La posición adoptada ante la ONU reafirma una política de Estado iniciada con Alfonsín
Hernan Patiño Mayer. Ex Embajador En La OEA. Clarín digital. Sábado 06 de mayo de 2000
El voto argentino en la Comisión de Derechos Humanos de Ginebra en relación con la situación en Cuba permite sumar algunos otros comentarios a los muchos ya volcados en la prensa. Primero queremos resaltar que la Argentina tiene el triste privilegio de haber sido escenario
de uno de los procesos más atroces de violación a los derechos humanos ocurridos en Occidente desde el genocidio nazi. Esta tragedia dejó una marca indeleble en nuestra memoria, que actúa sobre nuestras conductas internas y sobre las que nos relacionan con la comunidad
internacional.
De la solidez de nuestro compromiso en la defensa de los derechos humanos depende en gran parte nuestra supervivencia como comunidad nacional, luego del terrible golpe que aplicó sobre nuestra identidad el terrorismo de Estado. Esto fue muy bien comprendido por las tres administraciones
democráticas que se sucedieron desde 1983. Al presidente Alfonsín le correspondió la ciclópea tarea de reconstruir, con el apoyo mayoritario de las fuerzas políticas, una imagen que amenazaba con fragmentarse definitivamente. Esto se hizo exaltando la defensa de la
dignidad del hombre y del sistema democrático.
La segunda circunstancia a considerar es el cambio del escenario internacional hacia el final del primer gobierno democrático. Cuando el gobierno de Alfonsín se abstenía en el caso cubano, la Guerra Fría estaba en pleno desarrollo y se manifestaba en la región
a través del conflicto centroamericano, con cuya resolución pacífica la Argentina estaba muy comprometida. Abstenerse era así una forma de evitar tomar partido en una disputa de bloques mucho más interesados en derrotarse mutuamente que en defender los derechos
humanos.
Un nuevo escenario
Desde la presente década -la Argentina abandona la abstención en 1991- se modifica el escenario global y se democratiza el continente, con la sola excepción de Cuba. Nuestro país profundiza las políticas del anterior gobierno ante una realidad en transformación.
Hace de la vigencia de las instituciones democráticas en la región una condición esencial de la buena relación entre los estados y de la convivencia integradora.
Así, en 1992 lidera la condena al golpe de Estado en Haití y participa al más alto nivel de la primera misión de la OEA que enfrentó a los militares golpistas en defensa de un sacerdote supuestamente marxista, pero votado mayoritariamente por los haitianos.
Vale recordar la destacada labor cumplida por Dante Caputo, delegado de los secretarios generales de Naciones Unidas y OEA y las actitudes por entonces dubitativas de la administración estadounidense.
En febrero de ese año, el canciller Di Tella, a cargo de la presidencia del Grupo de Río, viajó a Venezuela para expresar su solidaridad al gobierno del presidente Pérez, contra cuya vida había atentado un grupo de militares golpistas. En abril, ante el "fujimorazo"
peruano, desde la OEA y el Grupo de Río, la Argentina reafirmó su compromiso con la democracia, y a fines de año propuso incluir en la Carta de la OEA una "cláusula democrática" que fue aprobada mayoritariamente. Una cláusula similar fue aprobada
en San Luis por los cuatro jefes de Estado del Mercosur.
En fin: la decisión adoptada en el caso cubano por el actual gobierno es más que la mera continuidad de decisiones de la anterior administración; es la reafirmación de una política de Estado iniciada en otro contexto por el gobierno de Alfonsín y
adecuada por Menem a la nueva realidad internacional. Una política de principios en una región que es heredera y tributaria de una cultura común permite ser coherentes a la hora de defender los sistemas democráticos y los derechos del hombre, con independencia de las
limitaciones que muchas de nuestras democracias siguen exhibiendo. El voto argentino en Ginebra responde a estas premisas, y es una pena que el régimen cubano y algunos compatriotas no lo comprendan.
Sobre la votación misma vale la pena señalar: a) Los países que votaron junto a Cuba tienen, casi todos, graves problemas de derechos humanos. b) México abandonó su tradicional oposición a anteriores resoluciones para optar por la abstención. c)
El término condena, abusado en estos días, es una licencia periodística, ya que la resolución sólo expresa preocupación por la situación en la isla, lo que puede sonar a sutileza, pero tiene significación en el preciso léxico de la
diplomacia multilateral.
Finalicemos con preguntas y una reflexión desordenada. ¿Se atenta contra los derechos humanos en Cuba? Para no caer en acusaciones litigiosas, limitémonos a afirmar que no pueden no estar afectados estos derechos en un régimen donde la libertad de prensa es inexistente
y la oposición sólo se ejerce plenamente en el exterior. Convengamos, además, que frente a la permanencia de Fidel Castro por más de 40 años en el poder, las pretensiones de reeleccionismo indefinido tan caras al realismo mágico latinoamericano no pasan de
ser un juego de niños afiebrados. Por último: ¿no fue una cruel ironía del embajador cubano despedirse de los argentinos en la sede del Partido Comunista, el mismo que en los 70 contemporizó con la dictadura de Videla?
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