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Las pasadas
votaciones (II Parte y final)
Oscar Mario González, Grupo Decoro
LA HABANA, enero (www.cubanet.org) - Tres razones, pienso yo, llevaron a la
inmensa mayoría del pueblo cubano a participar en las recientes
votaciones del 19 de enero: el miedo, la inercia y la impotencia.
El miedo suele ser desasosiego ante un peligro real, pero también
ante un peligro imaginario. El cubano tiene miedo a ambas cosas. Le teme a la cárcel,
la represión, a la pérdida del trabajo, pero además, tiene
miedo de los fantasmas que habitan las viejas y sombrías mansiones del
castrismo.
Le asusta la sola idea de perder el empleo, le paraliza la posibilidad de
que el hijo no pueda seguir estudiando la carrera universitaria y le aterra la
probable negación de la tarjeta blanca que le impida volar desde la jaula
hacia otros cielos promisorios.
Al cuentapropista le llena de miedo el posible ensañamiento de los
inspectores o del agente policial, acosándolo con exigencias, que aún
siendo legales, resultan imposibles de cumplir, pues de hacerlo, daría al
traste con su modesto negocio.
Algo similar ocurre con la jinetera, siempre objeto de agasajos y
distinciones por parte del vecindario y del Comité de Defensa debido a su
solvencia económica, a la cual se le pone la carne de gallina de sólo
imaginar una posible enemistad con las autoridades.
También el delincuente de la cuadra se llena de pavor cuando piensa
que la inasistencia a las votaciones acabaría con la tolerancia de la
policía y el Comité, que siempre le apañan con aquello de
que a pesar de sus locuras es un compañero revolucionario necesitado de
ayuda y comprensión.
Otros miedos anidan en la mente, agitando a los duendes del pensamiento. Se
piensa en el rumor sobre ciertos aparaticos con forma de cangrejo, hechos con
tecnología china de punta, ideados por los científicos de ese país
asiático, capaces de ver lo que el ciudadano pone en cada boleta y hasta
de penetrar con sus rayos láser en el interior del cuerpo humano,
pudiendo determinar, si fuera necesario, lo que Ud. comió en el desayuno
o el estado de salud de sus riñones.
Se dice que se dice sobre la aplicación de métodos infalibles
traídos a la Isla por encargo del gobierno a la antigua KGB soviética,
capaces de identificar las huellas digitales sobre la boleta, sin que Ud. tenga
siquiera que tocar el papel.
Alguien comenta que algunos comentan que para cada colegio electoral se
designa a una especie única de hombres-perros, capaces de descifrar el
pensamiento humano con sólo mirar a la cara de uno. Mi amiga Clotilde me
dijo que a ella le parece haber visto a uno de ellos cuando fue a votar. Dice
que era blanco como un papel. Casi albino. Con cosas en la cara que no eran
pecas ni lunares, sino como pequeños puntos negros, semejantes a
mierditas de mosca sobre la superficie de un tubo de luz fría.
Presente está también la inercia que hace al cubano seguir la
monotonía de la cotidianidad. A moverse impulsado por la rutina de
siempre. Como el péndulo que va y viene sin parar o el gallo que canta
sin importarle si su canto interrumpe el descanso del guajiro o le convoca a la
jornada de trabajo. Así pues, muchos cubanos no establecen diferenciación
entre asistir a las urnas, participar en una marcha del pueblo combatiente o
hacer presencia en una tribuna abierta. Para ellos cada evento es parte de lo
mismo, algo así como diferentes tonos de una misma pieza musical.
Tal vez lo peor sea ese sentimiento de impotencia que muy intencionadamente
ha inyectado el régimen en las venas del ciudadano. Esa terrible
enfermedad del espíritu humano que mata todo esfuerzo y adormece las
voluntades, sumiendo al hombre en una combinación alucinante de fatalismo
y resignación. La persistencia del mal y la obligada convivencia con el
mismo hace que se le deteste, pero que a su vez se le considere invencible. En
ese caso todo esfuerzo personal parece inútil ante el inmenso poder de la
maldad, aunque afortunadamente, las filas de esta legión de compatriotas
cada día se ven menos nutridas.
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