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Costa brava
Rafael Ferro Salas, Grupo Decoro
PINAR DEL RÍO, enero (www.cubanet.org) - Llegó el carro de la
policía. Se estacionó a la orilla de la playa. Dos uniformados
bajaron del vehículo y caminaron hacia donde estaba el grupo de personas.
Esa mañana habían aparecido en la arena tres cadáveres.
La marea los había devuelto a la orilla. Eran tres balseros. Al rato de
estar los policías allí con los curiosos, salió del carro
patrullero un hombre con una bata blanca. Los policías dijeron que era el
médico forense.
El médico revisó los cuerpos. Después se retiró
hacia el auto. Ya sentado dentro del carro, empezó a escribir algo en una
hoja de papel de color amarillo.
Corría un aire frío en la playa. Un rato después de
retirar la policía los cuerpos de los ahogados de la orilla, se fueron
yendo las gentes. En una pequeña colina que había cerca de las
uvas caletas estaba sentado un viejo. Miraba al mar y hablaba solo, ya no había
nadie en la playa. Terminó su monólogo y empezó a llorar.
Allí estuvo hasta que comenzó a oscurecer.
Cuando cayó definitivamente la noche sobre el pueblo, el viejo que
había estado llorando en la playa bebía en la barra. Yo me le
acerqué a pedirle fuego para mi cigarrillo. Entonces me dijo:
- Uno de los ahogados era mi nieto. Era la tercera vez que intentaba cruzar
el mar para llegar a Florida. Yo no tendrá otra oportunidad, ahora está
muerto.
Encendí el cigarrillo. No dije nada. Cuando me disponía a
regresar a mi mesa, el viejo habló otra vez:
- ¿Quién va a pagar un día por tanta gente ahogada en ese
mar, amigo?
Tampoco le respondí nada al pobre hombre. Su pregunta llevaba una
respuesta bien difícil. Volví a mi mesa y terminé mi trago
tranquilo. Me hubiera gustado mucho tener una respuesta para la pregunta que me
hizo el viejo.
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