¿Quién
le pone el cascabel al gato después de 42 años?
Víctor Rolando Arroyo, UPECI
PINAR DEL RIO, febrero - La mujer esperaba hace rato que la atendieran. El
empleado del establecimiento comercial, inmóvil, la miraba como sin
quererla ver. Ella seguía esperando que él cumpliera lo que se
supone es su beber diario, su trabajo. El empleado siguió inmóvil.
La mujer, cansada de esperar infructuosamente, se dirigió a la puerta, la
abrió y se marchó del lugar. El empleado, desde su inmovilidad y
refiéndose a la mujer, rezongó: "¡Qué bruta, qué
bruta es!"
Esta historia que pudiera parecer absurda en cualquier sitio del mundo,
donde se supone que el principal objetivo de los comerciantes es vender, aquí,
en Cuba, suele suceder día a día.
El trato que reciben los cubanos en los diferentes establecimientos
comerciales (casi exclusivamente en poder del Estado) es pésimo. Se puede
afirmar que en ocasiones es hasta cruel.
Este reportero fue testigo ocular de la historia de marras. Ocurrió
en la tienda dolarizada "La India", ubicada en la Ciudad de Pinar del
Río.
Días después del suceso la prensa oficial cubana publicó
casualmente varios artículos en los cuales se trataba el tema del
maltrato a los clientes o usuarios, como también se les llama por acá.
Pero, increiblemente, culparon del fenómeno a los atropellados clientes.
Según los periodistas gubernamentales, la culpa la tienen los propios
usuarios porque no defienden sus derechos. Sin embargo, en este punto surge la
inevitable pregunta: ¿Ante quién o quiénes pueden los cubanos
reclamar sus derechos?
Es de general conocimiento que, casi sin excepción, funcionarios y
trabajadores del ramo de los servicios, la gastronomía y de cuanta
empresa estatal esté a cargo de venderle u ofrecer algún servicio
a la población sólo piensan y actúan en el sentido de cómo
alterar los precios y dar menos cantidad de productos que la establecida, entre
otras maneras por las que dichos individuos tratan de obtener ganancias a como dé
lugar.
Algunos entrevistados al respecto coincidieron en que ni se preocupan en
leer los carteles informativos que cuelgan en las paredes de los
establecimientos comerciales, porque nadie puede ni quiere solucionar el
problema.
"El mal tiene raíces muy profundas en nuestra sociedad, y las
promesas y discursos de los funcionarios son retóricas que no se creen ni
ellos mismos" - dijo lentamente uno de los entrevistados.
Entretanto, prosigue el maltrato al usuario, el robo de mercancías,
el zapato cuya suela se despegó a los dos días de haberlo comprado
en dólares el pobre obrero que recibe su paga en pesos, las dificultades
que enfrentan los compradores de equipos electrodomésticos con la garantía
de dichos aparatos, la venta de productos a precios tres veces más altos
que su valor real, la entrega de lo comprado en la mano porque no hay bolsas de
nylon ni cartuchos, el vuelto incompleto porque no hay moneda fraccionaria, el
empleado que no está en su puesto de trabajo, y otros tantos males que
ponen a los cubanos en continuo jaque.
¿A quién quejarse?, se repiten constantemente los habitantes de
esta Isla, si el gerente del comercio dolarizado "está ocupado"
o se encuentra cenando con los inversionistas extranjeros o "salió
un momento" o está "reunido". ¿A quién
quejarse?, si "el supervisor salió un momento", "está
merendando"... Y la burla sigue, y el irrespeto es una espiral ascendente
y el mal crece, crece y crece.
La solución no se vislumbra. La gente sigue sufriendo.
Sin embargo, se incrementan las Mesas Redondas, las Marchas Combatientes,
las Tribunas Abiertas, las Asambleas, los Congresos, los discursos, se sigue
hablando de "logros", de "soluciones", de "avances",
de "esperanzas"... de esperanzas cuya antigüedad rebasa los 42 años.
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