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Julio 4, 2000



Washington y las damas de La Habana

Frank Calzon. Publicado el martes, 4 de julio de 2000 en El Nuevo Herald

Antes de unirse a la campaña contra los inmigrantes, tan popular en ciertos círculos, sus promotores deberían dar una vuelta por el Parque de Lafayette, cercano a la Casa Blanca. Estos magníficos jardines honran al marqués de Lafayette. Como se sabe, los colonos (que es otra forma de llamar a los inmigrantes) habían poblado las trece colonias. Años después, muchos jóvenes extranjeros como Lafayette, un noble francés de ideas republicanas, comenzaron a llegar a los recién y democráticamente constituidos Estados Unidos de América. Lafayette sirvió como asesor militar de Jorge Washington (ya en aquel entonces comandante en jefe de las tropas continentales), contribuyendo así de forma substancial a la lucha por la independencia.

Si uno sigue caminando por el parque se dará cuenta de que Lafayette no fue el único extranjero que luchó por la libertad del pueblo americano. Pronto el paseante encontrará una estatua ``erigida por el Congreso de Estados Unidos en reconocimiento y agradecimiento por los servicios prestados al pueblo americano en su lucha por la libertad'' a Henry Frederick, barón de Von Steuben, el cual, tras servir a las órdenes de su majestad Federico el Grande de Prusia, ofreció su espada a las colonias americanas, instruyendo militarmente a los patriotas americanos que lograrían la independencia. Este noble prusiano murió en New York en 1794, mientras Lafayete regresaba a su país para participar en la revolución francesa y retar, arriesgando la cabeza, a los extremistas franceses que creían (algo dolorosamente familiar para los cubanos) poder hacer la revolución basándola en la tiranía y el terror.

Un poco más allá nos encontramos con Thaddeus Koscuszko, el ingeniero militar que fortificó Saratoga y West Point; y, muy cerca, otro francés, Rochambeau, al que Washington presentaba como ``compañero de trabajo en la lucha por la libertad''. Washington tenía muchas razones para apreciarle, ya que sabía que todo ejército necesita de la intendencia tanto como de los buenos estrategas y los grandes soldados. En 1781 la situación del ejército continental se presentaba complicada; en la campaña, que se avecinaba en las proximidades de Yorktown, el comandante en jefe británico, el general Cornwalis, contaba con derrotar definitivamente a los americanos. El historiador Stephen Bonsal dice que Rochambeau escribió en esos momentos: ``Las tropas continentales están casi sin ropa ni calzado. Están al límite de sus fuerzas''. Rochambeau no dudó en enviar al joven almirante De Grasse a conseguir ayuda de las islas del Caribe, como nos cuenta Charles Lee Lewis, otro historiador, en su libro, El almirante De Grasse y la independencia americana. ``No puedo ocultarle que los americanos no tienen casi recursos'', escribió Rochambeau.

Según Jean-Jacques Antier en su libro El almirante De Grasse. Héroes de la independencia americana, cuando De Grasse llegó a La Habana la flota española ya había partido para España y el gobierno colonial de la isla no contaba con suficientes recursos para ayudar a los americanos. No obstante, la opinión pública de la ciudad era partidaria de la causa norteamericana y rápidamente comenzaron a llegar las contribuciones. ``Las damas de La Habana entregaron hasta sus diamantes y se consiguió recaudar la cantidad de 1,200,000 libras''. De Grasse navegó hasta Philadephia con el dinero suficiente para hacer frente a la campaña que se avecinaba, y esta vez Washington, tradicionalmente muy reservado, no pudo contener la emoción y abrazó a De Grasse. La campaña del otoño de 1781, así como la guerra, terminaron como todo el mundo sabe, con la derrota de Cornwalis en Yorktown y como dijo Bonsal: ``Los millones donados por las damas de La Habana pueden considerarse como parte de los cimientos sobre los que se erigió la nación americana''.

Hoy, la contribución de los cubanoamericanos en el mantenimiento de la libertad es sin duda menos importante: pagar impuestos, servir en el ejército, respetar las leyes, como cualquier persona dentro de una sociedad democrática que aprecie la libertad. Este 4 de julio los cubanoamericanos sabemos que Estados Unidos es una nación que se formó, y se forma, con hombres y mujeres de todas partes, con sus hijos y sus nietos; hombres y mujeres que escogieron la libertad, y que contribuyeron a su defensa con sus vidas, su fortuna y con lo que Jorge Washington llamaba el honor sagrado.

Frank Calzón es el director ejecutivo del Centro para Cuba Libre, una organización independiente dedicada a la defensa de los derechos humanos en Cuba.

© El Nuevo Herald

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