Daniel Morcate. Publicado el viernes, 25 de febrero de 2000 en El Nuevo Herald
El nuevo escándalo de espionaje cubano en Estados Unidos es el más reciente síntoma del irrespeto que Fidel Castro siente hacia el presidente Bill Clinton y su gobierno. Clinton y sus asesores tratan el problema cubano como algo de poca monta que puede neutralizarse mediante
gestos de buena voluntad y dejando correr el tiempo a la espera de que a Castro le dé el inevitable síncope. Mientras tanto, el dictador aprovecha la negligencia y la ``blandenguería'' (ése es el sustantivo desdeñoso que, según desertores, emplea la
nomenclatura castrista al referirse al tema) de Clinton para extender ilegalmente su influencia a sectores sensibles de la vida pública norteamericana.
Pese a haberse dormido en los laureles durante años, la inteligencia norteamericana ya ha atrapado agentes castristas que habían infiltrado bases militares, la Oficina Federal de Investigaciones, el Servicio de Inmigración y Naturalización y grupos exiliados
influyentes. Dado el clima de contemporización con Castro que prevalece en Washington, es de presumir que el FBI los desenmascaró porque no tuvo otro remedio. O bien ya habían hecho mucho daño, como es el caso de los agentes que tramaron el asesinato de cuatro miembros de
Hermanos al Rescate, o bien estaban a punto de hacerlo.
Sin embargo, uno tiene la impresión de que la penetración castrista abarca otras parcelas de la sociedad estadounidense. ¿Cómo, si no, se explica la constante ofensiva nacional para suavizar sin condiciones la política de Washington hacia La Habana? ¿O la no
menos tenaz campaña para propiciar el ``intercambio comercial'' con Cuba? ¿De veras nos interesa importar sombreritos de yarey y afiches de Che Guevara? ¿Alguien ve mayor mérito en darles a los norteamericanos acceso a las infelices jineteras de $5 la hora?
La demencia senil suele acelerar las obsesiones de los dictadores. Archivos recién desclasificados en Rusia indican que, antes de que un derrame cerebral felizmente se lo llevara de este mundo, Stalin planeaba una tercera conflagración mundial. Iba a decretar una persecución
de judíos para provocar a Occidente y lanzarle el ejército rojo, al que consideraba invencible. El doctor Li Zhisui, médico de cabecera de Mao, cuenta en sus memorias cómo el viejo dictador chino, carcomido por las enfermedades venéreas y otros hábitos
antihigiénicos, decretó una brutal carnicería bajo el nombre piadoso de revolución cultural que costó millones de vidas. Luego se dedicó a fraguar el asalto final a territorios rebeldes. Constreñido por un entorno geopolítico más
modesto, un Castro cada vez más senil sueña con neutralizar completamente a los opositores cubanos dentro y fuera de la isla. Y está dispuesto a intentarlo a las buenas o a las malas.
Castro no sólo quiere despojar a los exiliados de su bien ganada ascendencia sobre la política norteamericana. También aspira a que dejen de ser exiliados, es decir, opositores por antonomasia de su régimen. Les desea a todos los desterrados el destino peripatético
de esos cubanos invertebrados que desvergonzadamente negocian y promueven los intereses de su dictadura en Estados Unidos. ``De gusanos a mariposas'' es una de sus persistentes consignas desde finales de los 70, cuando organizó la primera farsa de diálogo entre su régimen y
miembros de la ``comunidad en el exterior''. La descomunal vanidad de los déspotas no resiste el más mínimo rechazo. Por eso Castro ha ordenado una ofensiva contra las leyes que conceden asilo político en Estados Unidos a quienes escapan de Cuba. Y por eso infiltra al
Servicio de Inmigración. El FBI cree que Mariano Faget es el hombre clave que usó el dictador para iniciar esa operación de inteligencia.
Al bajar la guardia ante Castro, el gobierno del presidente Clinton ha facilitado la penetración de su régimen en estamentos sensibles de nuestra sociedad. El mandatario y sus asesores siempre han subestimado los hábitos gangsteriles de Castro y sus secuaces. Ahora deben
vencer la tentación de encubrir el alcance de la penetración castrista para evitar que se agrave el escándalo. Las víctimas del espionaje cubano tienen derecho a saber qué daño se les infligió y si aún pueden ser reivindicadas. Y el público
norteamericano en general debe conocer hasta dónde ha llegado el desprecio de Castro hacia las instituciones y las leyes de este país.
Una sociedad abierta como la nuestra es particularmente vulnerable al espionaje y la subversión por parte de gobernantes y otros personajes delirantes. Pero eso no justifica que nuestro gobierno responda con debilidad a quienes realizan semejantes actividades. Washington debe demostrarle
a Castro que no se dejará seguir manipulando por sus tácticas oportunistas e intimidatorias. Si tiene pruebas fehacientes de que el diplomático cubano José Imperatori es en efecto un agente de inteligencia implicado en el caso Faget, debe expulsarlo sin contemplaciones.
También debe revisar todos los expedientes de solicitud de asilo político que manejó Faget; y estudiar si éste de algún modo influyó sobre la obstinada decisión del gobierno de devolver a Elián González a Cuba sin someterle a un proceso
legal justo.
Finalmente, los ciudadanos de este país merecen conocer hasta el último detalle de los planes subversivos de los espías cubanos que ya han sido desenmascarados. De ese conocimiento podría depender su seguridad. Después de todo, nuestro gobierno se muestra cada
vez más incapaz de garantizarla.
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