Carlos Alberto Montaner. Publicado el domingo, 26 de marzo
de 2000 en El Nuevo Herald
El pobre Eliancito ya comenzó su viaje de regreso a Cuba. Un juez
federal norteamericano ha dictaminado que le corresponde al Departamento de
Inmigración --la frecuentemente injusta "Migra''-- y no a él
determinar qué hacer con el niño Elián González, el
balserito que sobrevivió milagrosamente a un naufragio en el que murieron
nueve personas, su madre incluida, cuando intentaban escapar de la dictadura
cubana. Pronto otra instancia legal se pronunciará, presumiblemente en la
misma dirección, y finalmente el supremo dictará su fallo. Es
posible que la Migra, mientras tanto, intente acelerar el proceso de alguna
manera. Si tras la llegada del niño a suelo americano parecía que
la institución, como ha hecho cientos de veces, concedería el
asilo pedido por el tío abuelo paterno, otra circunstancia imprevista
torció ese destino: una revuelta con rehenes en una cárcel de
Louisiana, protagonizado por presidiarios cubanos, se saldó pacíficamente
mediante la intervención de Castro, quien aceptó que los
amotinados fueran enviados a Cuba. El tácito quid pro quo era la devolución
de Eliancito. El niño fue usado como mercancía. Favor con
balserito se paga.
¿Por qué el inusitado interés de Castro en este asunto?
Por supuesto, no son los niños balseros. Como llevo escrito
anteriormente, su policía política mató diez niños
balseros en el verano de 1994, algunos de ellos bebitos de brazos, junto a otros
treinta adultos que intentaban huir de Cuba en el barco 13 de Marzo, y ni
siquiera les permitió a los familiares enterrar los cadáveres
devueltos por el mar. ¿Será acaso su pasión por mantener la
familia unida? Tampoco: miles de cubanos dentro y fuera de Cuba intentan
reunirse, pero a unos el régimen no los deja salir y a los otros no los
deja regresar. Son tantos, que hasta han creado una ONG, invocando el nombre de
Elián, para protestar contra esa separación forzosa, y varios
centenares de ellos acudirán a la Comisión de Derechos Humanos de
Ginebra para protestar contra este atropello. Además, si por algo Castro
se distingue es por su notable falta de instinto familiar, como dan fe su hija
Alina, sus hermanas Juanita y Agustina, o los múltiples sobrinos y
parientes que silenciosa y discretamente han buscado el camino del exilio. Se
cuenta, incluso, que por lo menos dos de sus hijos naturales, al margen de la
decena que se le conoce extraoficialmente, han sido amablemente reconocidos por
subalternos deseosos de servir al máximo líder. En todo caso
--como lo defiende con fiereza el funcionario cubano Juan Vega Vega cuando
escucha estos insistentes rumores--, Marx hizo lo mismo: al hijo que tuvo con su
criada fue el bueno de Engels quien le dio su apellido. Por algo había
escrito La sagrada familia, ¿no? Siempre es conveniente contar con un
precedente ilustre para las desvergüenzas propias.
Lo que busca Castro
En definitiva, ¿qué busca Castro con esta campaña en la
que pide el regreso de Elián y en la que ha empeñado a toda su incómoda
diplomacia? Tiene dos objetivos. El primero es tratar de cambiar la política
norteamericana con relación a Cuba. Quiere que el Congreso derogue la
llamada ``Ley de Ajuste'' de 1966, norma legal que le facilita el asilo político
a cualquier cubano que llegue a territorio norteamericano. Según Castro
--siempre a la busca de coartadas para ocultar sus fracasos-- esta ley es lo que
estimula la emigración cubana. Falso: en México hay ochenta mil
cubanos y en España cincuenta mil y no existe ninguna legislación
parecida. Habría un millón si les conceden las visas. Los cubanos
se van de Cuba hacia cualquier parte porque la isla es un hambreado manicomio
sin la menor esperanza de mejorar. Si la ley fuera derogada, los cubanos seguirían
fluyendo hacia Estados Unidos, sólo que serían ilegales, como
sucede con tantos mexicanos, caribeños y centroamericanos. Europa y América
Latina están llenas de cubanos ilegales.
El segundo propósito es crear una causa supuestamente capaz de
aglutinar a los cubanos tras la revolución y revitalizar la menguada
furia nacionalista. Algo parecido a la revolución cultural que Mao
emprendió en las postrimerías de su régimen. Todos los
informes de que dispone le indican que son muy pocos los cubanos que realmente
respaldan el sistema --algo perfectamente lógico tras cuarenta y un año
de fracasos--, pero Castro supone que con una constante campaña propagandística,
con interminables discursos y marchas públicas en las que se machaca
incesantemente sobre el tema, basta para que los cubanos sientan de nuevo las
emociones políticas más profundas y cohesionadoras. ¿Y cómo
comprueba si ha tenido éxito? Muy sencillo: se lo confirman la propia
campaña propagandística y la masiva presencia de la población
en los desfiles revolucionarios. Es decir, Castro es víctima de sus
propias técnicas de manipulación. Finalmente, decreta que ya todo
el pueblo está felizmente unido gracias a su infinita astucia política,
media docena de sus acólitos repiten esta necedad --de la que se hacen
eco sus incondicionales en el extranjero--, y se establece una nueva ``certeza
revolucionaria'', curiosa modalidad de la racionalidad que los burgueses no son
capaces de comprender en toda su camaleónica dimensión.
La verdad profunda y real, sin embargo, es diferente. Todo el mundo en Cuba,
incluida la estructura de poder, sabe que la ``sagrada causa de Elián''
es una farsa sin sentido, en la que se ha dañado seriamente la maltrecha
economía, y si de algo ha servido es para subrayar de una manera aún
más clara lo desquiciado, lo loco que está Castro en esta etapa
senil de su gobierno. Yo se lo oí decir por teléfono a un altísimo
miembro del gobierno cubano que hablaba en La Habana desde una cabina pública,
mediante una tarjeta, con su hijo, en ese momento sentado en mi oficina madrileña:
``Quédate, hijo, y no vuelvas; yo he empeñado mi vida en la
defensa de esta revolución que fracasó; Fidel Castro está
completamente loco y nos lleva al desastre total. Sálvate tú,
porque ya yo estoy muy viejo''. Lamentablemente, parece que Elián no se
salvará.
Sálvese quien pueda
Esta triste anécdota tiene una lectura importante para la oposición
democrática. Veamos. Hace pocas fechas fue exhibida la película La
vida es silbar, filmada en Cuba, y hubo ciertas protestas entre un grupo de
exiliados. El film estaba lleno de clarísimos mensajes anticastristas
--lo que en la isla, en su momento, provocó que la película fuera
rápidamente sacada de las carteleras, y lo que alguna relación
tiene con el cese de Alfredo Guevara--, pero no parece que estos opositores a
Castro analizaran el contenido. Venía de Cuba y eso resultaba suficiente
para condenarlo. El rector de FIU, Modesto Maidique, consciente de que una
universidad no debe cerrar sus puestas a ninguna expresión cultural
razonable, y probable y secretamente feliz de contribuir al descrédito de
la dictadura cubana --ha sido toda su vida un combativo anticastrista, no sólo
en Miami, donde es muy fácil, sino en Harvard, donde la sensibilidad política
es diferente--, optó acertadamente por respaldar la exhibición.
Poco después sucedió el incidente de LASA. Esta asociación
de latinoamericanistas se dio cita en Miami, y numerosos exiliados protestaron
por la presencia en la ciudad de una nutrida delegación de académicos
cubanos --reales o fingidos--, entre los que indudablemente había un
grupo grande de policías, comisarios políticos, y fanáticos
propagandistas de la dictadura. Otros, en cambio, eran simples profesores e
investigadores, prisioneros de un tipo de régimen que los obliga a
simular lealtad política para poder sobrevivir en el ambiente
universitario, como suele suceder en todos los gobiernos totalitarios. Algunos
de ellos (y de ellas, por cierto), en privado, describieron el asco que les
producía tener que representar todos los días la atroz
comedia-del-revolucionario-firme, cuando lo que deseaban, desde hace muchos años,
es el fin de ese absurdo sistema de tiranía y privaciones. Los más
prácticos utilizaron el viaje para cosechar algunas invitaciones futuras
que les permitan escapar del manicomio cierto tiempo, por lo menos para respirar
aire limpio antes de sumergirse de nuevo en la alcantarilla. Y hasta hubo --me
confía una amiga banquera-- quien dejó abierta una cuenta
corriente a nombre de un pariente ``para cuando pueda largarme de ese
infierno''.
Esa es la realidad cubana a todos los niveles, incluida la más alta
estructura de poder. Hay unos pocos fanáticos realmente convencidos de
las virtudes del comunismo castrista, y hay una inmensa legión de
farsantes colocados ante un dificilísimo dilema que sólo tiene
tres precarias salidas. La primera, la más usual, es sostener la
pantomima de ``ser revolucionarios'', aún muriéndose de asco,
escudados en la protección de la familia: ``¿Qué les pasaría
si me enfrento al régimen?'', suelen preguntarse llenos de vacilaciones.
La segunda, la heroica, es renunciar a los escasos privilegios que les
proporciona mantenerse dentro de la nomenklatura y convertirse en francos
disidentes dispuestos a correr riesgos de cárcel, golpeaduras e insultos,
dado que Castro les hace pagar un altísimo precio a los demócratas
que lo adversan. Esta ha sido la decisión de personas como los hermanos
Arcos, los cuatro autores de La patria es de todos y de varios millares de
cubanos valientes e insobornables. La tercera, es una vía intermedia
entre las dos anteriores: ni seguir a bordo del aparato dirigente ni optar por
la durísima oposición, sino aprovechar una pérdida
provisional de la gracia revolucionaria y mantenerse discretamente en la categoría
de tronado, es decir, como un ex funcionario que languidece silenciosamente en
una posición subalterna. Esto es lo que hicieron los ex ministros
Humberto Pérez y Marcelo Fernández, el comandante Efigenio
Almeijeira, o lo que comenzó a ensayar el economista Pedro Monreal cuando
perdió la confianza de los cuerpos de seguridad.
Lo que debe buscar el exilio
Una vez descrita esta amarga situación, la pregunta es inevitable: ¿qué
deben hacer los demócratas del exilio? ¿Cuál es la mejor
actitud para tratar de acelerar aún más la descomposición
de un régimen que está, ciertamente, podrido? ¿Deben
denunciar todo-lo-que-venga-de-Cuba? ¿Deben abrirles los brazos a quienes
oficialmente proceden de la isla? A mi juicio, la actitud más
recomendable no es dar por sentado que estamos ante revolucionarios
inconmovibles, sino ante otras víctimas de la tiranía --víctimas
de baja intensidad-- que en Cuba no pueden expresar sus verdaderos sentimientos.
No son héroes, como quisiéramos, pero tampoco tienen que ser
nuestros enemigos. Mi experiencia con académicos, músicos,
actores, escritores, funcionarios y hasta parlamentarios de los que ``van y
vienen'', es que a los cinco minutos de trabar una amable conversación
privada estamos plenamente de acuerdo en la condena sin paliativos del sistema
y, especialmente, del dictador que lo dirige. Podría citar una veintena
de nombres asombrosos, pero prefiero mantenerlos en el anonimato.
¿Y para qué sirve entablar esa forma secreta de complicidad política,
mientras públicamente el supuesto viajero revolucionario, forzado por la
policía y por su vieja costumbre de obedecer, continúa recitando
imperturbablemente su papel de acólito del sistema? Sirve para ir creando
las bases y los lazos que facilitarán los cambios políticos cuando
las circunstancias lo permitan. ¿Puede alguien concebir un mayor estímulo
para echar abajo el régimen que unir a la conciencia del fracaso la
convicción de que no habrá represalias contra los que emprendan
esa necesaria tarea de demolición? Esto lo sabe la Seguridad del Estado,
y de ahí que fomente la actitud de ``plaza sitiada''. Es decir, la
creencia de que ``la situación puede ser espantosa, el sistema acaso sea
un desastre, pero si bajamos la guardia el enemigo nos pasará a degüello''.
Por eso nadie debió asombrarse cuando la policía norteamericana
descubrió que los agentes castristas se infiltraban en las organizaciones
del exilio para alentar las posturas más radicales y agresivas. Esas son
las que les conviene a la dictadura para mantener la tensión
revolucionaria. Lo que los mata no es la pedrada, sino el abrazo, el intercambio
honesto de información y opiniones, los lazos amistosos entre los
diferentes tipos de víctimas de un mismo verdugo que se sinceran y
comienzan a trenzar vínculos para cuando llegue el día de estrenar
la libertad. Es a eso a lo que Castro le teme.
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