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La bicicleta
y el socialismo (I)
LA HABANA, junio (www.cubanet.org) - La presencia de la bicicleta en Cuba es
muy anterior al castrismo, pero su uso se generalizó bajo este sistema.
Todo empezó cuando al árbol soviético le cayó
carcoma y comenzaron a desprenderse sus ramas por Europa del Este, incluyendo el
desgajamiento del Muro de Berlín.
El subsidio soviético, representado entre otros por el suministro de
petróleo barato que Cuba a su vez reexportaba a altos precios, se cortó
súbitamente. El novillo caribeño era destetado e impedido de
seguir mamando de la exhausta ubre de la vaca soviética.
Así fue como un día, inolvidable para cualquier cubano, se
anunció el comienzo de una etapa de crisis económica generalizada,
a la cual el gobierno bautizaba con el eufemismo de "período
especial en tiempo de paz" para diferenciarla de otras etapas
preconcebidas, cuya peor variante, al decir del castrismo, es la "opción
cero".
Entre las medidas anunciadas para capear la tormenta se anunciaba la compra
de bicicletas a los camaradas chinos, como forma de encarar una posible
paralización de transporte automotor. Se le prometió a cada
trabajador una bicicleta china, y como anhelo futuro, que cada cubano dispusiera
de una, de modo tal que nuestro país se convirtiera en uno de los
primeros en el mundo en el ejercicio del pedaleo.
Al principio se vendían al precio de 130 pesos a través del
sindicato de cada centro laboral, con la opción de pagarla a plazos y una
tarjeta para la compra normada de las piezas de repuesto. Meses después
el silencio de las calles se interrumpía con el paso de una rastra
cargada de bicicletas. Su precio en el mercado negro llegó a rondar los
dos mil pesos.
Una campaña contra los medios de transporte automotor y la exaltación
de la bicicleta era iniciada por el propio gobernante cubano, cuando, luego de
bajarse de uno de los Mercedes Benz que integra su escolta, afirmaba que la
bicicleta había llegado para quedarse, pues en un mundo acechado por la
contaminación era descabellado que cada ciudadano poseyera un automóvil.
Que el mundo del futuro sería el mundo de la bicicleta y que un buen
revolucionario debía andar en ella.
Haciendo suyas estas palabras, el entonces canciller de la nación iba
en dos ruedas desde el municipio Playa hasta la cancillería ubicada en el
Vedado, en cuyo parqueo le esperaba un lujoso automóvil con aire
acondicionado.
Todos los medios de comunicación del régimen, encabezados por
el Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) y el periódico
Granma, desplegaron una "batalla propagandística" con la
presencia, en la pantalla chica, de holandeses, chinos y vietnamitas sentados en
sus bici por las calles de Amsterdam, Pekín y Hanoi.
Los doctores en Medicina que dirigen la Salud Pública y los jefes del
Instituto Nacional de Deportes y Recreación (INDER), exaltaban al
ciclismo como propiciador de un ejercicio que haría del cubano un hombre
saludable, bajo en colesterol y escaso de tejido adiposo.
Los ambientalistas del oficialismo, que siempre eximen al gobierno de culpa
y achacan al cubano la responsabilidad por la contaminación del entorno
natural, afirmaban que Cuba daría un ejemplo al mundo en cuanto a
protección del medio ambiente se refiere, librando a la atmósfera
de residuos de hidrocarburos y favoreciendo a la capa de ozono.
Los periodistas, escritores y artistas de la nación, organizados en
sus respectivos gremios y fieles en su vocación de alabarderos del régimen,
no escatimaban elogios. La figura de la bicicleta se reflejaba, quizás
por vez primera, en nuestras artes visuales, y es posible que algún poeta
le haya dedicado sus versos.
Pero los periodistas, los artistas y los licenciados no dijeron una palabra
sobre la inexorable relación que existe entre el pedal y la cazuela;
entre la rueda y el bodeguero; entre el ciclismo y la carne de puerco.
Pedaleando y mal comiendo el estómago se puso en el espinazo. El
malestar ciudadano subía de tono, potenciado por los interminables
apagones, y todo lo cual desembocó en el "maleconazo" del
tormentoso agosto de 1994.
El régimen, alarmado, tocó entonces a las puertas de la economía
de mercado, implorando algunas gotas de capitalismo como ayuda. Pero sólo
unas gotas, no sea que el remedio fuera peor que la enfermedad. cnet/03
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