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Las pasadas
votaciones (I Parte)
Oscar Mario González, Grupo Decoro
LA HABANA, enero (www.cubanet.org) - La mañana del 19 de enero fue,
hasta entonces, la más fría del presente invierno. Con idéntica
frialdad, fueron los cubanos a depositar su voto en las urnas electorales.
Por más que se empeñen las autoridades cubanas en adjudicarle
a estos eventos el nombre de elecciones, la falta de correspondencia entra la
expresión y el concepto, hace imposible el empleo de tal apelativo.
Es evidente que en esta actividad el ciudadano no realiza ninguna acción
electiva. Tampoco se produce selección alguna, pues en ella todo ha sido
previamente elegido y seleccionado. ¿Por quiénes? Por esos
hechiceros y adivinos de una nigromancia que se adjudican el don de interpretar
el pasado, el presente y el futuro de la Patria, gracias a la revelación
hecha por los espíritus del panteón marxista. Por esos duendes de
la clarividencia que deciden el qué, cómo, dónde y cuándo
de cada ciudadano.
Pero además no puede adjudicársele el nombre de elecciones
porque éstas son tales en tanto constituyen ventanas de esperanzas,
anhelos y propósitos. Si tales sentimientos y búsquedas no
existen, tampoco existirán elecciones y, si el hombre accede a ellas lo
hará movido por la obligación, el miedo o algún interés
personal ajeno al bien común.
Durante décadas el cubano ha sido convocado por el gobierno para
participar en las mismas votaciones, con las mismas candidaturas y bajo la idéntica
consigna de salvar a la patria con el voto. Al frente de la convocatoria el
mismo arriero. Detrás, nuevas cabalgaduras que han visto morir a las
viejas y siempre tras el mismo arriero, cabalgando sobre idénticas
praderas de pastos empobrecidos por la ausencia de lluvia y de sol. Es como si
el poder político erigido en divinidad, le hubiese otorgado al pueblo un
designio salvífico. Es así como ese pueblo lleva años y años
salvando a la patria mediante una parodia revestida de proceso electoral.
Para hacer posible lo imposible de creer, para presentar al barro como fino
metal, el inmenso aparato propagandístico del régimen y sus
servidores son pródigos en elogios y alabanzas, adjudicándole a
estas votaciones todos los adjetivos y atributos de los cuales carece. Se quiere
presentar a la mujer de vida disipada y licenciosa con adornos de decencia y
virtud doméstica.
Se dice que son las elecciones más ordenadas, limpias, justas y
democráticas. Se repite insistentemente que son únicas e
incomparables. Los que trafican con la pluma y la palabra dicen que el proceso
es único en el mundo, y que supera en transparencia al de cualquier otro
lugar.
Por supuesto que el proceso electoral vigente en nuestro país no
admite comparaciones con ningún otro, aunque nada tiene de original.
Es el mismo que empleaban los ex países socialistas de Europa
Oriental que en el difunto imperio soviético fue realidad por algo más
de 70 años y que para desdicha nuestra está presente en Cuba hace
bastante tiempo.
Entre los 609 candidatos (ni uno de más ni uno de menos) a diputados
a la Asamblea Nacional y los 1,199 candidatos a delegados a las asambleas
provinciales, nunca habrá competencia porque todos se saben elegidos de
antemano. Tampoco las urnas requieren custodia alguna y si en ellas se utiliza a
los pioneros, es para revestir la falsedad con la sana inocencia del niño.
Sería innecesaria y absurda la presencia de jueces y autoridades en la
carrera donde sólo compite un atleta.
En cuanto a la justicia se refiere, los regímenes totalitarios tienen
un concepto muy peculiar de ella. Estiman como justo todo aquello que enaltece y
afiance al dominio del caudillo cuya persona identifican con la patria, la
revolución y la ideología, y un profundo desprecio a todo lo que
lo niegue. Patria, revolución e ideología fue el espectro que
acompañó durante más de una década al pueblo alemán
durante el Nacionalsocialismo, al imperio soviético por más de
siete décadas y a la realidad cubana por más de 40 años. Es
una trinidad que nada tiene de santísima y sí mucho de diabólica.
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