CUBANET .INDEPENDIENTE

24 de enero, 2003

La incógnita sospechada

Manuel Vázquez Portal, Grupo Decoro

LA HABANA, enero (www.cubanet.org) - La tiranía mediática establecida en Cuba por la tiranía política impide a grandes sectores de la ciudadanía acceder a la información de los hechos que puedan contrastar con la línea general de gobierno. Así, el Proyecto Varela y su resonancia internacional han sido escamotados al público cubano en el más impúdico asalto al derecho a saber que tiene todo ciudadano. Pero a pesar de los infructuosos esfuerzos de la oficialidad por mantener en el anonimato la realidad política actual, el Proyecto Varela se ha erigido como una posibilidad y una alternativa cierta dentro de la población.

La situación económica de mi país es angustiosa. Bastaría con referir un Producto Interno Bruto insuficiente, la falta de créditos por parte de los organismos financieros internacionales, así como la inmensa deuda externa contraída en las últimas décadas, para darse cuenta del estado ruinoso en que se halla el cubano de hoy por hoy.

Más de cuatro décadas de economía centralizada, planes de desarrollo importados y caprichosos, más el distanciamiento, por razones políticas, de los centros comerciales y financieros que hubieran podido colaborar, han sedimentado sobre la nación el calamitoso resultado económico actual.

El sacrificio indiscriminado de la economía en función de los intereses políticos ha sido el catalizador esencial para el deterioro que hoy padecemos, y del cual únicamente saldríamos produciendo grandes cambios en el campo de la política.

Pero si angustiosa es la situación económica, más tormentosa es la realidad social. El cubano actual, hijo de un adoctrinamiento alelante y de una política rígida e intolerante que lo ha conducido a una total invalidez electiva, carece del más mínimo sentido del papel que, como agente activo, le corresponde dentro de la sociedad para producir cambios. Obligado a creer en un líder todopoderoso para resolver sus problemas sociales, olvida su importancia dentro de los procesos históricos y espera pasivamente la aparición de un nuevo Mesías.

No cree, agobiado por el peso de la realidad, en el proyecto quimérico, virtual y obsoleto que propone el partido en el poder, pero, inconcientemente, colabora con él con su inercia social, al tiempo que no se afilia, en plenitud de conciencia, a proyectos alternativos.

De ese modo la sociedad cubana se desmorona, progresiva y aceleradamente, en un fluir vegetativo e improductivo, sin otra intención que la evasión -por medio de la emigración- o la sobrevivencia -por medio de la economía subterránea y el mercado negro- mientras se agudiza su estado de pobreza espiritual y material que lo va sumiendo en una indiferencia cada vez más ostensible.

Mas si angustiosa es la situación económica y tormentosa la situación social, más desconsoladora es la realidad política. Las cuatro fuerzas públicas que, a mi modo de ver, podrían impulsar y provocar la transición hacia una sociedad más abierta se desgastan en la división y la falta de programas eficaces.

La supuesta fuerza reformadora que dentro de la cúpula de poder pudiera dar al traste con el estado actual no parece dar señales de existencia; la disidencia interna -me refiero a la radicalizada, notoria y pública- además de carecer de espacios legales para interactuar con la población, se ve dividida en proyectos, la mayor parte de ellos insustanciosos, inoperantes e ineficientes; la disidencia soterrada -aquí me refiero al pueblo inconforme- hace sólo una especie de oposición amoral que se disuelve en la improductividad laboral, la negligencia social, el robo constante al estado y una densa abulia política; el exilio, con más libertades financieras y democráticas por encontrarse fuera del alcance de las fuerzas represivas internas, se contenta con un apoyo, muchas veces más espiritual que logístico, a las fuerzas opositoras internas, un cabildeo más o menos exitoso a nivel internacional y un activo programa de teorizaciones y divulgación sobre la realidad cubana.

Ante este panorama, que pudiera parecer aterrador o pesimista, el más común de los seres se preguntaría: ¿dónde está la fuerza real, orgánica, efectiva que conducirá hacia el cambio? ¿Será cierto que habrá que esperar por la muerte del Máximo? Muchos de los iniciados, no así la gran masa popular desinformada y manipulada por la tiranía mediática, han cifrado sus esperanzas en el Proyecto Varela que encabeza Oswaldo Paya Sardiñas. Y no es para menos, ni muy descabellado.

El Proyecto Varela no es una casualidad coyuntural que ha alcanzado resonancia internacional de última hora y ciertas simpatías dentro de la nación. Como tampoco es el hijo exclusivo de un líder preclaro que por elección mística diera con las claves del enigma político cubano.

Para que Oswaldo Payá Sardiñas se erigiera en la actualidad como líder indiscutible de la oposición cubana, fue necesario el corolario de líderes anteriores que pagaron con sus vidas y su libertad el desarrollo de una conciencia opositora en Cuba.

Respaldando la gestión democrática y civilizadora que hoy impulsa Payá Sardiñas está la muerte de cientos de opositores -beligerantes y pacíficos- que se han producido a lo largo de la permanencia castrista en el poder. Cimentando la lucha actual de Payá Sardiñas está el encarcelamiento injusto y brutal de cientos de opositores por parte del régimen aún imperante en la nación.

¿Hubiera sido posible la aparición de Payá Sardiñas sin la existencia anterior de Huber Matos, de Mario Chanes de Armas, de Sebastían Arcos Bergnes, de Ricardo Bofill, de Pedro Luis Boitel, de Jesús Yanes Pelletier, de Heberto Padilla, Tania Díaz Castro y otros que harían interminable la relación?

¿Hubiera sido posible la aparición del Proyecto Varela sin la anterior aparición de la Comisión de Derechos Humanos en Cuba, del movimiento Criterio Alternativo, de la prensa independiente, de Concilio Cubano, del documento La Patria es de Todos, y de decenas de proyectos más que han marcado la historia de la oposición cubana a favor de la democracia, el desarrollo económico, la civilidad y el respeto de los derechos humanos?

Sería tonto pensarlo. Olvidar a nuestros muertos, nuestros encarcelados, nuestros desterrados sería traicionar la tradición donde se sustenta la lucha actual. El Proyecto Varela es resultado de la trayectoria política de un largo, penoso e incesante movimiento opositor. En él se afianza el legado histórico de la disidencia cubana.

Cuando el Santo Padre, Collin Powell, José María Aznar o Vicente Fox reciben a Oswaldo Payá Sardiñas, están recibiendo la síntesis del movimiento opositor cubano, tantísimos años privado de resonancia internacional ante el deslumbramiento que un líder carismático produjo en el ámbito mundial y que ha debido sufrir un largo período de desmoralización y desenmascaramiento para dar algo de espacio a sus opositores.

Así, pienso yo, ha de verse el Proyecto Varela y la figura de Payá Sardiñas. No se está creando un nuevo dictador, un nuevo sátrapa, un nuevo gobernador general con poderes omnímodos. Se está fraguando el resurgimiento de una sociedad democrática capaz de elegir, periódicamente, un gobierno apto para el desarrollo económico, social y político de la nación. No es ésta una batalla o una competición por el peldaño más alto. Es, más bien, la lucha para que cada ciudadano tenga derecho al escalón que le corresponde dentro de la sociedad. No tendrá Cuba que padecer otro medio siglo para librarse de Payá Sardiñas entonces, como ha ocurrido con el señor Castro, sino que una nueva Constitución -sin prerrogativas de irrevocabilidad que privilegien tendencia política o doctrina alguna- se establezca en la nación.

Sin embargo, la pregunta latente, la incógnita sospechada, ante la actual notoriedad que, a nivel internacional, han adquirido el Proyecto Varela y Payá Sardiñas como su representante, es la siguiente: ¿Negociará Fidel Castro con la oposición o será necesario que el Proyecto Varela devenga movimiento de confrontación -auque pacífica- que sume a la población y concluya con e derrocamiento del actual sistema, a un costo social y humano imprevisible, o habrá que conformarse con la paciente teoría de la desaparición biológica?

Esta es la realidad concreta, inevitable, punzante. Depongamos, por un instante, los sueños, las aspiraciones. Recordemos objetivamente algunos detalles. ¿No pidió el Santo Padre, en 1998, que "el mundo se abriera a Cuba y Cuba se abriera al mundo?" ¿Qué ha sucedido? ¿No le han pedido José María Aznar y Vicente Fox a Fidel Castro que introdujera algunos cambios en su sistema? ¿Qué ha sucedido? ¿No ha sancionado la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas en varias ocasiones a Cuba por la violación de los mismos? ¿Qué ha sucedido? ¿No se han esforzado las Cumbres Iberoamericanas porque se produzcan cambios en Cuba? ¿Qué ha sucedido? ¿No ha gestionado, a nivel diplomático, la Unión Europea la posibilidad de reajustes en el sistema cubano? ¿Qué ha ocurrido?

Esta es la realidad concreta, inevitable, punzante. Lo demás es puro y simple onanismo afiebrado y surrealista. Fidel Castro no recibirá a Oswaldo Payá Sardiñas. Fidel Castro no negociará con la oposición. Y no se trata de desesperanza ni escepticismo, sino de lo cognocible que se torna Fidel Castro en cuanto a la defensa, obtusa y testaruda, de su poder absoluto, adquirido por medio de la violencia y entronizado por medio de la represión.

El Proyecto Varela es, a todas luces, en este momento, un punto de partida que abre grandes esperanzas. Quizás la vía inexcusable, y más expedita para evitar lo que ocurriría en caso de muerte súbita -aunque más que esperada y hasta soñada- del actual mandatario. A Fidel Castro hay que derrotarlo o esperar por su desaparición natural. Si por intereses mezquinos o por arribismo político, si por oportunismo malsano o antagonismo sectario se malograra, se estaría dilapidando, traicionando un legado de más de cuarenta años de oposición.

Fidel castro no recibirá a Oswaldo Paya pero el pueblo cubano debía recibirlo preparado, dispuesto para la Gran Marcha por la sal.


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