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OLA REPRESIVA
Testimonio de
Yolanda Huerga Cedeño, esposa del poeta, escritor y periodista
independiente Manuel Vázquez Portal
LA HABANA, abril (cubanet.org) - Cuando el 19 de marzo de 2003, entre las
5:30 y 5:45 de la tarde abrí la puerta de mi casa a la policía política,
supe que mi familia iba a ser cercenada y mi hijito de 9 años condenado a
sufrir vejaciones.
Esa tarde será inolvidable para nosotros, y sobre todo para nuestro
hijo. Mi esposo, Manuel Vázquez Portal, y yo estábamos en el
cuarto conversando cuando llamaron a la puerta. No fueron toques fuertes, más
bien mesurados, lo que se contradice con el despliegue policiaco que hicieron al
llegar al edificio los agentes de la Seguridad del Estado, según me
contaron los vecinos. Muchos de ellos me comentaron que parecía que iban
a capturar a Bin Laden: tres carros, dos motos. Catorce hombres subieron a mi
apartamento con cámaras fotográficas, de video y otros artefactos
propios e impropios de lo que se proponían realizar, todos vestidos de
civil.
El responsable del "operativo" me metió un papel por los
ojos y terminó de empujar la puerta que yo sólo había
abierto a medias. Me siguieron hasta el cuarto donde estaba Manuel y le
mostraron la orden de registro.
A partir de ese momento se dividieron en cuatro bandos, uno con Manuel en la
habitación donde escribía, otro conmigo en el otro dormitorio, un
grupo estaba en la sala con el jefe, quien se sentó a nuestra mesa a
recopilar las "evidencias" y un último bando que entraba y salía
de la casa sin cesar. Abajo había otro grupo más, en los
alrededores del edificio, pero entonces yo no lo sabía.
El niño estaba en ese momento en casa de un vecino y le pedí
al "jefe" que me permitiera salir a decirle a éste que
retuviera lo más posible al niño para que no estuviera presente en
nuestra casa durante el registro. Ellos accedieron, recalcando que no eran
monstruos y que no deseaban hacer daño a un niño. Me dejaron salir
sin el carnet de identidad y así pude avisar a alguien quien se encargó
de divulgar la noticia.
Revisaban minuciosamente, con verdadera habilidad, mueble por mueble, gaveta
por gaveta; hojeaban los libros, escudriñaban entre la ropa, leían
los papeles, miraban las fotografías y hasta opinaron sobre la fotografía
de la cubierta del libro de Alexis Díaz Pimienta "Prisionero del
agua".
Nuestro hijo llegó por fin al cabo de cuatro horas, pues el vecino no
pudo entretenerlo más tiempo. El niño miraba con ojos
aterrorizados lo que estaba pasando en su casa, no entendía y preguntaba
qué hacían esos hombres. Manuel y yo tratábamos de
consolarlo y de darle alguna explicación. Se acurrucó en los
brazos de su padre temblando como una hoja. Cuando vio los pasaportes le preguntó
a Manuel "Papá, ¿y eso?" Y éste le respondió:
"Esos son los pasaportes que ya no podremos usar".
Alrededor de las 10 de la noche terminaron de husmear en nuestro hogar y se
llevaron a Manuel. Al despedirse el niño le preguntó dónde
iba. "Voy a dar una vuelta con estos señores, cuida mucho a mamá
y pórtate bien que volveré". Ya se iba con su bolsa de aseo
para que supiéramos que sería un largo paseo. Días después
mi hijo me decía: "Definitivamente debí irme con mi papá
que volviera más rápido".
Yo me quedé desgarrada, pero no lloré. Estaba como aturdida,
como si hubiera perdido la capacidad de razonar. Todavía no era el tiempo
de pensar en nuestros sueños rotos, en mi hombre preso en una celda, en
la mirada triste del niño. No era el tiempo de saber, como el poeta, que "a
este tiempo llamarán antiguo", y que un día no muy lejano
podremos estar de nuevo unidos los tres jugando a la dama en peligro y mi hijo
me rescata montado en la espalda de su padre. Sé que Dios nos juntará
nuevamente, pero entretanto debemos transitar un camino que dejará
cicatrices profundas en nuestras vidas.
Unos buenos amigos vinieron a mi casa esa noche, trataron de consolarme y
luego me dejaron con mi niño dormido entre los brazos.
Al otro día comenzábamos, la hermana de Manuel y yo, el
peregrinaje de un lado a otro, que hace un mes iniciamos las esposas y
familiares de los opositores y periodistas independientes presos.
Primero Villa Marista, la sede de la policía política en La
Habana, donde no permiten pararse ni en la acerca de enfrente, te revisan la
cartera antes de entrar al edificio. Luego por alguna razón que
desconocemos, ya dentro del local, nos pasaron un aparatico por el cuerpo,
supongo un detector de metales. Luego nos atendió un oficial, quien nos
dijo que mi esposo estaba sujeto a proceso de instrucción y a lo mejor
para el próximo miércoles (en una semana) veríamos al
instructor. Esto no sucedió hasta después de celebrarse el juicio
en que Manuel fue sentenciado a 18 años de prisión.
Durante cuatro miércoles hemos esperado 2 ó 3 horas en la
antesala de la Seguridad del Estado, los 10 minutos que nos concedería,
según su estado de ánimo, el oficial encargado de atendernos. La
primera visita fue de sólo 5 minutos a pesar de explicarles que al otro día
debíamos dar respuesta, Manuel y yo de si se le realizaba a nuestro hijo
una operación quirúrgica muy delicada.
El viernes 28 de abril nos citaron a Villa Marista. Allí, después
del mediodía, nos atendió, a mis cuñadas y a mí, un
coronel que no se presentó, pero nos dijo que debíamos nombrar un
abogado, pues Manuel sería encausado. Al indagar sobre el delito me
respondió: "será juzgado por la Ley 88". Yo insistí
"¿pero qué artículos" "No se preocupe, ya se
lo dirá el abogado", ripostó.
Durante el fin de semana, correteamos La Habana, mi cuñada Xiomara y
yo y, por fin, el lunes 31 pudimos hacer el contrato con la abogada Amelia Rodríguez,
del bufete colectivo de Carlos III. Al otro día, martes 1 de abril, por
la tarde me llamó Xiomara a mi casa en Alamar para decirme que la abogada
había sufrido, de pronto, una hipertensión arterial y había
renunciado al caso.
Desesperada, busqué un teléfono para llamar a alguien que me
orientara, fui a ver a una vecina y se negó rotundamente a prestarme el
teléfono. Tenía miedo.
El miércoles 2 el bufete colectivo pasó el caso a otro
abogado, Antonio Lorenzo Hernández, quien, según él mismo
nos manifestó, atendía asuntos laborales, y a las 5 de la tarde de
ese día nos encontramos con el futuro defensor de mi esposo.
Le pregunté al abogado si él podría ver el jueves a
Manuel, pues ya sabíamos que el juicio sería el viernes 4. Me
respondió que no, pues tenía otra vista, pero que seguramente lo
vería momentos antes del juicio. Así mismo fue, momentos antes del
comienzo de la vista, pudo presentarse a Manuel.
Así llegamos al 4 de abril de 2003, fecha en que Manuel y otros tres
acusados fueron juzgados.
Ese día Xiomara y yo nos levantamos muy temprano y alrededor de las
6:30 A.M. llegamos al tribunal de 100 y 33, donde se celebraría la vista.
En la calle de entrada al edificio había un carro patrullero.
Nosotras cogimos por la acerca de enfrente y, encomendándonos sólo
a Dios, entramos hasta el portal del Tribunal. Ya había, a esa hora,
muchos hombres vestidos de civil pero con walkie-talkies. Después fueron
llegando más policías, oficiales del MININT y algunos que supuse
serían agentes de la Seguridad. También llegó un teniente
coronel, que me pareció que era el que daba las órdenes afuera.
Desde donde estábamos sentadas se veía, en el paseo de la calle
100, a un grupo de personas que supongo era el resto de los familiares de los
acusados.
Recuerdo que uno de los oficiales le preguntó a otro quiénes éramos
nosotras y el aludido respondió bajando la voz: "familiares" Me
dio la impresión de que no estábamos en el lugar adecuado.
Sentadas desde nuestro banco en el pórtico del Tribunal, vimos traer
a los prisioneros, cada uno en un carro de policía custodiado por dos
guardias y el chófer. Venían esposados como criminales de alta
peligrosidad. Desde allí pude enviar un beso a Manuel que me respondió
con una sonrisa.
El juicio debía comenzar a las 8:30 A.M. pero debido a que los
abogados llegaron atrasados (¡estos camellos!) empezó mucho más
tarde. A la sala donde se celebró, nos entraron primero a los familiares,
madres, esposas, hijos, hermanas y hermanos y después llegaron unos
grupos de personas que no conocíamos y se llenaron los bancos. Yo me
alarmé porque sabía que otras dos hermanas de Manuel venían
en camino desde Morón para presenciar el juicio y salí a decirle
al acomodador de las personas de la sala que faltaban dos familiares de mi
esposo. Primero interpelé a un joven alto con walkie-talkie, me miró
con cara de pocos amigos y me preguntó: "¿Pero ellas están
en la lista?" Yo me sorprendí y le pregunté a mi vez: "¿Qué
lista?" Entonces no me respondió y me indicó: "Vaya a
ver a ese compañero". Es decir, al acomodador. Fui diligente a éste
y le expliqué lo que quería y me tranquilizó diciéndome
que no habría problemas con mis cuñadas. Así fue.
Con la entrada de los abogados comenzó el juicio.
En el caso particular de Manuel, yo salí esperanzadísima del
juicio, me sentía orgullosa por su valentía y firmeza, pues no se
dejó amedrentar por el fiscal. El instructor, teniente coronel Roberto,
al igual que el fiscal dijo que eran apátridas, serviles, etc., pero a mi
modo de ver no parecía que tuviera tantas "evidencias", porque
hasta el agente Miguel (cría cuervos que te sacarán los Orrios) no
había podido aportar mucho. Eso era lo que pensaba yo, 40 años
oyendo hablar de justicia me dieron esa falsa esperanza allá en el fondo
de mi subconsciente.
Me quedé de una pieza cuando tres días más tarde en el
Tribunal Provincial, después de una larga espera, me entregaron la
sentencia de 18 años de prisión para Manuel.
Todo este tiempo hemos vivido en un marasmo de gestiones infructuosas.
Nosotras, las esposas, nos juntamos como ovejas para hablar de nuestros maridos,
andamos en pequeños grupos para defendernos del terror, dudamos de todo y
de todos pero una fuerza más poderosa que nosotros mismas nos empuja y
nos alienta a seguir adelante, a pesar del miedo; una fuerza que no pueden
encarcelar: el amor. Pasamos largas horas esperando en la recepción de
Villa Marista, largas horas en los bufetes, en el tribunal, y horas también
largas consolándonos unas a otras, asegurándonos que sucederá
un milagro y pronto estaremos de nuevo abrazando a nuestros esposos, contándole
que fue también la nuestra una horrible pesadilla y ya abrigadas por sus
brazos de hombres grandes aliviar tanto dolor y rabia.
Unos días después de la detención de su padre, el niño
se echó a llorar de repente, lo calmé como pude y le dije: "¿Qué
es lo que te dijo siempre mamá de papá? ¿Por qué debes
estar orgulloso? Y él me contestó con la voz quebrada y muy
bajito, bajito me dijo: "Porque es un héroe".
Había llegado el momento que tanto temí a lo largo de 9 años.
Después que Manuel dejó la prensa oficial y comenzó a
desempeñarse como periodista independiente yo vivía en una
continua zozobra. Cada vez que tocaban a la puerta, pensaba que serían
agentes de la Seguridad para amenazarlo con la cárcel; si Manuel demoraba
algo más de lo acostumbrado para regresar a casa, yo sufría.
Cuando, por las mañanas, marchaba a hacer su trabajo, lo despedía
con un beso y lo seguía con la vista pensando que mis ojos podrían
protegerlo y defenderlo de los que lo acechaban.
Pero lo más doloroso era la contradicción en la formación
del niño. Por un lado la escuela, donde como a todos lo atosigaban con
consignas políticas que, afortunadamente, no entienden a derechas. Por
otro lado, su padre luchando con la palabra escrita para mejor la sociedad en
que vivimos.
La maestra del niño me contó que algunas maestras habían
expresado la duda de si el niño estaba imbuido de las ideas de su padre,
lo cual ella negó. Me alegro por esa maestra comunista que me lo protegió
lo que pudo contra la perfidia de otros.
Otra vez, un vecino le dijo a mi niñito: tu papá escribe
contra Cuba. Gabriel no quería bajar a jugar, estaba apenado. Yo le dije:
"Tu papá no escribe contra Cuba, escribe contra el gobierno de Fidel
Castro, díselo así". Y mi hijo me respondió: "Mamá,
decir eso es peor". Esto nunca se lo conté a Manuel.
Ante mis continuos ruegos, Manuel decidió solicitar refugio político
en los E.U., el cual le fue concedido el 24 de octubre de 2000, pero el 28 de
noviembre de ese mismo año nos llegó a nuestro hijo y a mí
el permiso de salida de Cuba, no así el de Manuel, que le fue retenido
hasta el 18 de octubre de 2002 cuando los vuelos de refugiados estaban
suspendidos. Así, esperando, nos sorprendió este golpe esa tarde
del 19 de marzo de 2003.
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