CUBANET .INDEPENDIENTE

10 de enero, 2003

La responsabilidad civil del intelectual (I)

Jorge Alberto Aguiar Díaz, Grupo Decoro

LA HABANA, enero (www.cubanet.org) - Se ha dicho que los intelectuales, al menos una gran parte de ellos, miran con escepticismo el futuro. Tal vez tengan razón porque el discurso de la mayoría de los políticos suele ser demagógico.

¿Hasta dónde la libertad de prensa en una democracia se ve afectada por intereses capitalistas? ¿El liberalismo económico contradice el fundamento político de la democracia? ¿Cómo poner fin a la corrupción, al narcotráfico y al terrorismo? ¿Un gobierno nacionalista puede ser verdaderamente democrático? ¿Hacia dónde marcha la sociedad de consumo?

Los intelectuales desconfían de las respuestas fáciles y simplistas que muchas veces los políticos suelen dar a preguntas que indagan sobre pérdida de valores morales en una democracia.

Después de tantas utopías que terminaron en campos de concentración, totalitarismo, falsas democracias basadas en el consenso, sociedades desarrollistas que arruinaron el ecosistema del planeta, ¿qué podemos esperar del futuro?

Tal vez entonces sea comprensible "la sospecha de los intelectuales". Sospecha que se fundamenta en una gran incertidumbre por el porvenir y en un ajuste de cuentas con el pasado; es decir, con el proyecto de la Modernidad de querer construir una sociedad más justa.

Sin embargo, nada de lo anterior justifica -ni hace comprensible- "la actitud de los intelectuales".

Es cierto que el intelectual no es un hombre de acción, pero ¿dónde están sus opiniones, sus criterios, sus ideas? Es decir, dónde que no sea en las academias y salones.

¿Desconfiar del futuro significa darle la espalda a un presente lleno de injusticias sociales, confusión de valores y violaciones masivas de los derechos humanos?

En el caso cubano el silencio de sus intelectuales se traduce en una complicidad de doble moral, de oportunismo y miedo con un régimen antimoderno que los humilla y persigue cuando se apartan de la ideología oficial.

La desconfianza por el futuro político de Cuba que sienten los intelectuales dentro de la isla se ha convertido en la coartada perfecta para no participar en la vida pública del país.

Es cierto que dentro de la intelectualidad cubana existen zonas de resistencia. Incluso en muchas instituciones la ideología oficial no logra cohesionarse porque muchos intelectuales la cuestionan, subvierten sus presupuestos, siempre desde un cinismo o una ironía que les permite burlar y transgredir la prédica nacionalista y el discurso político del Partido Comunista.

Es una manera inteligente y astuta de resistir porque de esta forma no pierde un posible viaje al extranjero, un empleo, la esperanza de conseguir una vivienda, o la seguridad de no ser interrogado por sus opiniones.

El Ministerio de Cultura no confía en muchos artistas que son potencialmente disidentes, o que nunca van a acatar determinadas normas o directrices. Un ejemplo elocuente fue la delegación cubana que asistió a la Feria del Libro de Guadalajara. ¿Por qué no fueron invitados algunos poetas y escritores con una obra importante y reconocida? Obviamente, sobre estos "intelectuales de la resistencia", el Ministerio de Cultura y el gobierno cubano tienen poco control ideológico; no resulta fácil su manipulación para los intereses propagandísticos de la política oficial.

Sin embargo, no se trata de resaltar este fenómeno de la resistencia más o menos solapada, que es y será siempre útil, sino que, tal vez, sea el momento de preguntarnos: ¿cuándo van a opinar abiertamente los intelectuales en Cuba, o durante un viaje al extranjero, sobre asuntos que conciernen, no al incierto destino político del país, sino al miserable y sin futuro presente?

Si los intelectuales de la isla no quieren hablar u opinar de política ¿por qué no hablan u opinan sobre derechos humanos? Por ejemplo, ¿por qué no han exigido que se publique el Proyecto Varela, aunque no lo firmen? ¿Por qué no apoyan la necesidad de una prensa independiente, aunque no participen en ella?

Los intelectuales cubanos muchas veces se hablan a sí mismos y no quieren escuchar.

¿Qué sentido tiene preocuparse filosóficamente por el papel del sujeto en la historia moderna o en el porvenir, y no opinar sobre la pérdida de libertades individuales en el presente, en una sociedad donde la educación es gratuita pero condicionada, donde el problema racial está latente, y donde existe homofobia, machismo, apartheid económico, explotación de millones de obreros sin derechos sindicales, persecución y represión violenta de disidentes y opositores, y muchos asuntos sobre los cuales la intelectualidad guarda silencio?

No asumir un compromiso político puede ser tan comprensible como sospechar de un futuro incierto, pero ello no justifica la renuncia de la responsabilidad civil.

La complicidad a través del silencio ha sido, a lo largo de la historia, uno de los métodos más eficaces de cualquier tiranía.

Deberíamos recordar lo que dice un personaje de la novela Respiración Artificial, de Ricardo Piglia: "Las palabras preparan el camino, son precursoras de los actos venideros, la chispa de los incendios futuros".


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