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Ciudad
silenciosa
Rafael Ferro Salas, Grupo Decoro
PINAR DEL RIO, enero (www.cubanet.org) - Las ciudades de Cuba han perdido su
personalidad. Cada una tenía su idiosincrasia propia, pero ahora no es lo
mismo que antes. Los viejos afirman que la ciudad se ha prostituido. La calle
principal de esta ciudad, Pinar del Río, parece una bailarina de cabaret.
Le llega la noche y se maquilla para esconder todo el rencor que se le ha pegado
en la piel el día.
Una algarabía total de carros viejos despide el día. Se van
alejando con tristeza, como llorando con sus motores el esplendor de años
pasados. Son parte de la chatarra sobreviviente de los cincuenta, cuando Cuba
entraba en los umbrales de la guerra civil que cambiaría todo. De golpe
las cosas se pusieron patas arribas, como empujadas por un manotazo de Dios.
Los hombres y mujeres de la ciudad están aprendiendo a odiar con
ella. En todos los odios que la urbe guarda están los rencores de sus años
perdidos. Todos los parques están marcados por el vicio. En cada banco
hay un lugar para los desesperados. Los delatores aguardan en las sombras, están
al acecho de nuevas víctimas.
La ciudad se niega a ser cómplice de los traidores; eso es algo que
uno le tiene que agradecer. A media luz un borracho vomita las penas de sus
recuerdos neblinosos. Los ojos le lloran. Dice en voz baja que extraña a
sus compañeros de barra muertos por cirrosis. Está seguro de que ése
también será su camino.
La miseria va marcando el ritmo de al vida. Una mujer mira con tristeza las
ropas de una vidriera. Le parecen lejanas todas las telas que se exhiben. Hay un
hueco en uno de sus bolsillos casi tan grande como el cielo. Se aleja a paso
cansado hacia lo irremediable.
Al otro lado de la calle, un veterano de guerras foráneas se acaricia
el sitio donde iba la pierna que le falta. Extraña también la
sombra del amigo que no vino entre los vivos, y siente unas ganas enormes de
salir a buscar con su muerto la pelota atrapada en los techos de su infancia.
Una ambulancia pasa veloz con alguien que se le muere adentro. Al centro de
la calle hay fiesta en una casa. Dos mujeres se besan en la boca delante de dos
viejos. Dentro de la ambulancia, el moribundo sonríe pensando en todas
las cosas buenas que tuvo. Le aprieta la mano a al mujer que lo acompaña
en su viaje sin regreso. Después se muere dando un suspiro largo como un
beso.
Quizás en medio de la noche parezca un poeta loco intentando perforar
el silencio. Nadie puede contra el mutismo de una ciudad herida por los rencores
de sus gentes. Las columnas se aprestan a esperar el rocío, y le van
dando al poeta algo de esperanza en su carrera loca por atrapar silencios.
Pero el silencio de la ciudad se va esta noche por los pechos de las dos
muchachas que se besan. Será una noche fría de velorio. Uno se da
cuenta que ése es el verdadero rostro de la vida. Todo puede empezar con
un beso, y terminar en un suspiro dedicado a la cara oculta de la luna.
Todo lleva la misma moraleja. Al fin y al cabo es el destino: para morir
siempre hay más tiempo que para dar un beso.
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