CUBANET .INDEPENDIENTE

28 de abril, 2003

OLA REPRESIVA

Testimonio de Yolanda Huerga Cedeño, esposa del poeta, escritor y periodista independiente Manuel Vázquez Portal

LA HABANA, abril (cubanet.org) - Cuando el 19 de marzo de 2003, entre las 5:30 y 5:45 de la tarde abrí la puerta de mi casa a la policía política, supe que mi familia iba a ser cercenada y mi hijito de 9 años condenado a sufrir vejaciones.

Esa tarde será inolvidable para nosotros, y sobre todo para nuestro hijo. Mi esposo, Manuel Vázquez Portal, y yo estábamos en el cuarto conversando cuando llamaron a la puerta. No fueron toques fuertes, más bien mesurados, lo que se contradice con el despliegue policiaco que hicieron al llegar al edificio los agentes de la Seguridad del Estado, según me contaron los vecinos. Muchos de ellos me comentaron que parecía que iban a capturar a Bin Laden: tres carros, dos motos. Catorce hombres subieron a mi apartamento con cámaras fotográficas, de video y otros artefactos propios e impropios de lo que se proponían realizar, todos vestidos de civil.

El responsable del "operativo" me metió un papel por los ojos y terminó de empujar la puerta que yo sólo había abierto a medias. Me siguieron hasta el cuarto donde estaba Manuel y le mostraron la orden de registro.

A partir de ese momento se dividieron en cuatro bandos, uno con Manuel en la habitación donde escribía, otro conmigo en el otro dormitorio, un grupo estaba en la sala con el jefe, quien se sentó a nuestra mesa a recopilar las "evidencias" y un último bando que entraba y salía de la casa sin cesar. Abajo había otro grupo más, en los alrededores del edificio, pero entonces yo no lo sabía.

El niño estaba en ese momento en casa de un vecino y le pedí al "jefe" que me permitiera salir a decirle a éste que retuviera lo más posible al niño para que no estuviera presente en nuestra casa durante el registro. Ellos accedieron, recalcando que no eran monstruos y que no deseaban hacer daño a un niño. Me dejaron salir sin el carnet de identidad y así pude avisar a alguien quien se encargó de divulgar la noticia.

Revisaban minuciosamente, con verdadera habilidad, mueble por mueble, gaveta por gaveta; hojeaban los libros, escudriñaban entre la ropa, leían los papeles, miraban las fotografías y hasta opinaron sobre la fotografía de la cubierta del libro de Alexis Díaz Pimienta "Prisionero del agua".

Nuestro hijo llegó por fin al cabo de cuatro horas, pues el vecino no pudo entretenerlo más tiempo. El niño miraba con ojos aterrorizados lo que estaba pasando en su casa, no entendía y preguntaba qué hacían esos hombres. Manuel y yo tratábamos de consolarlo y de darle alguna explicación. Se acurrucó en los brazos de su padre temblando como una hoja. Cuando vio los pasaportes le preguntó a Manuel "Papá, ¿y eso?" Y éste le respondió: "Esos son los pasaportes que ya no podremos usar".

Alrededor de las 10 de la noche terminaron de husmear en nuestro hogar y se llevaron a Manuel. Al despedirse el niño le preguntó dónde iba. "Voy a dar una vuelta con estos señores, cuida mucho a mamá y pórtate bien que volveré". Ya se iba con su bolsa de aseo para que supiéramos que sería un largo paseo. Días después mi hijo me decía: "Definitivamente debí irme con mi papá que volviera más rápido".

Yo me quedé desgarrada, pero no lloré. Estaba como aturdida, como si hubiera perdido la capacidad de razonar. Todavía no era el tiempo de pensar en nuestros sueños rotos, en mi hombre preso en una celda, en la mirada triste del niño. No era el tiempo de saber, como el poeta, que "a este tiempo llamarán antiguo", y que un día no muy lejano podremos estar de nuevo unidos los tres jugando a la dama en peligro y mi hijo me rescata montado en la espalda de su padre. Sé que Dios nos juntará nuevamente, pero entretanto debemos transitar un camino que dejará cicatrices profundas en nuestras vidas.

Unos buenos amigos vinieron a mi casa esa noche, trataron de consolarme y luego me dejaron con mi niño dormido entre los brazos.

Al otro día comenzábamos, la hermana de Manuel y yo, el peregrinaje de un lado a otro, que hace un mes iniciamos las esposas y familiares de los opositores y periodistas independientes presos.

Primero Villa Marista, la sede de la policía política en La Habana, donde no permiten pararse ni en la acerca de enfrente, te revisan la cartera antes de entrar al edificio. Luego por alguna razón que desconocemos, ya dentro del local, nos pasaron un aparatico por el cuerpo, supongo un detector de metales. Luego nos atendió un oficial, quien nos dijo que mi esposo estaba sujeto a proceso de instrucción y a lo mejor para el próximo miércoles (en una semana) veríamos al instructor. Esto no sucedió hasta después de celebrarse el juicio en que Manuel fue sentenciado a 18 años de prisión.

Durante cuatro miércoles hemos esperado 2 ó 3 horas en la antesala de la Seguridad del Estado, los 10 minutos que nos concedería, según su estado de ánimo, el oficial encargado de atendernos. La primera visita fue de sólo 5 minutos a pesar de explicarles que al otro día debíamos dar respuesta, Manuel y yo de si se le realizaba a nuestro hijo una operación quirúrgica muy delicada.

El viernes 28 de abril nos citaron a Villa Marista. Allí, después del mediodía, nos atendió, a mis cuñadas y a mí, un coronel que no se presentó, pero nos dijo que debíamos nombrar un abogado, pues Manuel sería encausado. Al indagar sobre el delito me respondió: "será juzgado por la Ley 88". Yo insistí "¿pero qué artículos" "No se preocupe, ya se lo dirá el abogado", ripostó.

Durante el fin de semana, correteamos La Habana, mi cuñada Xiomara y yo y, por fin, el lunes 31 pudimos hacer el contrato con la abogada Amelia Rodríguez, del bufete colectivo de Carlos III. Al otro día, martes 1 de abril, por la tarde me llamó Xiomara a mi casa en Alamar para decirme que la abogada había sufrido, de pronto, una hipertensión arterial y había renunciado al caso.

Desesperada, busqué un teléfono para llamar a alguien que me orientara, fui a ver a una vecina y se negó rotundamente a prestarme el teléfono. Tenía miedo.

El miércoles 2 el bufete colectivo pasó el caso a otro abogado, Antonio Lorenzo Hernández, quien, según él mismo nos manifestó, atendía asuntos laborales, y a las 5 de la tarde de ese día nos encontramos con el futuro defensor de mi esposo.

Le pregunté al abogado si él podría ver el jueves a Manuel, pues ya sabíamos que el juicio sería el viernes 4. Me respondió que no, pues tenía otra vista, pero que seguramente lo vería momentos antes del juicio. Así mismo fue, momentos antes del comienzo de la vista, pudo presentarse a Manuel.

Así llegamos al 4 de abril de 2003, fecha en que Manuel y otros tres acusados fueron juzgados.

Ese día Xiomara y yo nos levantamos muy temprano y alrededor de las 6:30 A.M. llegamos al tribunal de 100 y 33, donde se celebraría la vista.

En la calle de entrada al edificio había un carro patrullero. Nosotras cogimos por la acerca de enfrente y, encomendándonos sólo a Dios, entramos hasta el portal del Tribunal. Ya había, a esa hora, muchos hombres vestidos de civil pero con walkie-talkies. Después fueron llegando más policías, oficiales del MININT y algunos que supuse serían agentes de la Seguridad. También llegó un teniente coronel, que me pareció que era el que daba las órdenes afuera. Desde donde estábamos sentadas se veía, en el paseo de la calle 100, a un grupo de personas que supongo era el resto de los familiares de los acusados.

Recuerdo que uno de los oficiales le preguntó a otro quiénes éramos nosotras y el aludido respondió bajando la voz: "familiares" Me dio la impresión de que no estábamos en el lugar adecuado.

Sentadas desde nuestro banco en el pórtico del Tribunal, vimos traer a los prisioneros, cada uno en un carro de policía custodiado por dos guardias y el chófer. Venían esposados como criminales de alta peligrosidad. Desde allí pude enviar un beso a Manuel que me respondió con una sonrisa.

El juicio debía comenzar a las 8:30 A.M. pero debido a que los abogados llegaron atrasados (¡estos camellos!) empezó mucho más tarde. A la sala donde se celebró, nos entraron primero a los familiares, madres, esposas, hijos, hermanas y hermanos y después llegaron unos grupos de personas que no conocíamos y se llenaron los bancos. Yo me alarmé porque sabía que otras dos hermanas de Manuel venían en camino desde Morón para presenciar el juicio y salí a decirle al acomodador de las personas de la sala que faltaban dos familiares de mi esposo. Primero interpelé a un joven alto con walkie-talkie, me miró con cara de pocos amigos y me preguntó: "¿Pero ellas están en la lista?" Yo me sorprendí y le pregunté a mi vez: "¿Qué lista?" Entonces no me respondió y me indicó: "Vaya a ver a ese compañero". Es decir, al acomodador. Fui diligente a éste y le expliqué lo que quería y me tranquilizó diciéndome que no habría problemas con mis cuñadas. Así fue.

Con la entrada de los abogados comenzó el juicio.

En el caso particular de Manuel, yo salí esperanzadísima del juicio, me sentía orgullosa por su valentía y firmeza, pues no se dejó amedrentar por el fiscal. El instructor, teniente coronel Roberto, al igual que el fiscal dijo que eran apátridas, serviles, etc., pero a mi modo de ver no parecía que tuviera tantas "evidencias", porque hasta el agente Miguel (cría cuervos que te sacarán los Orrios) no había podido aportar mucho. Eso era lo que pensaba yo, 40 años oyendo hablar de justicia me dieron esa falsa esperanza allá en el fondo de mi subconsciente.

Me quedé de una pieza cuando tres días más tarde en el Tribunal Provincial, después de una larga espera, me entregaron la sentencia de 18 años de prisión para Manuel.

Todo este tiempo hemos vivido en un marasmo de gestiones infructuosas. Nosotras, las esposas, nos juntamos como ovejas para hablar de nuestros maridos, andamos en pequeños grupos para defendernos del terror, dudamos de todo y de todos pero una fuerza más poderosa que nosotros mismas nos empuja y nos alienta a seguir adelante, a pesar del miedo; una fuerza que no pueden encarcelar: el amor. Pasamos largas horas esperando en la recepción de Villa Marista, largas horas en los bufetes, en el tribunal, y horas también largas consolándonos unas a otras, asegurándonos que sucederá un milagro y pronto estaremos de nuevo abrazando a nuestros esposos, contándole que fue también la nuestra una horrible pesadilla y ya abrigadas por sus brazos de hombres grandes aliviar tanto dolor y rabia.

Unos días después de la detención de su padre, el niño se echó a llorar de repente, lo calmé como pude y le dije: "¿Qué es lo que te dijo siempre mamá de papá? ¿Por qué debes estar orgulloso? Y él me contestó con la voz quebrada y muy bajito, bajito me dijo: "Porque es un héroe".

Había llegado el momento que tanto temí a lo largo de 9 años.

Después que Manuel dejó la prensa oficial y comenzó a desempeñarse como periodista independiente yo vivía en una continua zozobra. Cada vez que tocaban a la puerta, pensaba que serían agentes de la Seguridad para amenazarlo con la cárcel; si Manuel demoraba algo más de lo acostumbrado para regresar a casa, yo sufría.

Cuando, por las mañanas, marchaba a hacer su trabajo, lo despedía con un beso y lo seguía con la vista pensando que mis ojos podrían protegerlo y defenderlo de los que lo acechaban.

Pero lo más doloroso era la contradicción en la formación del niño. Por un lado la escuela, donde como a todos lo atosigaban con consignas políticas que, afortunadamente, no entienden a derechas. Por otro lado, su padre luchando con la palabra escrita para mejor la sociedad en que vivimos.

La maestra del niño me contó que algunas maestras habían expresado la duda de si el niño estaba imbuido de las ideas de su padre, lo cual ella negó. Me alegro por esa maestra comunista que me lo protegió lo que pudo contra la perfidia de otros.

Otra vez, un vecino le dijo a mi niñito: tu papá escribe contra Cuba. Gabriel no quería bajar a jugar, estaba apenado. Yo le dije: "Tu papá no escribe contra Cuba, escribe contra el gobierno de Fidel Castro, díselo así". Y mi hijo me respondió: "Mamá, decir eso es peor". Esto nunca se lo conté a Manuel.

Ante mis continuos ruegos, Manuel decidió solicitar refugio político en los E.U., el cual le fue concedido el 24 de octubre de 2000, pero el 28 de noviembre de ese mismo año nos llegó a nuestro hijo y a mí el permiso de salida de Cuba, no así el de Manuel, que le fue retenido hasta el 18 de octubre de 2002 cuando los vuelos de refugiados estaban suspendidos. Así, esperando, nos sorprendió este golpe esa tarde del 19 de marzo de 2003.


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