Enrique Patterson.
El Nuevo Herald,
enero 30, 2003.
El postcastrismo se nos viene encima y tanto el gobierno como la oposición
lo esperan ''en sus marcas'', con un proyecto continuista el primero, de
transición hacia la democracia el segundo. Como la lluvia, pero sin su
beneficio vivificador, el continuismo viene desde arriba y, con múltiples
variaciones; la transición es empujada desde abajo, esfuerzo en el que el
Proyecto Varela, animado por Oswaldo Payá Sardiñas, es el más
destacado e internacionalmente legitimado.
Los proyectos de la cúpula del poder como los que vienen de la
oposición y la sociedad civil, aunque de naturaleza opuesta, tienen
puntos en común en cuanto a los ''medios''. El gobierno aspira a una
sucesión ''dinástica'' ordenada. La oposición en general,
en la isla y el exilio, a una transición democrática también
ordenada, pacífica. Por eso ambos apelan a reformas de la constitución
vigente.
La entronización de Castro II en la cima del poder trae la separación
de los cargos de secretario general del partido, presidente y primer ministro.
Castro II está sólo interesado en el poder real: el control de las
fuerzas armadas; y, desde el punto de vista del ejercicio del simbolismo del
poder, la secretaría general del Partido Comunista. No hereda el oficio
de performer.
La separación constitucional de los cargos del partido y el estado ya
formaba parte de las tímidas reformas que, en los inicios de la década
de los 90, alentaba Carlos Aldana (un hombre de Castro II) y cuadros
profesionales intermedios del partido. Para Castro I reservaban el papel de
comandante en muela, la secretaría general del partido, creyendo que éste
se conformaría con el rol de héroe discursivo, mientras que Castro
II se quedaba como segundo secretario y al frente del ejército.
De haberse dada aquella reforma, el poder de hecho pasaba a manos de Castro
II. Ya sabemos lo que hizo ''su majestad'' con los intentos de reducirlo al
ejercicio del verbo y a dónde envió a los tímidos
reformadores. Una variante de aquella reforma se reedita ahora vestida de sucesión.
Desaparecido el primogénito, su heredero puede ya asumir el mando tanto
del partido como de las bayonetas.
La transformación de la sucesión en transición democrática
dependerá de en qué medida las fuerzas opositoras y la sociedad
civil le impongan a la cúpula, a partir de una enorme movilización
ciudadana y presión política, un modelo de transición
pactado. El intento de introducir una dinámica de transición
democrática en el seno de la sucesión es el mérito del
Proyecto Varela. El régimen sucesorio no podrá y más bien
decrecerá en legimitimidad política si para sostenerse en el poder
usa las facultades constituyentes que por ley tiene el parlamento cubano a la
vez que, violando la misma ley, desprecia un llamado ciudadano que, en ese
momento en lugar de once mil estará en capacidad de tener cien mil firmas
o más.
El Proyecto Varela surge retando el poder de Castro I, pero su eficacia política
está dirigida hacia adelante, cuando sean necesarias las triquiñuelas
parlamentarias propias de los regímenes totalitarios para ungir al
sucesor. No es un programa político sustantivo, sino instrumental.
Apoyarlo no significa renunciar a una ideología o a un proyecto político,
sino compartir un método para transitar desde la inaceptable legalidad
vigente hacia un régimen democrático.
Los que critican al Proyecto Varela el hecho de que legitima la legalidad
vigente al parecer no perciben que el proyecto no es un fin en sí mismo,
sino potenciador de un proceso hacia ese orden democrático que los críticos
ambicionan. La oposición pacífica, desde el momento en que
descarta el uso de la violencia, no puede hacer otra cosa que crear y
desarrollar espacios políticos desde los cuales confrontar al poder
totalitario desde la ''legalidad'' presente. El realismo y no el delirio es una
condición sine qua non de la política.
Los proponentes del Proyecto Varela tienen sólidas ideas y toda la
entereza moral del mundo, pero el ejército está en la otra parte.
Este camino, de la ley a la ley, resultó existoso lo mismo en la transición
española como en Europa del este; donde no fue así, como en Rumanía,
ya sabemos los resultados.
Uno se pregunta si los críticos de Payá Sardiñas bajan
de la Sierra al frente de un ejército victorioso para imponer sus
condiciones; pero los animadores del PV ni lo tienen ni les interesa. Tratan,
con ellas, de imponer la voluntad ciudadana sobre las componendas de una sucesión
neototalitaria. Supongo que algunos críticos del PV actúan bajo el
celo anticastrista de no querer ''ensuciarse las manos'' pactando con el
enemigo; pero rechazar la posibilidad de obligar al pacto político a los
remanentes del poder totalitario puede lanzar por la borda la credencial de demócrata.
Si se trata de instaurar un régimen democrático, no se le puede
temer al compromiso.
Si en el momento del enroque sucesorio, en lugar de apoyar nos concentramos
en hacer fracasar ese proyecto u otro semejante puede que estemos ayudando a que
el neocastrismo se perpetúe en el poder diez o quince años más.
México acaba de salir del monopolio del PRI, cuidémonos de no
propiciar el nacimiento en Cuba del fenecido sistema mexicano a partir del
maximalismo de café y la intransigencia microfónica.
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