CUBANET ...INDEPENDIENTE

12 de mayo, 2000



Ninfa nocturna

Héctor Maseda, Grupo de Trabajo Decoro

LA HABANA, mayo - ¡Como recuerdo su imagen! Yamila. Joven de gran esbeltez. Rostro de virgen. Pelo negro, copioso y ensorgijado. Ojos color mar tropical. Mirada desafiante. Piel trigueña bendecida por el sol caribeño. Se desplazaba con delicadeza y armonía tal, que parecía flotar al ser golpeada por el viento. Tenía veinte primaveras maravillosamente empleadas. Era la más hermosa criatura de Cayo Hueso, barrio humilde del capitalino municipio Centro Habana.

De pequeña, tuvo aspiraciones de merecerlo todo. La vida, poco a poco, le demostró que no podría tener casi nada. Nació en el equivocado año de 1967, en un país también equivocado. Su padre, modesto empleado de correos, escuchaba con entusiasmo sus sueños infantiles y prometía su pronta realización. Su madre, cuarentona, aparentaba veinte años más por el desgaste y los sufrimientos pasados. Mucho trabajó para lograr -junto al marido- el sostén familiar.

La niña creció y sus pretensiones infantiles se alejaron día a día de su realidad cotidiana. Observaba con amargura el pasado y presente oscuro de su progenitora, que ya era una sombra de mujer. Su padre continuaba como simple empleado público, sin aspiraciones. Ella se miraba en los espejos y apreciaba sus cualidades físicas. Mejoraban en la medida en que se hacía mujer. Era hermosa. Dios le había dado una cuna desnuda, pero era inocente y feliz.

Adolescente, comenzó la secundaria becada en el campo. Allí tuvo su primera experiencia amorosa y la primera decepción. Su cuerpo fue utilizado y después echado a un lado. Más tarde, recurrió a un profesor amigo, por su aparente comprensión y sensibilidad humanas. Gracias al maestro supo de promesas incumplidas, engaños y actitudes irresponsables. Como apoyo recibió la represión paterna y la magra solidaridad maternal. Sufrió las molestias de un embarazo precoz. La embestida del quirófano, la interrupción de una nueva vida y los horrores de la esterilidad. Pero aprendió también a que las malas épocas tienen su fin.

Yamila se juró no confiar en nadie ni verse como protagonista en situaciones parecidas a la experiencia anterior. En lo sucesivo, se encerraría en ella. Adoptó un patrón de conducta y una ética social peculiar: su espada sería por siempre la fuerza de sus encantos. Su escudo, no dejarse atrapar por sus nobles sentimientos.

De este modo se convirtió en una Diosa del Crepúsculo. Disfrutaba al comenzar la noche de variada compañía. Se ufanaba de conocer los mejores centros nocturnos y restaurantes de primera, visitaba instalaciones turísticas de lujo y playas exclusivas. Hacía gala de los modelos europeos que vestía y las joyas que le obsequiaban sus amigos. La recogían y regresaba al hogar paterno en autos con chapa turística. Jóvenes y ancianos extranjeros se disputaban, atardecer tras atardecer, su compañía y una o varias noches de placer. Hacían uso de sus bondades. Sin embargo, obtenía sus beneficios. Era cubana, pero vivía en su país de la única manera en que se puede vivir en él: como visitante foránea con residencia permanente. ¡Había encontrado la fórmula perfecta para disfrutar, no para sobrevivir!, según ella.

Pasaron algunos años, y a la joven se le veía ir y venir radiante en su medio. Decía sentirse realizada. Algunos amigos le criticamos este proceder vacío y sin esperanzas. Su respuesta: dejó de hablarnos. No aceptaba consejos. No miraba a nadie en el barrio. Volvió a encerrarse en su coraza. Un día nos enteramos se había mudado. Ni sus padres tuvieron noticias de su nuevo paradero.

Con el paso de los años, de ella sólo mantuve imágenes difusas y recuerdos que se desvanecían con el tiempo. Y éste continuó su curso inexorable, en un viaje sin retorno.

Hace apenas unos días la vi de nuevo. Llegaba al barrio luego de una prolongada ausencia. Tan hermosa y elegante como siempre, pero ya no tenía la lozanía de antaño. Tenía la edad de Jesucristo al ser crucificado.

Se acercó y para mi sorpresa me saludó y ensayó una sonrisa. Confuso, la miré y devolví su gesto, más por cortesía que por sinceridad. La noté triste. Sus ojos estaban muertos. Le pregunté si algo le ocurría. Se demoró en responder. Al fin dijo: "Soy seropositiva. Me diagnosticaron sida hace pocos días. Estoy condenada a muerte". Y se abalanzó a mis brazos en medio de un llanto que hasta el propio Diablo -si es que existe- se estremecería al escucharlo.

La consolé como pude, con el cariño y amor fraternal que nunca recibió. ¡Qué lástima!, pensé. ¡Cuánto debe estar sufriendo? Tan bella y joven aún y con tan buenos sentimientos. La conocí de pequeña -reflexioné- cuando todavía no había creado su coraza protectora. En ese instante era de nuevo aquella niña inocente, infeliz y aterrada. Ella, que fue una Ninfa Nocturna, se ha convertido en un fantasma de las noches plúmbeas.



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