José Rivero García. Publicado el lunes, 3 de julio de 2000 en El Nuevo Herald
En más de cuarenta años de dictadura, Fidel Castro ha tratado de inducirles a los cubanos la creencia de que lo material no es tan importante como los valores cívicos o morales del socialismo. A principio de los años noventa no le quedó más remedio que
dolarizar la economía y los verdes o fulas dieron al traste con los estímulos sociales que en nada servían para comprar un pollo o un pomo de leche.
Veinte años antes de esa ``dolarización'' ocurrió el primer encontronazo de la teoría moralista y antimperialista (el dinero no es necesario para vivir) cuando los llamados ``gusanos'' del exilio arribaron a la isla cargando, precisamente, los gusanos llenos de ropas
y chucherías imperialistas.
La gente se preguntaba: ``¿Cómo estos ``gusanos'' nos van a restregar estas minucias en la cara?'' Pasó el tiempo y pasó y los ``gusanos'' no sólo iban a la isla llenos de ilusiones y fulas, sino que Castro comprendió que esa comunidad
``contrarrevolucionaria'' era una fuente de divisas perfectamente identificable para fortalecer su economía centralizada.
Es decir, en vez de hacer productivas las fábricas cubanas resultaba más rentable recibir los dólares de una comunidad que él mismo había expulsado de Cuba. El trabajador, desde luego, se cansó de recibir diplomas con los cuales nada podía obtener
en las llamadas shoppings estatales. Un lugar donde, por cierto, se violaba el embargo y se compraba (y se compra) la Coca-Cola, los jeans de marca, las piezas de autos, las
videocaseteras, los televisores en colores o los jamones madrileños. Fidel se burlaba de sus trabajadores y de los exiliados.
El dictador cubano nunca ha dejado de burlarse del exilio..., pero lo añora. Desde hace seis meses, con el asunto del niño Elián, volvió a subir la parada y retomó la filosofía antimperialista
El dictador cubano nunca ha dejado de burlarse del exilio..., pero lo añora. Desde hace seis meses, con el asunto del niño Elian (que le devolvió el protagonismo político internacionalmente), Castro volvió a subir la parada y retomó la filosofía
antimperialista, la moral socialista, para tratar de hacer ver su poder omnipotente. Reúne a cientos de miles de personas frente a la embajada norteamericana, hace desfilar a los pioneros (que gritan consignas hitlerianas) y sin misericordia llama a los exiliados ``mafiosos'' y
``secuestradores''.
Pero se le fue la mano. A finales del año pasado, en la Navidad, los aviones que llevaban a La Habana a los ``gusanos'' a ver sus familiares y a gastar dólares... estaban casi vacíos.
La situación no ha mejorado. Los que suman y multiplican los turistas que van a Cuba saben que los cubanoamericanos, los ``gusanos'', son los turistas que más fulas dejan en la isla. Se estima que más de 150,000 van todos los años a ver sus familiares o, simplemente,
a pasear. Es un mercado superior en ganancias al de Europa, Canadá o Latinoamérica. ¿Sacrificará Fidel esta importante contribución del exilio a su dictadura? Ni por cuatro Eliancitos.
De ahí que los atribulados diplomáticos castristas en Washington están buscando desesperadamente encontrar un mensaje que apacigüe las inquietudes de los cubanoamericanos para que vuelvan, sin temor, a gastar sus dólares en La Habana. O por lo menos que manden
puntualmente, con las mulas o Western Union, los verdes que tanto estimulan el socialismo cubano.
En fin, el exilio de Fidel (él lo dirige desde el Comité Central) tiene servida la mesa.
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