CUBANET... INTERNACIONAL

Marzo 27, 2000



¿Por qué Castro quiere el regreso de Elián?

Carlos Alberto Montaner. Publicado el domingo, 26 de marzo de 2000 en El Nuevo Herald

El pobre Eliancito ya comenzó su viaje de regreso a Cuba. Un juez federal norteamericano ha dictaminado que le corresponde al Departamento de Inmigración --la frecuentemente injusta "Migra''-- y no a él determinar qué hacer con el niño Elián González, el balserito que sobrevivió milagrosamente a un naufragio en el que murieron nueve personas, su madre incluida, cuando intentaban escapar de la dictadura cubana. Pronto otra instancia legal se pronunciará, presumiblemente en la misma dirección, y finalmente el supremo dictará su fallo. Es posible que la Migra, mientras tanto, intente acelerar el proceso de alguna manera. Si tras la llegada del niño a suelo americano parecía que la institución, como ha hecho cientos de veces, concedería el asilo pedido por el tío abuelo paterno, otra circunstancia imprevista torció ese destino: una revuelta con rehenes en una cárcel de Louisiana, protagonizado por presidiarios cubanos, se saldó pacíficamente mediante la intervención de Castro, quien aceptó que los amotinados fueran enviados a Cuba. El tácito quid pro quo era la devolución de Eliancito. El niño fue usado como mercancía. Favor con balserito se paga.

¿Por qué el inusitado interés de Castro en este asunto? Por supuesto, no son los niños balseros. Como llevo escrito anteriormente, su policía política mató diez niños balseros en el verano de 1994, algunos de ellos bebitos de brazos, junto a otros treinta adultos que intentaban huir de Cuba en el barco 13 de Marzo, y ni siquiera les permitió a los familiares enterrar los cadáveres devueltos por el mar. ¿Será acaso su pasión por mantener la familia unida? Tampoco: miles de cubanos dentro y fuera de Cuba intentan reunirse, pero a unos el régimen no los deja salir y a los otros no los deja regresar. Son tantos, que hasta han creado una ONG, invocando el nombre de Elián, para protestar contra esa separación forzosa, y varios centenares de ellos acudirán a la Comisión de Derechos Humanos de Ginebra para protestar contra este atropello. Además, si por algo Castro se distingue es por su notable falta de instinto familiar, como dan fe su hija Alina, sus hermanas Juanita y Agustina, o los múltiples sobrinos y parientes que silenciosa y discretamente han buscado el camino del exilio. Se cuenta, incluso, que por lo menos dos de sus hijos naturales, al margen de la decena que se le conoce extraoficialmente, han sido amablemente reconocidos por subalternos deseosos de servir al máximo líder. En todo caso --como lo defiende con fiereza el funcionario cubano Juan Vega Vega cuando escucha estos insistentes rumores--, Marx hizo lo mismo: al hijo que tuvo con su criada fue el bueno de Engels quien le dio su apellido. Por algo había escrito La sagrada familia, ¿no? Siempre es conveniente contar con un precedente ilustre para las desvergüenzas propias.

Lo que busca Castro

En definitiva, ¿qué busca Castro con esta campaña en la que pide el regreso de Elián y en la que ha empeñado a toda su incómoda diplomacia? Tiene dos objetivos. El primero es tratar de cambiar la política norteamericana con relación a Cuba. Quiere que el Congreso derogue la llamada ``Ley de Ajuste'' de 1966, norma legal que le facilita el asilo político a cualquier cubano que llegue a territorio norteamericano. Según Castro --siempre a la busca de coartadas para ocultar sus fracasos-- esta ley es lo que estimula la emigración cubana. Falso: en México hay ochenta mil cubanos y en España cincuenta mil y no existe ninguna legislación parecida. Habría un millón si les conceden las visas. Los cubanos se van de Cuba hacia cualquier parte porque la isla es un hambreado manicomio sin la menor esperanza de mejorar. Si la ley fuera derogada, los cubanos seguirían fluyendo hacia Estados Unidos, sólo que serían ilegales, como sucede con tantos mexicanos, caribeños y centroamericanos. Europa y América Latina están llenas de cubanos ilegales.

El segundo propósito es crear una causa supuestamente capaz de aglutinar a los cubanos tras la revolución y revitalizar la menguada furia nacionalista. Algo parecido a la revolución cultural que Mao emprendió en las postrimerías de su régimen. Todos los informes de que dispone le indican que son muy pocos los cubanos que realmente respaldan el sistema --algo perfectamente lógico tras cuarenta y un año de fracasos--, pero Castro supone que con una constante campaña propagandística, con interminables discursos y marchas públicas en las que se machaca incesantemente sobre el tema, basta para que los cubanos sientan de nuevo las emociones políticas más profundas y cohesionadoras. ¿Y cómo comprueba si ha tenido éxito? Muy sencillo: se lo confirman la propia campaña propagandística y la masiva presencia de la población en los desfiles revolucionarios. Es decir, Castro es víctima de sus propias técnicas de manipulación. Finalmente, decreta que ya todo el pueblo está felizmente unido gracias a su infinita astucia política, media docena de sus acólitos repiten esta necedad --de la que se hacen eco sus incondicionales en el extranjero--, y se establece una nueva ``certeza revolucionaria'', curiosa modalidad de la racionalidad que los burgueses no son capaces de comprender en toda su camaleónica dimensión.

La verdad profunda y real, sin embargo, es diferente. Todo el mundo en Cuba, incluida la estructura de poder, sabe que la ``sagrada causa de Elián'' es una farsa sin sentido, en la que se ha dañado seriamente la maltrecha economía, y si de algo ha servido es para subrayar de una manera aún más clara lo desquiciado, lo loco que está Castro en esta etapa senil de su gobierno. Yo se lo oí decir por teléfono a un altísimo miembro del gobierno cubano que hablaba en La Habana desde una cabina pública, mediante una tarjeta, con su hijo, en ese momento sentado en mi oficina madrileña: ``Quédate, hijo, y no vuelvas; yo he empeñado mi vida en la defensa de esta revolución que fracasó; Fidel Castro está completamente loco y nos lleva al desastre total. Sálvate tú, porque ya yo estoy muy viejo''. Lamentablemente, parece que Elián no se salvará.

Sálvese quien pueda

Esta triste anécdota tiene una lectura importante para la oposición democrática. Veamos. Hace pocas fechas fue exhibida la película La vida es silbar, filmada en Cuba, y hubo ciertas protestas entre un grupo de exiliados. El film estaba lleno de clarísimos mensajes anticastristas --lo que en la isla, en su momento, provocó que la película fuera rápidamente sacada de las carteleras, y lo que alguna relación tiene con el cese de Alfredo Guevara--, pero no parece que estos opositores a Castro analizaran el contenido. Venía de Cuba y eso resultaba suficiente para condenarlo. El rector de FIU, Modesto Maidique, consciente de que una universidad no debe cerrar sus puestas a ninguna expresión cultural razonable, y probable y secretamente feliz de contribuir al descrédito de la dictadura cubana --ha sido toda su vida un combativo anticastrista, no sólo en Miami, donde es muy fácil, sino en Harvard, donde la sensibilidad política es diferente--, optó acertadamente por respaldar la exhibición.

Poco después sucedió el incidente de LASA. Esta asociación de latinoamericanistas se dio cita en Miami, y numerosos exiliados protestaron por la presencia en la ciudad de una nutrida delegación de académicos cubanos --reales o fingidos--, entre los que indudablemente había un grupo grande de policías, comisarios políticos, y fanáticos propagandistas de la dictadura. Otros, en cambio, eran simples profesores e investigadores, prisioneros de un tipo de régimen que los obliga a simular lealtad política para poder sobrevivir en el ambiente universitario, como suele suceder en todos los gobiernos totalitarios. Algunos de ellos (y de ellas, por cierto), en privado, describieron el asco que les producía tener que representar todos los días la atroz comedia-del-revolucionario-firme, cuando lo que deseaban, desde hace muchos años, es el fin de ese absurdo sistema de tiranía y privaciones. Los más prácticos utilizaron el viaje para cosechar algunas invitaciones futuras que les permitan escapar del manicomio cierto tiempo, por lo menos para respirar aire limpio antes de sumergirse de nuevo en la alcantarilla. Y hasta hubo --me confía una amiga banquera-- quien dejó abierta una cuenta corriente a nombre de un pariente ``para cuando pueda largarme de ese infierno''.

Esa es la realidad cubana a todos los niveles, incluida la más alta estructura de poder. Hay unos pocos fanáticos realmente convencidos de las virtudes del comunismo castrista, y hay una inmensa legión de farsantes colocados ante un dificilísimo dilema que sólo tiene tres precarias salidas. La primera, la más usual, es sostener la pantomima de ``ser revolucionarios'', aún muriéndose de asco, escudados en la protección de la familia: ``¿Qué les pasaría si me enfrento al régimen?'', suelen preguntarse llenos de vacilaciones. La segunda, la heroica, es renunciar a los escasos privilegios que les proporciona mantenerse dentro de la nomenklatura y convertirse en francos disidentes dispuestos a correr riesgos de cárcel, golpeaduras e insultos, dado que Castro les hace pagar un altísimo precio a los demócratas que lo adversan. Esta ha sido la decisión de personas como los hermanos Arcos, los cuatro autores de La patria es de todos y de varios millares de cubanos valientes e insobornables. La tercera, es una vía intermedia entre las dos anteriores: ni seguir a bordo del aparato dirigente ni optar por la durísima oposición, sino aprovechar una pérdida provisional de la gracia revolucionaria y mantenerse discretamente en la categoría de tronado, es decir, como un ex funcionario que languidece silenciosamente en una posición subalterna. Esto es lo que hicieron los ex ministros Humberto Pérez y Marcelo Fernández, el comandante Efigenio Almeijeira, o lo que comenzó a ensayar el economista Pedro Monreal cuando perdió la confianza de los cuerpos de seguridad.

Lo que debe buscar el exilio

Una vez descrita esta amarga situación, la pregunta es inevitable: ¿qué deben hacer los demócratas del exilio? ¿Cuál es la mejor actitud para tratar de acelerar aún más la descomposición de un régimen que está, ciertamente, podrido? ¿Deben denunciar todo-lo-que-venga-de-Cuba? ¿Deben abrirles los brazos a quienes oficialmente proceden de la isla? A mi juicio, la actitud más recomendable no es dar por sentado que estamos ante revolucionarios inconmovibles, sino ante otras víctimas de la tiranía --víctimas de baja intensidad-- que en Cuba no pueden expresar sus verdaderos sentimientos. No son héroes, como quisiéramos, pero tampoco tienen que ser nuestros enemigos. Mi experiencia con académicos, músicos, actores, escritores, funcionarios y hasta parlamentarios de los que ``van y vienen'', es que a los cinco minutos de trabar una amable conversación privada estamos plenamente de acuerdo en la condena sin paliativos del sistema y, especialmente, del dictador que lo dirige. Podría citar una veintena de nombres asombrosos, pero prefiero mantenerlos en el anonimato.

¿Y para qué sirve entablar esa forma secreta de complicidad política, mientras públicamente el supuesto viajero revolucionario, forzado por la policía y por su vieja costumbre de obedecer, continúa recitando imperturbablemente su papel de acólito del sistema? Sirve para ir creando las bases y los lazos que facilitarán los cambios políticos cuando las circunstancias lo permitan. ¿Puede alguien concebir un mayor estímulo para echar abajo el régimen que unir a la conciencia del fracaso la convicción de que no habrá represalias contra los que emprendan esa necesaria tarea de demolición? Esto lo sabe la Seguridad del Estado, y de ahí que fomente la actitud de ``plaza sitiada''. Es decir, la creencia de que ``la situación puede ser espantosa, el sistema acaso sea un desastre, pero si bajamos la guardia el enemigo nos pasará a degüello''. Por eso nadie debió asombrarse cuando la policía norteamericana descubrió que los agentes castristas se infiltraban en las organizaciones del exilio para alentar las posturas más radicales y agresivas. Esas son las que les conviene a la dictadura para mantener la tensión revolucionaria. Lo que los mata no es la pedrada, sino el abrazo, el intercambio honesto de información y opiniones, los lazos amistosos entre los diferentes tipos de víctimas de un mismo verdugo que se sinceran y comienzan a trenzar vínculos para cuando llegue el día de estrenar la libertad. Es a eso a lo que Castro le teme.

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