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SOCIEDAD
Sin
permiso para ser libre
LA HABANA, agosto (Tania Díaz
Castro / www.cubanet.org) - El día que
nací, 30 de abril de 1939, había
fiesta en Camajuaní, mi pequeño
pueblo villaclareño. Según me dijeron,
nací a las seis en punto de la tarde, cuando
comenzaron las detonaciones de los fuegos artificiales,
y el cielo se llenó de luces de colores.
Aquel era un pueblo alegre y fiestero, amante
de bailes, carrozas, tómbolas, changüís,
comparsas y todo lo que proporciona felicidad
a su gente.
Una de mis tías maternas, la más
joven y bonita, prefirió quedarse a mi
lado aquella noche, contemplar mis ojos abiertos
y mi carita risueña. Yo era, vaya acontecimiento,
la primera nieta de mi abuela, la primera sobrina
de mis nueve tíos y tías, la primera
hija de mis padres.
Lo más importante de toda esta historia
es lo que exclamaba mi madre a medida que yo crecía,
pulgada a pulgada: "Esta niña lleva
la libertad por dentro. Nadie podrá ponerle
freno en su vida".
Y fue así. En eso mi madre no se equivocó.
Como lo sabía, jamás me acostumbró
a que yo tuviera que pedirle permiso para jugar
fuera de mi casa, a quedarme más tiempo
en la escuela, para tener novio o hacer el amor
antes del matrimonio.
Siendo adolescente combatí la dictadura
de Batista a grito pelado. Repudiaba a los moralistas.
Por suerte no tuve contacto con personas del movimiento
revolucionario que dirigía Fidel Castro.
Me hubiera visto obligada a poner una bomba en
un cine o formar parte de su guerrilla armada.
Al triunfo del régimen castrista me incorporé
a sus actividades sin pensarlo dos veces. Yo era
libre de hacer lo que quería. Más
tarde tuve mis tropiezos en el ejercicio del periodismo
oficialista y por último, allá por
el año 1986, me desvinculé del régimen.
En 1988 a Fidel se le ocurrió condenarme
a un año de prisión por fundar una
organización de derechos humanos. Este
fue el peor año de su gobierno: se desplomó
el campo socialista y se fusiló a un Héroe
de la Patria. También se escucharon rumores
de que Castro había sufrido un infarto
cardíaco.
Hoy, la policía secreta cubana nos hace
saber que no podemos ejercer el periodismo libre.
Muchos de mis colegas, amigos y hermanos cumplen
largas condenas en celdas infrahumanas por ese
motivo.
Pero yo continúo escribiendo como pienso.
No me amedrento. No retrocedo. Ya anciana, con
64 años de edad, sigo sintiéndome
libre, feliz con la vida, satisfecha de la vida,
enamorada como una tonta de la vida, amante fiel
de la libertad.
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