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El Caballo
de Mayaguara
PINAR DEL RÍO, junio (www.cubanet.org) - Le decían "El
Caballo de Mayaguara", y llevaba el monte por dentro. Era un hombre en toda
la dimensión de la palabra. Su nombre era Gustavo Castellón.
Cuentan que cuando decidió alzarse contra Batista, al llegar a las lomas
lo pusieron a prueba, y salió airoso. A partir de entonces su nombre se
metió en la leyenda.
Cuando "El Caballo" se enteró que los invasores al mando de
Che Guevara habían llegado a las montañas del Escambray decidió
alzarse con ellos. Lo llevaron ante el argentino. A Guevara le gustaba poner a
los hombres a prueba y "El Caballo" no sería la excepción.
El comandante rebelde le exigió que para ingresar en la tropa tenía
que traerle un arma de combate. "El Caballo" aceptó el reto, y
en horas de la noche de ese mismo día entró al cuartel de la
guardia rural y, mientras la guarnición dormía, se llevó
todos los fusiles de la armería. Llegó a las lomas guiando un
arria de mulos cargada con armas de todo tipo.
Guevara lo aceptó en la tropa. La lección de hombría la
había dado "El Caballo de Mayaguara".
En el mes de enero del año 1959 lo encontraron saboreando el vino de
los vencedores. Entró en La Habana formando parte del ejército
rebelde comandado por Fidel Castro. Dos años más tarde regresa al
monte para retar la muerte. Comienza la llamada "limpia del Escambray".
La "limpia" fue una campaña militar llevada a cabo por el
gobierno de Castro contra grupos de alzados en su contra. El macizo montañoso
del Escambray, en el centro de la Isla, fue el escenario de combate escogido por
los grupos de conjurados.
El don de la metamorfosis es un atributo que la gente del pueblo asigna a
sus héroes favoritos. Dicen que "El Caballo" podía
transformarse en gavilán, perro jíbaro, ruiseñor, y hasta
en aura tiñosa si era necesario. Todo estaba en dependencia de cómo
viniera el peligro y de qué lado.
Lo cierto es que el pueblo se convirtió en dueño y señor
de sus hazañas. Llegaron los tiempos de paz y "El Caballo"
decidió volver a la tierra. Sentía añoranza de sus raíces
pero seguía siendo un rebelde.
Un día tuvo su primer encontronazo inoportuno con la revolución
triunfante. El secretario del partido de los comunistas en la región
donde vivía "El Caballo" le faltó al respeto. Ningún
hombre lo había hecho. Llegó a la oficina del funcionario de una
manera no esperada por nadie. Irrumpió en el local en un vehículo
que conducía por aquellos años, y el estruendo todavía se
recuerda. Bajó del jeep en medio del polvo y los escombros y sentenció
al espantado dirigente:
- Al "Caballo" ningún hombre le falta al respeto. Mucho
menos un oportunista con cargo improvisado.
Por la misma puerta que entró salió con carro y todo. En la
oficina todos quedaron mudos por la sorpresa y el susto.
A partir de ese día, le hicieron la vida imposible al "Caballo
de Mayaguara". Jamás lo dejarían tranquilo. Era un rebelde, y
ya en Cuba para los rebeldes no había causa.
Lo más triste que le puede pasar a un hombre en este mundo es que lo
dejen sin causa. "El Caballo" comenzó a morirse de tristeza, huérfano
de causa. Los que estuvieron cerca de él los últimos días
de su vida no lo olvidan. Cuentan que murió reprochándole al
tiempo haberle puesto tantos años en los huesos. Años para
impedirle su regreso a la loma y a la guerra, su propia guerra. Su lucha sin
perdón contra los desagradecidos de esta Isla. Los mismos que una vez
necesitaron el pecho del "Caballo" para espantar el silbido de la
muerte con las balas. cnet/06
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