subsistir.
Pero la culpa la pagaron los mercaderes del mercado
agropecuario, "que no quieren bajar los precios,
para obtener grandes ganancias".
"Eso es mentira",
dijo enfáticamente Roberto, vendedor de una tarima,
que lleva siete años en esos menesteres. "Nosotros
sí hemos bajado los precios, acorde a la evolución
económica del país y al valor del dólar. Nuestros
precios reflejan el estado del país. El gobierno
es el que no le paga a los trabajadores el salario
que les pertenece. En otros países hace rato que
habría huelgas". "Mire, en primer lugar, estos
productos son de una calidad superior a los que
vende el estado. Vaya, vaya por las tarimas estatales
y vea los productos que ofertan y compárelos con
estos", manifestó Carmela, una mujer entrada en
años que vende con su marido una gran variedad
de vegetales y viandas.
Los precios del
Mercado Agropecuario son la manzana de la discordia
en la lucha por la confección del menú diario.
Para una gran mayoría, son prohibitivos. Para
subsanar la situación, el estado sólo tiene un
camino: aumentar su producción agrícola, hacer
la competencia a los vendedores del mercado y
mitigar la gran demanda. Con una política más
flexible con los productores, donde no estuvieron
exentos métodos coercitivos, la producción de
viandas, granos y hortalizas ha crecido en los
últimos años.
La distribución
y la comercialización es el talón de Aquiles de
esa política. Los centros de acopio generan pérdidas
de miles de quintales de productos que no llegan
a los consumidores y que figuran en las cifras
de producción. Se planeó que en las "placitas",
donde se expenden los productos subsidiados, racionados
por la libreta de racionamiento, se vendiera un
per cápita mensual de 15 libras de productos del
agro. Pura utopía. Por esa vía se venden las papas,
producto que no se puede comercializar en los
mercados agropecuarios, y un poco de plátano "de
dieta", una cuota respaldada por receta médica.
Los precios son ridículos, por no decir bajos.
Para competir con
los mercados agropecuarios el estado creó los
llamados Mercados Agropecuarios Estatales o "mercados
topados", es decir que venden con límites de tope
en los precios, por debajo de sus competidores.
El Ejército Juvenil del Trabajo (EJT) -unidades
militares dedicadas a la zafra y la producción
agropecuaria, una forma de pasar el servicio militar
trabajando obligatoriamente en el campo- tiene
sus mercados propios, con los precios más bajos
de todos. Si nos atenemos a las cifras de producción,
el cubano promedio hoy tiene una mejor alimentación;
inclusive en vegetales y frutas es superior a
la que hubo en los años de "socialismo real" (los
recordados 80). Sin embargo, las insatisfacciones
continúan, y para el criollo de a pie la lista
(de lo que no tiene y necesita comprar) no le
cuadra con el billete (el dinero que gana, en
su bolsillo).
El gobierno y sus
medios de difusión culpan a los intermediarios
de los mercados agropecuarios, acusándolos de
forzar los precios. En los artículos de marras
se les acusa de actividades ilícitas que llevan
hasta la tácita creación de un sindicato clandestino
que impide que los precios bajen. ¿Qué está ocurriendo
en realidad? ¿Serán los intermediarios y los mercados
agropecuarios las próximas víctimas? cnet/27
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